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Juan Manuel González

'Come reza ama': Julia Roberts, pija de año sabático

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Come, reza, ama representa el regreso de Julia Roberts al género romántico que ella misma definió en los noventa, tras casi diez años de relativa ausencia. Un lujoso drama basado en el best seller homónimo de Elizabeth Gilbert en el que interpreta a Liz, supuesta alter ego de la autora, una mujer divorciada que trata de encontrarse a sí misma viajando alrededor del mundo.

... O, al menos, eso es lo que trataban de contar los creadores de la película, que insisten en que se trata de una historia real, la de la propia Elizabeth Gilbert. Y antes que nada, déjenme hacer un inciso. A lo largo de la película, Julia Roberts luce y está igual de bien que siempre. La actriz ríe, llora, hace pucheros cuando la ocasión lo requiere, y si la película no cala no es, desde luego, por culpa de su actuación.

Porque lo que se impone a lo largo de la extensa duración de Come, reza, ama no es el encanto de la Roberts, ni las excelencias de las localizaciones, ni siquiera las correctas hechuras del guión y la puesta en escena. El filme es, en esencia, un viscoso, vistoso y prototípico telefilme acerca del periplo personal de una mujer angustiada, un capricho romántico con anabolizantes que explota un lícito sentimiento de crisis y lo reduce a un catálogo de frases de autoayuda que exprimen hasta la última gota de complicidad del espectador. Come, reza, ama es, en definitiva, una odisea de tonos pastel repleta de frases de diseño que abarcan perdón, amor, aceptación personal y si se terciase, vida en otros planetas, que muestra un peligroso déficit de humor.

La protagonista decide tomarse un año sabático por Europa y Oriente. Molesta un tanto la displicencia en el retrato de Italia e India, las maneras de publirreportaje de una narración dilatada hasta el tope, pero sobre todo la falsa indulgencia de una protagonista que, esencialmente, se nutre continuamente de su entorno en beneficio y capricho propio. A mitad del largo metraje de Come, reza, ama (unas dos horas y media) cunde la sensación de que nos están dando sopas con ondas, que no creemos en su personaje, y que aún nos quedan otros sesenta minutos de soledad y redención a todo trapo.

Así las cosas, lo mejor son episodios dramáticos aislados y la labor de actores secundarios como el espléndido Richard Jenkins, cuya labor hace que algunos de los pasajes más deslucidos se conviertan, de un plumazo, en los mejores (el relato que hace de su historia personal es totalmente conmovedor, así como su despedida final). Javier Bardem, interpretando, por cierto, a un brasileño, sólo hace su trascendental aparición en la última media hora del filme, cuando el personal ya está ciertamente cansado de la odisea. El actor está bien pero parece demasiado joven para el personaje. La fotografía de Robert Richardson, plagada de contraluces y tonos mágicos, proporciona imágenes de postal y dinamismo visual, y la música de Dario Marianelli es acertadísima. Pero el filme es un viaje personal en el que nunca creemos.

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