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Juan Manuel González

"Mientras haya ministros y administrados..."

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Dicen que Berlanga, que hoy nos ha dejado, no se casaba con nadie. Sólo hace falta ver un puñado de sus títulos para atestiguarlo. El creador de incontestables clásicos del cine español como Bienvenido Mr. Marshall comenzó fusionando neorrealismo y sainete español con su eterno sarcasmo y creciente desmadre. Un poco antes de ese breve y nada feliz encuentro entre el mítico alcalde Pepe Isbert y los americanos, Berlanga ya había compartido la autoría de su debut, Esa pareja feliz, con Juan Antonio Bardem. Con él urdió de manera conjunta ambas películas, y aunque el primero optó por desviar su trayectoria hacia vías más dramáticas, Berlanga siempre permaneció fiel a ese humor despiadado que fue potenciando con el paso de los años.

En su trilogía de la familia Leguineche, Berlanga puso en el disparadero el cosmos de la incipiente democracia esta vez con la inestimable ayuda del guionista Rafael Azcona, con el que ya había colaborado en El verdugo. En La escopeta nacional, la primera de ellas y a la que pertenece la significativa cita del titular, manejaba de nuevo ingentes cantidades de personajes en largos planos secuencia de una aplastante habilidad, un chisgarabís divertido y amargo que sorprende por su fluidez y precisión técnica. Las aventuras nobiliarias del grupo continuarían en Patrimonio Nacional y Nacional III, y todas ellas nos siguen resultando divertidamente incómodas.

El suyo fue siempre un cine social y personal, de una ingenuidad cada vez menos aparente –consiguió librar relativamente bien los envites de la censura, la franquista y la de después- pero siempre elaborado como bomba de profundidad contra el poder. Lo demuestran sus finales poco complacientes, su pesimismo crónico y su inagotable capacidad satírica –y erotómana, algo que sirvió en su momento para desacreditarle-. Y sobre todo y lo más importante, instantes como los que siguen:

 

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