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Juan Manuel González

'Camino a la Libertad': el horror del Gulag y la pasión de Peter Weir

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Las películas del australiano Peter Weir deberían ser, de una vez, valoradas como se merecen. La honestidad humana y cinematográfica de obras aparentemente convencionales como El Show de Truman o Único testigo le distinguen de la mayoría, al tiempo no necesitan ser valoradas en circuitos minoritarios. Y todo ello pese a que su profundidad ética y su inteligencia emocional da sopas con ondas al grueso del cine hollywoodiense. Eso quizá significa que requiere de algo más de paciencia a la hora de desentrañar el misterio de sus personajes, casi nunca expuesto con palabras sino con imágenes.

En Camino a la Libertad se cuenta la odisea de Slavomir Rawicz -que escribió el libro en el que se basa la película-, quien encabezó la huida de un grupo de presos de un gulag ruso en Siberia a lo largo de miles de kilómetros, hasta acabar a salvo en la India. Por el camino, se les unió una niña, Irena (Saorise Ronan, que era lo mejor con diferencia de The Lovely Bones), que acabará convirtiéndose en la correa de transmisión entre todos ellos. Muy pocos sobrevivieron... pero murieron como hombres libres.

El director de Master and Commander da en Camino a la libertad otra muestra de su noble concepción del espectáculo en un drama de aventuras que enfatiza la relación del hombre con la Naturaleza, y a través de ello ofrece algunas claves históricas verídicas. No obstante, a Weir esto último le interesa mucho menos que el aspecto humano entendido como idea. El realizador deja atrás muy pronto -quizá demasiado- el suspense y las persecuciones, así como las discusiones entre miembros del grupo. Lo que realmente mantiene su atención es la comprensión real de una situación de lucha contra los elementos como la que vivieron los protagonistas, retratando a éstos a través de sus acciones y habilidades, no mediante diálogos inanes. Quizá en ocasiones el espectador se queda con ganas de una aventura más convencional, pero Camino a la Libertad, pese a su aparente lentitud, está lejos de ser una obra menor o inaccesible.

A lo largo de la película Weir deja en varias ocasiones que el silencio más absoluto se apodere de la misma. Apenas le importa la huida de los protagonistas de las tropas rusas en una película en la que desaparecen progresivamente, por diversas causas, varios de sus personajes principales. Weir trata todas estas escenas con un sereno dramatismo que acerca Camino a la libertad al sentir épico de David Lean o incluso los mejores momentos de Clint Eastwood o Terrence Malick, pero sin la aridez del director de La delgada línea roja. Al contrario, el ejemplar dominio de la elipsis del que hace gala el australiano permite que el filme no se detenga un solo momento durante toda la larga odisea, y todo sin que la continuidad de la cinta o nuestra conexión con lo que ocurre en pantalla se resienta.

Momentos como el del grupo espantando una manada de lobos para a continuación devorar la presa de aquellos; la llegada de los mismos a la frontera rusa (fíjense aquí el notable acento ruso de Colin Farrell en la versión original) o la atención dispensada al paisaje (ya sea un bosque infinito o un desierto aún más mortal) no necesitan de palabras. Weir lo expone los primeros con franqueza y fija su atención en los segundos sin que el resultado pierda un ápice de pasión. Camino a la libertad es un drama de aventuras que no deberían perderse.

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