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Juan Manuel González

'Mil Cretinos': maquillaje de ficción para vivir la realidad

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El catalán Ventura Pons adapta el libro homónimo de microrrelatos de Quim Monzó en Mil Cretinos, película que supone la segunda mudanza al celuloide de las páginas del escritor después de la aclamada El por qué de las cosas. Una película de pequeños episodios que desgranan en clave de negrísimo humor existencialista la estupidez humana en su vertiente más genérica, con unos personajes que se debaten entre la tragedia y la comedia absurda casi tanto como entre la vida y la muerte.

Lo más reseñable de Mil Cretinos es el salvaje sentido del humor de la cinta, todo un cóctel de píldoras de amargura, dolor y pena ante situaciones como el suicido, la muerte y el engaño, que aún así dibujan un cuadro hilarante y humano que agrada gracias a una buena puesta en escena y un reparto muy eficiente. Mil Cretinos también destaca por la gran unidad visual y conceptual que Pons imprime a la película, logrando que la enorme variedad de historias y estilos visuales, subrayada además por una estructura de tres actos extraordinariamente diferenciados, brille por su originalidad. Pons pasa del atronador 'brainstorming' de la primera sección a apostar por una escenografía de cine mudo, y finalmente por un desenlace que, aunque insuficiente, dota de unidad y significado al conjunto.

Quizá ese sea el problema de Mil Cretinos: la falta de unidad, como es habitual en las películas de pequeñas historias, sí repercute en el interés –sobre todo en su sección central de cuentos- y esa cabriola del excelente capítulo final, que ensalza el valor de la ficción como medio de vida, se queda -por mucho que nos guste- en un superficial maquillaje.

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