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Juan Manuel González

'Invasión a la Tierra': cuádrese Marine, y no se olvide las palomitas

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El joven director Jonathan Liebesman remata en Invasión a la Tierra su mejor película. A pesar de su recurrencia constante a la pirotecnia y su vacío guión, la narrativa adoptada por el joven director sudafricano, curtido en fallidas cintas de terror, no es completamente estéril. Liebesman, que en estos momentos está dirigiendo la secuela de Furia de Titanes en Tenerife, aborda la misma como si de un videojuego bélico se tratase, sólo que a diferencia de la ridícula Sucker Punch, lo hace graduando muy bien la consabida dosis de megalomanía de la historia y reservándose la escasas revelaciones que proporciona el sucinto libreto. El resultado es un espectáculo de guerra que recuerda mucho más a la excelente Black Hawk Derribado de Ridley Scott, que a la ingenuista y socarrona ciencia ficción de Independence day.

A semejante ecuación palomitera habría que sumar una influencia más, que no es otra que La Guerra de los Mundos de Steven Spielberg, al adoptarse un punto de vista semi-subjetivo a la hora de afrontar el relato. Al igual que Spielberg hizo con el personaje de Tom Cruise en aquella, uno de los aciertos de Liebesman es descubrir(nos) la historia a través de los ojos y los oídos de un batallón de marines que penetra en las calles de Los Angeles, convertidas en territorio hostil por obra y gracia de una súbita invasión extraterrestre a escala mundial. Al igual que en la película que dirigió Steven Spielberg –pero sin su carga emotiva y poética, ni tampoco su sentimiento constante de horror, sustituido aquí por la previsible oda a la escala de mando militar-, el espectador vive la aventura desde el punto de vista visual y físico de sus protagonistas, elemento éste que Liebesman respeta y utiliza con honestidad a lo largo de todo el metraje de Invasión a la Tierra, aunque sólo sea para confeccionar una ruidosísima montaña rusa de acción, escaramuzas, emboscadas constantes y tiroteos filmados cámara en mano.

Es por ello que la lineal historia de Invasión a la Tierra atrapa de principio a fin a lo largo de sus extenuantes 110 minutos de proyección. Liebesman filma las constantes escenas de acción cual émulo de Paul Greengrass o Kathryn Bigelow, con una nerviosa cámara en mano que nunca llega a marear, algo que le ayuda a lograr que los 70 millones de dólares de presupuesto parezcan casi el doble. Y además, se sirve de un fenomenal Aaron Eckhart, que lidera un mediocre reparto con excelente discreción, convirtiendo algunos de los forzados lugares comunes del relato (el discurso patriótico, o el momento en el que consuela a uno de los niños) en pequeños descansos dramáticos de cierta dignidad.

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