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Juan Manuel González

'Pequeñas mentiras sin importancia': ¿jóvenes y sobradamente preparados?

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Pequeñas mentiras sin importancia se apunta al melodrama generacional representado por Los amigos de Peter o Reencuentro en una cinta escrita y dirigida por el actor Guillaume Canet, marido de Marion Cotillard, una de las múltiples protagonistas de una película tan acertada como discutible, tan desencantada como cándida... tan francesa como americana.

Una doble cara que, quizá, se manifiesta en el uso de clásicos norteamericanos en su banda sonora, que llaman la atención en una presentación más estilizada y en apariencia menos estereotipada... y digo en apariencia. Canet empieza presumiendo de músculo en la puesta en escena, y tras un excelente plano secuencia que culmina de forma dramática, levanta el pie del acelerador para mostrar las relaciones, manías y aristas de un grupo de amigos en la tardo treintena que deciden continuar con su reunión vacacional pese al gravísimo accidente que mantiene a uno de ellos confinado en un hospital. Al final, el asunto no es para tanto y Canet utiliza en los mismos estereotipos y moralinas del melodrama generacional más sobado, pero lo hace atinando en el retrato de las múltiples dobleces de este grupo de individuos vivos y auténticos de una forma amable, natural y -a la vez- levemente crítica.

No lo conseguiría si no fuera por un grupo de actores en estado de gracia que proporcionan a Canet la densidad exacta para lograr ese equilibrio entre insobornable película europea y cierto regusto a la nueva comedia americana, ésa que utiliza astutamente el disfraz de lo genérico o chorra para presentar las angustias generacionales del personal adulto aún anclado en el pasado. Aunque con una pátina de madurez -o pretenciosidad-, Pequeñas mentiras sin importancia se muestra igual de comprensiva con sus egoístas personajes como distante e irónica con algunos de sus conflictos, y lo cierto es que dosifica de forma homogénea risas y lágrimas como un calculado melodrama americano. Lo que sí se atraganta en Pequeñas mentiras sin importancia, y de qué manera, es su duración: Canet paga –con complacencia francesa- el precio de la coralidad del asunto y deja que la película se prolongue hasta las casi dos horas y media. No se lo perdonaron a Judd Apatow y a Canet se lo deberían recordar hasta la tumba.

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