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Juan Manuel González

'Sólo una noche': si me pones los cuernos te borro del Facebook

Póster Sólo una noche

La guionista Massy Tadjedin debuta en la dirección con un drama romántico que explora las relaciones humanas centrándose en la infidelidad. O mejor dicho, la infidelidad potencial. Ya saben: joven matrimonio bien establecido (Worthington y Knightley), aparentemente perfecto y tampoco especialmente simpático, pero en el cual asoman las dudas mutuas e íntimas a la menor de cambio. La crisis es dibujada por Tadjedin con más sutileza y minuciosidad de lo que aparenta el convencional comienzo de la cinta, en el que la directora y guionista se limita a disponer todos los elementos necesarios para lo que pasa después.

Y lo que pasa es que Tadjedin divide su atención en dos citas, y su apuesta gana enteros con ello. Sólo una noche da a sus dos protagonistas la oportunidad de ser infieles de forma simultánea, mientras seguimos a marido y mujer en dos encuentros -por separado pero simultáneos- con terceras personas que implican progresivamente al espectador en la espiral de culpa y tentación de la historia.

Aunque de los cuatro actores sólo Keira Knightley y su potencial amante Guillaume Canet están verdaderamente a la altura -el actor francés consigue una emotiva interpretación, mientras Knightley consigue aportar multitud de matices a un personaje inicialmente histérico- la cinta se sigue con interés creciente gracias al acertado timing de la acción, que se condensa en un limitado marco temporal en el que el filme encuentra todo su sentido, y en el que Tadjedin centra su discreto pero efectivo ejercicio de estilo.

La película supera así la sensación de rutina aportando un cierto sentido del suspense y la tragedia que recuerda a esa grandísima película que fue Two Lovers de James Gray, porque quizá referirnos a la obra póstuma de Kubrick sea complicarnos la vida en exceso. Sólo una noche consigue que sigamos con interés la odisea nocturna de sus personajes potenciando los silencios, los interiores, y los ambientes oscuros e invernales sin ahondar en provocaciones bobas, intelectualidades petardas y, en definitiva, sobreponiéndose al exceso de verborrea del primer acto.

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