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Juan Manuel González

'Blackthorn': el guionista de Amenábar da un repaso a Butch Cassidy

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Blackthorn narra lo que pudo ocurrir con Butch Cassidy de haber sobrevivido éste y The Sundance Kid a la emboscada en Bolivia con la que finalizó la memorable Dos hombres y un destino, de George Roy Hill. Cassidy vagó después por tierras bolivianas bajo el nombre de Blackthorn hasta que, décadas más tarde, se encuentra con un bandido español que le promete parte de un sustancioso botín a cambio de ayuda. Esto permitirá al mítico cowboy recordar tiempos mejores a través de una nueva amistad, así como enfrentarse a viejos enemigos.

Blackthorn supone también otro regreso, el de Mateo Gil a la dirección cinematográfica, después de un paréntesis de más de diez años desde su debut en el largometraje con la mediocre Nadie conoce a nadie (1999). Gil, conocido fundamentalmente por sus guiones para Alejandro Amenábar y su buena labor como cortometrajista, firma aquí un western puro que opta por una aproximación crepuscular y hasta intimista a un género netamente americano, que el canario aborda con sumo respeto y sin dejarse llevar en ningún momento por el vampirismo gratuito del homenaje postmoderno.

Eso da a Blackthorn una dignidad y un clasicismo innegables, pero también provoca la gran equivocación de la cinta. Gil no remata la jugada por culpa de una puesta en escena mustia y carente de energía que lastra algunos momentos de innegable intensidad, como ese ataque a la casa donde pasan la noche Blackthorn (un buen Sam Shepard) y Eduardo (un esforzado Eduardo Noriega) con trágicas consecuencias, o la emboscada en las letales salinas que sucede a mitad de la cinta. Además, Blackthorn languidece en ocasiones debido a unos flashbacks que tratan de explicar el destino de The Sundance Kid, que además de innecesarios –comparar a Paul Newman y Robert Redford con los vulgares remedos de la presente es una labor innecesaria-, no están especialmente bien engarzados y perjudican la densidad de la narración.

Con esto concluimos que Blackthorn es quizá una cinta imperfecta, pero que no es una secuela bastarda de Dos hombres y un destino, y que se afirma a sí misma acertando en lo fundamental. Su retrato de la amistad en un oeste baldío tiene resonancias de pieza teatral minimalista, y su paisajismo crepuscular seduce, por mucho que falte energía y algo de ironía, esa misma que los Coen aportaron a paletadas en la célebre Valor de ley.

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