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Visita inolvidable al Museo Ghibli en Mitaka, Japón

No os imaginéis El Retiro. Es más bien un bosque domesticado. Parece un chalet de algún arquitecto excéntrico.

N. Richart / JnM Sabugo
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Un lugar diferente

Cuando uno se plantea escribir unas líneas para que sean publicadas, lo primero que hace es documentarse. Google: "Museo Ghibli". Coges las… diez primeras entradas y lees. Luego algunos enlaces que te llevan donde no querías y vuelta a empezar. Sin embargo, esta vez no. Había estado de visita hacía cuatro o cinco años y no quería conformar mis recuerdos. Tuve sensaciones y experiencias que quizá se perderían para siempre (como les ocurre a los replicantes) si cometiera el error de aprender. Así que decidí buscar las fotos que hice y me puse a escribir.

La llegada al parque donde se encuentra el museo en un pequeño autobús amarillo lleno de dibujos, niños y mamás te pone en situación. Sonrisas, timidez, miradas robadas y susurros (es difícil oír gritar en Japón). El mini bus te deja a los pies de un enorme parque arbolado. No os imaginéis El Retiro. Es más bien un bosque domesticado. Pocas zonas desbrozadas, paseos de arena con cercas de bambú, bancos de madera, bicis sin candado y naturaleza desbordante. Recuerdo a un japonés practicando artes marciales y al lado un trabajador barriendo la arena con una escoba de ramas y cubierto hasta la boca para protegerse del sol.

Ya en la puerta, el edificio no parece gran cosa. La vegetación lo mimetiza y hace que dudes de si estás en el lugar correcto. Sus formas son redondeadas con cubiertas llenas de arbustos y mucho movimiento. Parece un chalet de algún arquitecto excéntrico construido en medio de un bosque. Ha comenzado la magia.

En el módulo principal un recibidor alto y luminoso con pasarelas, escaleras minúsculas, puertas de diferentes tamaños. La sensación se acerca al universo incoherente y maravilloso de Alicia en el país de las maravillas pero con un toque de belleza nostálgica. No hay un itinerario prefijado. Si te dejas guiar por la intuición seguro que te pierdes y seguro que te encuentras, no es muy grande.

Deambulando por las habitaciones recuerdo algunas sin uso (salvo el contemplativo), otras con un peluche enorme o utensilios con los que jugar, una sala de lectura en absoluto silencio, algo de merchandising... Creo que al fondo había un auditorio de madera bien trabajada con pinturas de colores vivos y proporciones liliputienses. Supongo que habría algún tipo de función y que tenía horarios incompatibles con mi visita. Subiendo y bajando escaleras y buscando recovecos pasaba el tiempo, hasta que di con lo que supuse era una reproducción de los estudios de Ghibli. Todo de madera: paredes mesas y techos. Bocetos y láminas a modo de cuadros, botes llenos de pinceles, utensilios con aspectos de otro siglo. No se si era el auténtico estudio de la productora pero si alguna vez me hubiera tenido que imaginar cómo trabajaba esta gente, Miyazaki, tenía que ser así. Todo muy artesano y hogareño, como en uno de sus propios cuentos.

Entre el leve laberinto de puertas, en lo alto, se llega a la azotea. De la misma naturaleza que el edificio y llena de vegetación. Las vistas te muestran el museo por primera vez ordenado. Visto desde arriba los diferentes módulos que hace minutos parecían dispuestos caóticamente adquieren un sentido cuando descubro el mágico patio central. ¿Por dónde se baja? Pero queda aún una prueba más, allí en las alturas: una estatua de hierro enorme pero proporcionada que a modo de vigía personifica a uno de los legendarios del universo Ghibli, "el gigante de hierro". La foto es obligada. Nadie sospechará que la sacaste en la azotea. El horizonte desvela sólo árboles.

De vuelta al suelo he conseguido llegar al patio central. Una especie de quiosco, establos sin caballos, una cafetería entre Heidi y Sonrisas y lágrimas y muchos detalles. Me quedo con uno: una enorme pileta alargada con varios grifos en forma de ardilla y revestido de pequeños azulejos de colores. Unas jarras amarillas (sin atar) permiten refrescarte los brazos y el cuello del húmedo sol de Japón en el mes de julio. Un té verde con hielo bajo la sombra que arroja parte del edificio consume los últimos minutos de mi estancia. Sin sobresaltos, con sensación de vivir un sueño que bien podría ser cierto.

Para quién no es:

  • Amante de Disneyland Paris.
  • Apasionados por los jardines tipo Casa Club de campo de golf
  • Niño de la canción de Serrat ("...deja de joder con la pelota…")
  • Fotógrafos con arquitectitis en busca de monumentos
  • Impacientes con ganas de check en FourSquare.

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