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Critica: 'Transformers: La Era de la Extinción'

Vuelven los robots de Hasbro en la nueva secuela dirigida por Michael Bay, un espectáculo inconcebible de casi tres horas de duración.

Juan Manuel González
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'Tiburón 3, Personas 0'. Ése era el título de la parodia con la que Zanuck y Brown, los productores de la exitosa Tiburón de Spielberg (a la sazón la película que en 1975 inició este lío de mamotretos épicos de verano) planeaban despachar la continuación y cierre del filme de Steven Spielberg. Ya saben, uno de esos fracasos anunciados que, cosas que pasan, acabaron cambiando para siempre la faz del Séptimo Arte, como arte y como negocio, aplaudida por la crítica pero siempre en peligro de ser menospreciada por -precisamente- su infinita eficacia a la hora de poner en guardia al personal. Ni que decir tiene que el estudio apostó por una secuela convencional, la fracasada Tiburón 3D, y que Zanuck y Brown se dedicaron más bien a otra cosa, entre ellas hacer películas y contar de nuevo los millones amasados por la obra maestra del realizador de Ohio. El nombre de Spielberg no es baladí, dado que aparece detrás de los títulos de crédito de esta Transformers: La Era de la Extinción, secuela y a la vez reinicio de franquicia de la mil millonaria saga dirigida por el denostado Michael Bay, probablemente el realizador más odiado y a la vez entregado al transitado camino del blockbuster destrozón... y que -aquí voy- también podría haberse titulado Transformers 4, Personas 0, de haber estado vivos Zanuck y Brown para contarlo.

En la nueva Transformers todo cambia para que todo siga igual. Adiós Shia LaBeouf y, por supuesto, adiós Megan Fox (la chica ha debido reconciliarse con el director, a tenor de su presencia en la inminente Ninja Turtles, después de llamarle nazi). Hola Mark Wahlberg, con un subfusil alienígena en el póster de la película, saludamos de pasada a la candidata a Victoria's Secret Nicola Peltz y hola también a Stanley Tucci, el más carismático y divertido del reparto con diferencia, y aunque parezca mentira el único personaje con un arco de transformación... aparte de la de las tres docenas de robots que se convierten en coches de última generación por obra y gracia de la mayor operación de product placement de General Motors jamás imaginada.

Sí, me gusta Transformers, o mejor dicho, me gusta Michael Bay. Dispuesto a inmolarme con el (poco) prestigio amasado a lo largo de los años, lo mío es una lucha perdida contra toda persona de buen gusto, o más bien, cualquiera dispuesto a defender el cine como forma de expresión y entretenimiento. Y lo sé. La Era de la Extinción, o Transfomers 4, Personas 0, son tres horas de brutal y superficial espectáculo concebidos por una mente dictatorial adolescente de 49 años, y a nivel de operación comercial, un enorme y aparatosa excusa para hacer franquicia, salvar la cara en la próxima junta de accionistas de Paramount y vender más muñecos que entradas. La película va directa a las fobias de todo crítico. Pero también es un espectáculo apabullante en el que Michael Bay, encumbrado ya como autor vulgar tras esa joya titulada Dolor y Dinero (la más satírica, extraña e inquietante mutación estrenada en un cine en los últimos años), vuelve a demostrar su talento y habilidad infinita para gestionar escenas de acción a un nivel que cualquier otro director apenas puede empezar a concebir.

Y para los entendidos en Bay, también hay matices que nos hacen percibir una evolución en el estilo del realizador californiano. Sutiles, al menos para quienes le seguimos. Transformers 4 es probablemente la primera película de Michael Bay en la que, créanlo o no, el realizador concibe la idea de relajarse y dejar que los personajes hablen. Que lo que digan tenga relevancia alguna, es otro cantar. Pero de una manera casi inédita en él, Bay reduce drásticamente el humor chorra y racista (tranquilos: no desaparece del todo) a la vez que parece no sentir la imperiosa necesidad de mostrar su estilo, de hacer algo con la cámara en cada escena. Quizá por eso, el director se recrea durante más de una hora en los paisajes de la bucólica granja del nuevo protagonista Cade Yeager (Mark Wahlberg), un inventor cachas (paradoja) que gracias al impertérrito actor es (paradoja) todo carisma y que resume, en ese disparate mismo, la imposible atracción que me genera el cine de su director. El guión, mientras tanto, deja de lado el relato de madurez que seguía a hurtadillas en la trilogía previa y lo sustituye, de nuevo con descaro, por el conflicto paternofilial que tan bien le funcionó en la fenomenal Armageddon, antes de introducir la plantilla de las anteriores películas y dirigir el cotarro hasta el mayor desmelene jamás estrenado en cines. ¿Cansancio o madurez? A lo mejor las dos cosas a la vez, el tiempo lo dirá.

Todo discurre con menos velocidad de la esperada hasta que cruzamos la barrera de la primera hora de los 165 minutos (sí, han leído bien) que dura esta Era de la Extinción. Da igual, sus fans veríamos El Sol del Membrillo (robot) de estar dirigida por él. Pero entonces llega el espectáculo inconcebible, empezando por una primera persecución en automóvil que culmina con una sorpresa un tanto oscura -Bay fulmina a uno de sus aderezos humorísticos por primera vez en su carrera (¿ven? otro signo de madurez...)- y en la que el director antepone la acción puramente física y la velocidad "real" de los vehículos sobre los efectos digitales. A partir de ahí, la película encadena tres o cuatro clímax finales de creciente intensidad que harán comerse las uñas a los críticos de Bay y sudar la espalda a la chavalería y a nosotros, retrasados sociales que disfrutamos sus sádicas aventuras bélicas preadolescentes. Todo ello, atención, con mucha menos apología militar y algo más de humildad en el mensaje (atención amantes de la explicación: tras la eliminación de sus héroes de guerra metálicos, Bay refleja algo así como unos EEUU perdidos y controlados por corporaciones privadas), entendiendo todo como una nueva excusa para sujetar su sensorial concepción del espectáculo y el oficio cinematográfico.

Culmino esto con la misma frase con la que -creo recordar- comencé aquí la crítica de la anterior de la saga, El lado oscuro de la luna: no sé si esto es una película pero, diablos, este show no lo monta uno cualquiera.

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