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Coge la pala y cava: 'El bueno, el feo y el malo'

El bueno, el feo y el malo es quizá la película más recordada de Leone, y la encarnación más famosa de Clint Eastwood.

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Clint Eastwood en El bueno, el feo y el malo

El rostro del Hombre sin Nombre llena la pantalla. No, mejor: no sólo llena la pantalla, sino que ocupa todo el horizonte desértico de Monument Valley (o Almería, tanto da).

Todavía más. No sólo llena la pantalla y tapa el paisaje, sino que mientras Rubio (así se le llama en ocasiones) masca tabaco, su cara peluda se convierte en todo nuestro mundo, porque esto ya no es la mitificación de los orígenes un país como lo contaron los clásicos -ya saben, indios contra vaqueros- sino el retrato de un lugar distinto, un Oeste polvoriento, grotesco, despiadado y vacío, si acaso poblado por facinerosos y ávaros que escupen babas oscuras como la tierra.

Adiós a los paisajes de Monument Valley y la forja de la frontera. En el Oeste de Sergio Leone no hay héroes ni épica: sólo están los que tienen un revólver y los que cavan.

En ese primerísimo primer plano "marca Leone" reside, por comparación con sus bases, gran parte del valor (pero no todo) de la monumental película que desmontó el western para ayudarle a vivir unos años más. El romano, fascinado con las películas de John Ford y Howard Hawks, aplicó una ética y un estilo visual distinto a sus odiseas, degradando la América de los pioneros hacia otra fábula más amoral y sucia. A ello ayudaron otras cuantas y felices muestras de spaghetti en las que también había ponchos sucios y sartenes de alubias.

El bueno, el feo y el malo (1968) es probablemente el mejor acabado de los spaguettis de Leone. Después vendría Hasta que llegó su hora, más triste y profunda, y alguna más que fue mutilada en la fase de montaje. A mi me gusta más esta: mucho más juguetona, canalla y entretenida, pero sin perder cualidades. Ocupando la totalidad del formato panorámico -el de verdad, no el falseado por florituras digitales- con el sudado, peludo y enfadado careto de Eastwood, probablemente el último icono vivo, y a ritmo de los silbidos y trompetas de Ennio Morricone, Leone demostró cómo funciona el cine, y lo importante que puedes ser si tienes una mirada propia y amor aunque sea a golpe de apropiación (supuestamente) indebida. Que se lo cuenten a Tarantino.

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