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Juan Manuel González

Crítica: 'Boyhood', de Richard Linklater

Por fin llega Boyhood, probablemente una de las películas más importantes estrenadas este 2014.

Juan Manuel González
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Por fin llega Boyhood, probablemente una de las películas más importantes estrenadas este 2014.
Patricia Arquette y Ellar Coltrane

El fenómeno Boyhood es como un tren en marcha. La película desembarca en la cartelera española tras un atronador éxito crítico y -en cierto modo- de taquilla en su país, que ha derivado en una ola de alabanzas hacia un melodrama cuyas innegables virtudes nos llegan amplificadas hasta -casi- obligarnos a alabar la obra de Richard Linklater. ¿Responde la realidad a tales expectativas? La respuesta es, sin duda, un rotundo sí. Tras este leve apunte, más sobre cómo el periodismo de cine también parece ceder al marketing y ciertas poses intelectuales que sobre la película en sí, subrayo lo de tren en marcha por alguna que otra razón más. Porque lo cierto es que el último trabajo del cineasta indie responsable de la trilogía iniciada por Antes del amanecer ofrece todas las hechuras de cierta épica americana (una épica intimista), canalizada como experiencia no sólamente cinematográfica, sino también vital, y que resuena varios días después de ver la película. Aunque no lo parezca, visto su tono aparentemente amable y sencillo, más conmovedor y afable que agresivo o trágico, Boyhood es una película muy poderosa y, también, un tanto escalofriante.

Porque sí: experiencia cinematográfica, intimista y épica son calificativos que oirán a menudo asociados al filme. Linklater ha compuesto Boyhood, al fin y al cabo nada más (y nada menos) que el simple retrato de un chico ordinario, como un resumen y compendio de toda su ecléctica trayectoria fílmica, una piedra angular de todo el universo construido en su faceta de autor... y a su vez muy pegada a su propia biografía. A lo largo de casi 170 minutos (que por cierto, pasan como un suspiro), el realizador aborda el paso del tiempo (nada menos que 12 años) en una familia rota y también un país entero a través de la mirada de Mason, un chaval cualquiera interpretado por el desconocido Ellar Coltrane. 12 años de arco cronológico, y 12 años de rodaje: el director comenzó a rodar la película en 2002 y acabó en 2013, capturando en pantalla la evolución y desarrollo del muchacho y asociándola inmediatamente (y de manera indeleble) con la de su personaje, lo que justifica de un plumazo los tres adjetivos que abren este párrafo.

En Boyhood, el director construye un relato simple y sencillo narrando una vida ordinaria pero no banal sin asomo de cinismo, con cercanía y comprensión aunque también sin miedo a adoptar ciertas posiciones críticas y matices oscuros. Pero que a nadie le engañe el tono en apariencia poco radical de Linklater. La falta de excesos formales o grandes puntos de giro en la historia (aquí no hay grandes tragedias, al menos en su faceta más evidente, salvo la que literalmente transcurre mientras todo pasa), y sobre todo la facilidad de asumir la pirueta técnica señalada arriba, no da como resultado una película ñoña. El director afronta un retrato íntimo con naturalidad y sentimiento, utilizando esa audacia técnica de rodar durante una década para reforzar el nexo con los hechos que observa, y sobre todo para incorporar esa visionaria planificación al propio tema de la película, el paso del tiempo, sin hacer de la maniobra (técnica, formal) algo invasivo para la historia. Lo importante en Boyhood son los sentimientos, el tono, y no tanto la técnica o la estética. Y de hecho, en ella las elipsis van tan pegadas a las necesidades del relato que apenas percibiremos el salto salvo por la apariencia del joven o algún elemento de atrezo. Sencillez y elegancia ante todo.

El realizador centra todos sus esfuerzos, más que en subrayar su propio talento, en mostrar los efectos del paso del tiempo (por mucho que el protagonista de la historia sea un joven adolescente, muchos de los secundarios son adultos) en una historia optimista y personal, pero también amplia de miras, perfectamente capaz de retratar de manera tranquila la esquizofrenia de una familia de buenas personas en el fondo, pero totalmente disfuncional en la superficie. Por eso, tras el tono sencillo de Boyhood, de su faceta de drama familiar puro y duro, persiste la impresión de que debajo late una gran novela americana, una en cuyas tres horas de duración hay tiempo de sobra no sólo para retratar la convivencia y avatares de un niño, sino para ampliar el lienzo y filtrar apuntes sobre el contexto social/cultural/político del país, con una importante carga crítica e interés en sus contrariedades: sus Biblias y rifles, la guerra de Irak, el gobierno de Bush o la llegada de Obama, e incluso otros más benevolentes pero en absoluto anecdóticos sobre los videojuegos, o la cultura pop o la música que envuelven al chico en su trayecto vital, y que pese a su relativa actualidad (hablamos apenas de la última década, demasiado pronto para la nostalgia) reciben su valor y adecuado contexto.

Pero el verdadero contenedor de la magia del filme son, por supuesto, sus pequeños instantes y también sus grandes escenas, en ocasiones simples conversaciones que dibujan perfectamente los anhelos y personalidad de sus protagonistas, y de los que emerge el drama o la comedia con absoluta eficacia. Cualquier diálogo de Mason con su padre biológico, interpretado por Ethan Hawke (como aquel en el que éste le regala un álbum de los Beatles, o ese anterior en el que discuten, precisamente, sobre la magia en el mundo real), o con su Madre, encarnada por Patricia Arquette (ver su última escena en la película), producen un buen rollo que a la vez, resulta tremendamente inquietante, que llega al espectador, y que por tanto garantiza a Boyhood su pervivencia en el recuerdo, su importancia como película y no sólo como ese experimento del que se hablará esta semana.

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