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Crítica: 'El Corredor del laberinto', de Wes Ball

Nueva adaptación de un best-seller de literatura juvenil, esta vez con un relato de aventuras y sci-fi más ameno de lo habitual.

Juan Manuel González
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El Corredor del Laberinto es, ante todo, una muestra de cuánto ha cambiado en Hollywood el planteamiento de secuela. La filosofía de "si gusta, hacemos otra" ha madurado hacia la narrativa serial tan propia del mercado editorial o del -durante la última década- tan boyante panorama televisivo. La que nos ocupa, que se estrena ahora en cines, no es una serie de televisión, pero sí la adaptación de un best-seller de literatura juvenil tan en boga desde el éxito de Harry Potter, si bien su alienante distopia social -en clave de paranoia adolescente- la aproxima más a la mitología de otro éxito en librerías y cines, el de Los Juegos del Hambre.

Correr o morir, es la filosofía aparentemente simple que mueve la película del debutante en el largometraje Wes Ball, antaño especialista en efectos visuales, y basada en la serie de novelas de James Dashner. Una comunidad de chicos cuya memoria ha sido borrada está atrapada en el Claro, un campo verde rodeado por una amenazante y laberíntica construcción que les impide escapar.

La película de Ball se adentra en territorio abiertamente aventurero desde el principio, en tanto desdeña completamente el romance que le presuponemos a una saga de literatura juvenil -la sombra de Crepúsculo es alargada- si bien ocupa su primera mitad, aquella en la que plantea su inquietante premisa, casi totalmente pendiente de la creación de cierta atmósfera de confusión.

La pérdida del nombre y los recuerdos en un entorno cambiante -un laberinto mutante aparentemente imposible de vencer- son un recurso demasiado jugoso como para pasarlo por alto. En ella, la identificación trayecto heroico -¿es Thomas un corredor o no es un corredor?- con parámetros del cine adolescente, con su impulsiva búsqueda de identidad, su necesidad de integrarse pero a la vez de "ser especiales", la ambición/necesidad de reconocimiento y liderazgo... enriquecen pero también amenazan con entorpecer el desarrollo de un relato más ameno de lo esperado, pero que a su vez no acaba de responder las preguntas que plantea. Al menos, y lejos de complicarse gratuitamente, la película funciona de una manera más básica de lo que podría parecer dado el cúmulo de referencias. Porque en El corredor del laberinto todavía hay más, como por ejemplo dos o tres gotas de una prometedora serie B de horror adornada con el destierro forzado y las jerarquías de grupo vistas y leídas en El Señor de las Moscas, cuya brutalidad aparece por fin en su trama final, si bien tarde y demasiado descafeinada.

Eso, y la urgencia de sus carreras y secuencias de transformación, y unos enfrentamientos contra criaturas que remiten directamente a Parque Jurásico, son lo mejor de una película algo mejor de lo esperado, pero que se resiente de la excesiva dosificación de ese cálculo: no hay psicología en los personajes, y todo se antoja como demasiado poco, sobre todo teniendo en cuenta que no sabemos si habrá más... por mucho que lo que hayamos visto tampoco esté mal. Que ya es algo.

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