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Juan Manuel González

Crítica: 'Torrente 5: Operación Eurovegas'

Santiago Segura vuelve a marcarse otra solvente aventura cómica, aunque a la vez parece querer explorar otros territorios.

Juan Manuel González
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Partamos de un hecho constatado y unánimemente aceptado: Santiago Segura tiene cogida la medida de su personaje, el guarro expolicía José Luis Torrente. Tanto es así que el director, guionista, productor y protagonista -y por tanto, autor total de esta quinta parte, Operación Eurovegas, porque el cálculo comercial también necesita una cuidadosa administración artística- se permite en ella realizar un importante cambio de marchas, hasta un cambio de intereses, si se quiere, en la saga más longeva del cine español. Torrente 5 puede sonar a rutina porque, efectivamente, ésta asoma la cabeza de cuando en cuando, pero la película es, mucho más que una comedia social amarga o la actualización grotesca del esperpento español o un cómic de Ediciones B -como fue el principio de la serie-, otra cosa que ya es muy distinta: una parodia del elegante y elevado género de robos representado por la muy célebre e icónica Ocean's Eleven.

¿Cansancio creativo o ensayo con los géneros, en clave de desbandada de su autor hacia nuevos territorios? De ambas cosas algo hay, en una ambivalencia presente ya en las anteriores películas pero que aquí se desplaza ya definitivamente hacia uno de los extremos. Fiel a su fórmula y a la seguridad que le transmite el personaje, Segura prosigue con su parodia marca Españaza, reflejando el lado oscuro y cochino de la piel de toro, pero al tiempo y todavía más que en secuelas anteriores, desplaza su personaje hacia otros intereses y emblemas más foráneos e -inclusive- vamos a decir que elegantes. ¿Como es eso posible?

Sencillo: Torrente 5 es el filme más de género que se ha marcado Segura en su carrera. Su personaje sale de la cárcel en 2018, con el país fuera del euro y Cataluña independizada. Los cameos y referencias a la cultura popular española perduran, son parte de la fórmula cómica patentada, pero Torrente, de nuevo un líder pero esta vez de una banda de ladrones -y traicionando por fin de manera confesa a esa Ley que siempre ha dicho servir- es ahora más que nunca un antihéroe universal, evidentemente enloquecido, un renegado de la Patria y el Diablo. La presencia del norteamericano Alec Baldwin como Superintendente y la referencia al Planeta de los Simios -que tampoco es uno de los mejores gags- no pueden ser casuales en el nuevo ángulo, en esta escapada hacia otra película que Segura parece estar marcándose en cada entrega sucesiva.

Lo mejor de Torrente 5 no es, como pudiera parecer, el constante aluvión de gags de imprevisible resultado. Algunos son memorables, muchos son buenos, y otros la verdad es que no deberían existir. El verdadero triunfo de Segura no está ahí -o en su esfuerzo por superar las humoradas previas- sino durante la segunda mitad de su película, aquella en la que como director se ha liberado de ocurrencias y planteamientos y ciñe los gags a la pura y dura narración. Entonces, Torrente 5 se convierte en lo que quiere ser, en una comedia de acción sobre un robo a un casino que -ojo- resulta casi autónoma en términos de saga y personaje, y en la que Segura demuestra pulso cinematográfico, oficio e incluso afán de crear buen espectáculo de manera evidente, con una puesta en escena pulcrísima al margen de la mugre.

Eso nos lleva a una segunda conclusión, un poco dramática, en la que el propio Segura parece sentirse limitado por su propio éxito, por los requerimientos de su personaje y -sobre todo- encerrado en la fórmula Torrente, con sus cameos y guiños a la audiencia televisiva y sus deberes con el público. ¿Qué podría aportar Segura en la pura y dura comedia de acción macarra al margen del personaje, de las referencias a la última de la actualidad política? ¿Nos estamos perdiendo a medida que pasan los años a un autor popular con conocimiento y oficio?

De momento, nos quedamos con eso y con otra entrega de Torrente, que cumple el expediente sin sorpresas y, a veces, incluso mejor que alguna secuela anterior. Resaltar la presencia de Carlos Areces, que vuelve a crear un nuevo tipo de idiota (y esto es un halago) que amenaza con robar la película al resto del nutrido reparto, y después comerse lo que quede. Y sí, la eficacia de sus gags, lo afortunado de algunas metáforas (ese aeropuerto abandonado tan típico, y que fiel a la tesis inicial, Segura aprovecha para marcarse una homenaje a la mejor escena de Casino Royale, la que transcurre en el Aeropuerto de Miami) y hasta ese homenaje a Estudios Moro y Tony Leblanc que no podía faltar y que subraya que más allá del cálculo y cierto cansancio creativo, hay más erudición y talento en Segura de lo que los detractores de su saga y cierto postureo intelectual afirman.

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