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Crítica: 'Perdida (Gone Girl)', de David Fincher

Decir que Perdida no es lo que parece es quedarse corto. La nueva de Fincher es más lista que nadie, y lo sabe.

Juan Manuel González
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Perdida es un filme desconcertante. No sólo por las múltiples torsiones de su argumento, que comienza aceptando Frenético de Polanski como modelo textual para acabar convirtiéndose en algo completamente distinto, una versión multimedia de La Guerra de los Rose que de regalo todavía acoge un par o tres de giros suicidas. David Fincher aborda ese juego de espejos con seguridad (visual, narrativa) pasmosa, y se regala una película que, pese a su sinopsis común (un marido distante busca a su esposa desaparecida) es una verdadera madriguera de conejo. A partir de ahí, de su inicio sentimental y poderoso, pueden escoger ustedes, parece decirnos el de Seven: Perdida puede ser un sentido drama sobre el final del amor, una reflexión salvaje sobre el sensacionalismo de los medios de comunicación, una comedia negra con un hitchcockiano falso culpable e incluso un thriller de psicópatas, si bien abordado desde una perspectiva absolutamente insólita.

El director de Seven es consciente de todos esos flancos, y desarrolla un suspense que evoluciona de un extremo al otro con gran seguridad. Y además tiene el valor de culminarlo de manera abierta, escasamente complaciente y con un gigantesco signo de interrogación que cae como un cubo de agua fría. Lo cierto es que sea como sea, Perdida es una película contundente y segura de sí misma, que engatusa y manipula desde el principio al más pintado gracias a la inmensa capacidad técnica de su realizador. La música a contracorriente de Trent Reznor y Atticus Ross (colaborando por tercera vez con Fincher); la fotografía oscurísima de su también habitual Jeff Cronenweth; e incluso la interpretación de todo su elenco, incluyendo casi por primera vez a un Ben Affleck cuya sosa afabilidad añade ambigüedad a su protagonista y destacando a una extraordinaria Rosamund Pike, para la que pedimos desde ya una futura nominación al Oscar. Todos ellos y algunos más nos conducen por un show cinematográfico notable.

Perdida es una película disfrutable a nivel de puro thriller, por su enorme capacidad para desafiar las expectativas del espectador que no haya leído la novela y desee ser atrapado con más de dos horas de entretenimiento. Pero su análisis exige arremangarse. La investigación criminal de su primera mitad, la más convencional, es apasionante de por sí. Pero ya en esa primera hora Perdida alterna el drama de suspense con extractos de un diario narrado en primera persona (que le permite a Fincher depurar al extremo su narrativa: cada plano es una idea) donde encontramos el quid de un caso que se resuelve en el circo de los medios de comunicación. La verdadera pregunta que hace Perdida no se refiere al paradero de la joven esposa, o la culpabilidad o inocencia del marido, por mucho que Fincher maneje esos dispositivos de suspense con maestría. Está en ir desmontando el propio relato (sumando puntos de vista, visualizando pistas falsas, logrando que los medios de comunicación e incluso las grabaciones de cámaras de seguridad realmente "influyan" en la mentira), y permitiendo que esos reflejos y proyecciones tan contemporáneas ensucien voluntariamente el devenir natural de los acontecimientos, convirtiéndose en una historia paralela y ficticia que acaba no ya sobreponiéndose a la verdad, sino incluso cambiando la realidad, convirtiéndose en una "segunda historia" virtual que actúa sobre la primera.

¿A quién le importa si hubo amor, o si hubo un crimen? La paranoia de Perdida juega con un escenario contemporáneo y tecnológico y exige un tiempo para deglutir la inteligente tomadura de pelo, que de manera coherente Fincher no se molesta en ocultar. Porque tras la gran mentira, primero, y la paranoia mediática, después, lo que queda es una tragedia humana y sentimental y un caso policial tan difícil de resolver como el de Zodiac, todavía la obra maestra de su director. De un amor que se pervierte a una investigación incapaz de demostrar absolutamente nada. Fincher lo rueda y monta con una malévola sonrisa y un dominio técnico apabullante, sabedor de que estamos ante la comedia negra y anti romántica más cruel rodada en años. En el fondo, es la actualización del más antiguo dispositivo de suspense jamás inventado, el famoso "las apariencias engañan". Sólo que la verdad ya no importa.

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