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Arteta: "Mis películas son una faena porque te sientes aludido"

Iñaki Arteta presenta en Libertad Digital su nueva película sobre el año en el que ETA llegó a matar de media siete personas al mes.

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Fastidiado, como con el cuello de una camisa rozándote la nuez o en mitad de una digestión pesada. "Siempre es incómodo", asiente el director de cine Iñaki Arteta, que acaba de estrenar la película documental 1980. En España "se puede decir que nunca es el momento oportuno para hablar de ETA". Ni de… nosotros. Año 2001, "ETA mataba y estábamos grabando por allí el primer documental sin libertad. Asistíamos al entierro de un señor que habían matado por la mañana a 50 km". 2006. Zapatero y el diálogo: "Cuando una película nos coincidía en un periodo de tregua había quien nos decía: ahora que va a acabar ETA, no te pongas a contar estas cosas, a meterle el dedo en el ojo". 2014. Y ahora "el miedo a incomodar a los que han estado detrás del terrorismo y están en los ayuntamientos. Tampoco conviene recordarles lo que han hecho". Los unos y los otros: "Además la sociedad prefiere pasar página, todo esto tiene muchos problemas". Lo que es casi milagroso es que Arteta siga consiguiendo "el material" con el que se hacen los sueños. Es decir, la financiación.

La pregunta, obvia, ¿cómo es posible que nadie haya contado antes esta historia? El terrorismo en el cine español ha preferido aventurarse con los matones. Desde un romanticismo rural canalla.

Arteta es de Bilbao y se ve como un cineasta con suerte, "de no sentir miedo" a expresarse. "Es una cuestión de responsabilidad, de contar algo terrible que estaba ocurriendo muy cerca de mí". ¿En tu caso? "Yo lo que he sufrido es todo. En los 80, empiezas a ver que eso no puedes encajarlo de una manera natural, como una persona normal, que no puedes entender las justificaciones. Utilicé la libertad y cierto coraje. Me impulsó fundamentalmente algo que es la clave de mi iniciativa: defender la libertad y la vida". Y se queda tan ancho, frente a esa "tendencia, sobre todo en la sociedad vasca, que tiene que ver con el miedo, la cobardía o la complicidad, no hay muchas más".

Rigor, honestidad e intención testimonial. Son los pilares de su cine. "Desde la primera película", pensaron que querían hacer algo que pudiera "entender alguien de fuera", hacer comprender "la sinrazón, la agresividad de lo terrorista y el amparo de lo nacionalista". Y no es fácil, "porque no se ha dado en muchos sitios, en el primer mundo, una banda terrorista durante casi 50 años agrediendo a un estado que tampoco ha respondido siempre de una manera contundente". Una anécdota: "Una vez estuve con el cónsul alemán en Bilbao, hace unos ocho años, en la época de Ibarretxe". Y les preguntó: "¿Cuántos son?" Arteta: "Se cree que 300, 400". El cónsul: "¿Sólo 300? ¿Y todo gira alrededor de esto?". Arteta reflexiona, "quizá pensaría que con medios policiales se acababa aquello, pero luego hay que explicar que hay una parte de la sociedad vasca y de la representación política de los vascos que les está dando cobertura".

Por alusiones, el primero de la lista prefiere ponerse el director. "Sí, mis películas son una faena... que el espectador se vea reflejado, no es muy comercial… (se ríe). Pero yo también me aludo, no sé, a lo mejor estoy pagando con esto la penitencia de no haber sido de otra manera en su momento. No lo sé".

¿Las novedades? En esta cuarta película por primera vez hablan los nacionalistas y Arteta ha elegido imágenes extremadamente duras. Proceden de archivos fotográficos de prensa. ETA mataba como la mafia, sólo cambia el menú del día en el restaurante familiar, de pasta a marmitaco (por ejemplo), "ametrallan a un tío y se van en un coche y luego costaba que se les detuvieran porque nadie había visto nada".

Como en el juego de espejos de La dama de Shanghái de Orson Welles que luego homenajeó Woody Allen en Misterioso asesinato en Manhattan, 1980 refleja lo que reflejaba la prensa de lo que la sociedad emanaba en los años de plomo. "Demuestra mucho la sensibilidad que se tenía por las víctimas. Si uno lee los artículos que se escribían entorno a un atentado, se ponía el portal, el nombre de la mujer, de los hijos y declaraciones del tipo: no tenía nada que ver con la extrema derecha, o sabía euskera, como justificaciones que encontraban las pobres personas agredidas para no tener luego el rechazo de la sociedad. Y la víctima se lo creía. Si algo ha hecho mi marido y soy culpable lo mejor será que me vaya". Algunos de ellos eran "los coreanos". Extremeños, andaluces o gallegos que fueron a trabajar en los años 70 al País Vasco, "eran admitidos en nuestra casa, pero con el marchamo puesto". "Eso arrastraba un peligro vital, gente que sabía que si se hacía notar en la sociedad o si se acerca a guardias civiles o esas fuerzas de ocupación le podía pasar algo y efectivamente les pasaron cosas. Fueron avisos a navegantes".

Otra anécdota con humor bilbaíno. Una vez en EEUU una señora le preguntó, "pero esto ¿cuándo ha pasado?" Era el año 2000. 2001 cuando empezaban. "Si yo vivo allí señora, voy mañana para allá". Arteta se ríe recordando la cara de alucine de esta americana. Entonces Iñaki Arteta cae en la cuenta de recordar que los que hablan en esta película "están todos vivos, las víctimas, las viudas. No es que estamos hablando del Holocausto. Aquí hay supervivientes". El futuro, 2034. "Esto dentro de 20 años será otra cosa. Igual se cuenta bien, pero es que todos los que salen son testigos y la gente va muriendo…".

Para hacer historia "hay que venir llorao de casa". No es un mal consejo, porque victimizar, sensibilizar o emocionar no es la balanza oportuna para denunciar el efecto del terrorismo. "Seguimos haciendo cine combativo y a contracorriente". Pasen y vean.

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