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Cientos de muertos por ocho apellidos vascos

Iñaki Arteta ha tenido la sabiduría y el valor de grabar el olor a anestesia en las calles vascas.

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1. En 8 apellidos vascos, la comedia española sobre la tragedia vasca, el padrazo nacionalista interpretado por Karra Elejalde le pregunta al pretendiente de su hija cuántos apellidos vascos le respaldan, preocupado como está por garantizar la pureza de sangre vasca. Entre carcajadas de pacotilla y malos chistes, la película de Emilio Martínez Lázaro hace un retrato del racismo inherente al nacionalismo vasco desde Sabino Arana.

Este racismo se manifiesta en el término con que los nacionalistas vascos denominaban a los españoles: coreanos. No conocía esta denominación hasta que la he escuchado en el documental de Iñaki Arteta sobre uno de los años más duros de la actividad criminal de la extrema izquierda en el País Vasco: 1980. De manera complementaria a como se calificaba a los policías: zipayos y txakurras (perros). Como mostró Sebastián Haffner en su relato del ascenso cultural del nazismo en Alemania, el primer paso para la deshumanización del adversario consiste en denominarlo de una manera tal que se borre su identidad humana. Los nazis llamaban "ratas" a los judíos.

2. En el programa La Tuerka, el canal ideológico de Podemos, cuando uno de los invitados defiende que debe haber ahora "una paz pero sin vencedores ni vencidos, para así empezar a dialogar", Pablo Iglesias remacha esa identidad de fondo entre verdugos y víctimas cuando dice que "la diferencia entre un terrorista y un patriota es la diferencia entre la victoria y la derrota".

Se trata, por tanto, paradójicamente, de defender que no debe haber vencedores ni vencidos para que, dándole la vuelta a la tortilla de la derrota de ETA, finalmente los Otegui, Bolinaga y compañía no sufran ningún tipo de humillación y menosprecio por su apoyo a una corriente política psicópata, sino que, por el contrario, puedan tranquilamente recoger las nueces del árbol que agitaron con su violencia.

Por eso es tan importante que a las plumas contrarias al terror nacional-estalinista (Fernando Savater, Santiago González, Fernando Aramburu y algunos otros) se les haya unido la cámara documental de Iñaki Arteta, cuya última entrega, decíamos, 1980, enfoca el objetivo en el año más duro de los asesinatos cometidos por la izquierda terrorista contra todos aquellos que tenían la desgracia, pero también el doloroso privilegio, de sentirse españoles y de defender la democracia. Haffner mostraba la anomia que dominaba el ambiente moral y político de Alemania en la época de los nazis:

No hay criminales que respondan de sus actos ni mártires que carguen con su sufrimiento, todo sucede como en un estado de ligera anestesia.

Iñaki Arteta ha tenido la sabiduría y el valor de grabar el olor a anestesia en las calles vascas.

3. ¿Por qué 1980? No sólo porque había innumerables asesinatos sino porque la legitimidad de ETA no se ponía en cuestión por gran parte de la izquierda sociológica española, que seguía en la inercia contra el Estado español, como si la democracia de la UCD fuese la heredera directa de la dictadura franquista. Contra esa maquinaria a lo Münzerberg, Iñaki Arteta conjuga la estética del documental y el compromiso con la verdad con la ética de la reivindicación moral y la defensa de las víctimas. Para ETA, importaba mucho a quién se mataba y cómo se masacraba. Del mismo modo, pero en sentido moral inverso, para Iñaki Arteta la cámara sirve para resucitar el recuerdo de los que fueron asesinados doblemente: por ETA pero también en el plano de la memoria cuando se ha querido correr sobre sus muertes un velo de olvido para no entorpecer la "negociación", la "paz", el "futuro" y otros simulacros de los intereses creados de los políticos de todas las tendencias, porque los muertos no votan. De ahí la cita de Cicerón con la que se abre 1980:

La vida de los muertos está en la memoria de los vivos.

4. Iñaki Arteta no puede eliminar el sufrimiento de las víctimas pero sí remediar su silenciamiento, ya que, en nombre del esquema político y del bien común, se trata de que no cuenten nada que pueda estropear las digestiones electorales próximas. Arteta se niega a asumir la ecuación perversa que pretende imponer que, a más paz, menos justicia. O que el precio de la paz es el olvido. O que no haya vencedores ni vencidos en aras del consenso. O que las víctimas pueden convertirse en los obstáculos para la convivencia, con lo que pasarían a ser simplemente una incómoda molestia, como la cicatriz que nos recuerda un tumor extirpado y que tratamos de hacer desaparecer con cirugía estética.

De las declaraciones de intelectuales como el obispo Setién -a medio camino entre la palidez de Nosferatu y el cliché exculpatorio de Eichmann- se desprende la tremenda confusión ideológica que sirvió de caldo de cultivo para el prestigio del que gozaba ETA en instituciones como la iglesia vasca o la intelligentsia, derivado de la presunta lucha de los etarras tanto por la liberación nacional(ista) como la justicia social(ista).

5. Según Walter Benjamin, "la verdadera imagen del pasado pasa súbitamente". Una imagen que "relampaguea en el instante". Ayer, enterrábamos a los muertos. Hoy, hacemos comedias de dudoso gusto y remarcado éxito. Como si más de 800 muertos y cuarenta años no hubiesen sido más que una raya en el agua. Describía también Benjamin al Ángel de la Historia:

Su rostro está vuelto hacia el pasado. Donde nosotros percibimos una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única que amontona ruina sobre ruina y la arroja a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado, pero desde el Paraíso sopla un huracán que se enreda en sus alas (...) Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso.

Así me sentía viendo el documental de Iñaki Arteta, entre apesadumbrado y horrorizado, porque donde la mayoría ve paz y progreso yo sólo contemplo escombros y, sobre todo, a los muertos que ya no hay quien los despierte.

Presentación pública del documental 1980 de Iñaki Arteta en Madrid, este miércoles en el cine Callao a las 8 de la tarde.

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