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Crítica: 'Dos tontos todavía más tontos', con Jim Carrey y Jeff Daniels

Harry y Lloyd regresan veinte años después. Y no han cambiado demasiado, la verdad.

Juan Manuel González
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Año 1994. El éxito de la comedia gamberra Dos tontos muy tontos confirmó el salto a la popularidad del actor Jim Carrey y también de sus directores, Peter y Bobby Farrelly, que unos años más tarde facturarían Algo pasa con Mary e incluso alguna obra de culto más... antes de sufrir una serie de descalabros que enterraron su crédito industrial. Más o menos lo mismo que le ha ocurrido al propio Carrey, que pese a haber sido una de las fuerzas motrices de la taquilla americana no protagoniza un éxito desde la olvidada Cuento de Navidad (y en ella estaba cubierto por capas y capas de maquillaje digital). En estos términos, resulta entendible que ahora hayan recurrido a la tardía secuela Dos tontos todavía más tontos, filme que podríamos tachar de oportunista pero que, pese a su naturaleza de huida suicida hacia delante (y sus evidentes defectos, más o menos los mismos que los de la primera), tiene una percha explicable y hasta defendible.

¿Quienes sino Harry y Lloyd, los lerdos más lentos del universo cinematográfico, para protagonizar una secuela veinte años después del original? Todo ello para solucionar un enigma de hace, precisamente, veinte años, sólo que ellos lo descubren ahora. A partir de ahí, que nadie espere una crepuscular odisea en la que los dos idiotas toman conciencia de sí mismos, que los Farrelly exploren la metafísica del tabú en un capítulo final con ansias de modernidad. Peter y Bobby celebran su propia inmovilidad a través de Harry y Lloyd, sus dos queridos cabestros, inmutables ante el paso del tiempo, interpretados con la misma desvergüenza por dos actores capaces de encontrar placer en el ridículo y de paso chapotear en él. Y no hay más...

...ni tampoco menos. Los Farrelly tienen la medida cogida a su fórmula, la de no respetar a nada ni a nadie salvo la propia idiocia. Peter y Bobby consideran que la amistad de Harry y Lloyd no se toca, y una vez comprendido este precepto -el verdadero quid de la cuestión- lo que toca es hacer el cafre, convertir el McGuffin en cuarto de chopped, hacer bromas de mocos y de sondas urinarias, e incluso visualizar -por qué no- una agresión sexual geriátrica (con la anciana abusando de Jim Carrey, por supuesto) con infantil retorcimiento. Pero ojo: en el decálogo de los Farrelly reírse de un incapacitado no equivale a ridiculizarlo; el salvajismo no suprime la ternura y el romanticismo; y la coherencia y la moralidad simplemente operan, pero a otro nivel. Eso es lo principal, y eso es precisamente lo que sigue funcionando.

Si sólo hubieran sido capaces de recortar la odisea hasta los 90 minutos y no 110, a lo mejor estaríamos ante una película con pulso. Los Farrelly no han logrado que su ausencia de refinamiento beneficie la puesta en escena, el argumento es para ellos un tiempo muerto, y por eso cada vez que toca una escena expositiva cunde el aburrimiento y la confusión. Menos mal que en todo momento contamos con Jim Carrey y -sobre todo, para un servidor- con Jeff Daniels, dos elementos de cuidado que consiguen encontrar la ternura bajo capas y capas de fluidos. Así que con ellos los fans de la primera podemos respirar más o menos tranquilos: no hemos cambiado tanto desde mediados de los 90.

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