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'Hijos de los hombres': algo que ver con la muerte

Aunque no lo parezca, el thriller de ciencia ficción protagonizado por Clive Owen proviene de una obra de la escritora británica.

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Aunque no lo parezca, el thriller de ciencia ficción protagonizado por Clive Owen proviene de una obra de la escritora británica.
Una imagen de Hijos de los hombres (2006)

Hijos de los hombres es la película más infravalorada de la década. O mejor dicho, una de las más inmerecidamente desconocidas. Cuando se estrenó allá por 2006, pese a la formularia lluvia de halagos críticos, apenas se hizo con 60 millones de dólares en los cines de todo el mundo. Si la cinta fue rentable de alguna manera, debió ser después de sus pases televisivos, y me temo que más bien poco. El agravio hacia esta obra maestra moderna ha sido de de tal magnitud que siempre he pensado que la hiperexitosa y más políticamente correcta Gravity, la posterior película de Alfonso Cuarón, ha robado parte de los réditos que ésta debía haber recibido. Y lo ha hecho sin que absolutamente nadie (ni el mismo director, al fin y al cabo con un Oscar bajo el brazo, y la recompensa en diferido de un masaje de dimensiones mundiales) haya dicho ni mu al respecto.

Decía antes que Hijos de los hombres es cine moderno, y ahora explico ese razonamiento: a partir de una mera noción de lo que es un guión cinematográfico, tan conciso y funcional como minimalista (y a la vez profundamente alegórico) Cuarón orquesta el pastiche más poderoso y expresivo como drama que recuerdo, a caballo entre tantos géneros populares (sci-fi, thriller de acción, tragedia y hasta cine bélico) que correría el riesgo de no significar absolutamente nada en manos de cualquier otro director. Probablemente su compacto sustento de ideas y el itinerario humano de Theo, su inicialmente apático protagonista, así como la sombría reflexión de nuestro futuro que se articula en torno a todo ello, proviene de los renglones escritos por la fallecida P.D. James, y Cuarón sólo ha tenido que subrayarlo con ese poderoso imaginario visual que se saca de las entrañas cada vez que se pone tras las cámaras (y la lectura más áspera y espabilada del último y huraño Spielberg, que le hace parecer su mejor discípulo, al menos a mis ojos). Pero en todo caso, teniendo en cuenta que esto no es ninguna competición, sólo cabe asumir que el mexicano supo hacer suyo el material de la escritora británica.

La película sigue el periplo del taciturno Theo (Clive Owen), un hombre desencantado en un futuro sin futuro. La humanidad no puede reproducirse, los jóvenes mueren, el caos y el terrorismo abundan por doquier, el mundo de las personas se apaga como una bombilla vieja. Pero entonces ocurre el milagro: una persona del pasado de Theo le encarga la protección de una joven muy especial, una embarazada de ocho meses a punto de dar a luz al primer niño sano en 19 años... Comienza la persecución.

Una que ofrece a Cuarón el material perfecto para que trabaje. El hachazo miserable que el realizador nos propinaba en Y tu mamá también, gracias al relato de James aquí se transforma en algo más depurado y -creo yo- profundo. El pesimismo vital del mexicano es compatible con su puesta en escena poderosa y enérgica, recogiendo esa natural atención a la necrológica que parecer ser común en artistas de su país (tan fascinados con la representación de la muerte como con la exuberante o incluso colorida presentación de ese contenido), canalizado en un relato de aventuras dramáticas fluído, simple y puro, con escenas de acción jamás vistas anteriormente que se erigían como el puente perfecto entre la tristeza de los postulados que sostenían la historia y el estrecho rayo de esperanza que se vislumbraba en su desenlace.

Porque el trabajo de puesta en escena en Hijos de los hombres es abrumador y visionario, precisamente por realista. En la película, la cámara de Emmanuel Lubezki se pega al hombro de su protagonista a través del campo de batalla y los umbrales de su recorrido. Con la ayuda de El Chivo (así se le llama popularmente al director de fotografía), Cuarón mete la cámara en un coche, en el campo de batalla e incluso en un parto, en tres planos secuencia apasionantes que son también tres secuencias fundamentales del cine moderno, que inevitablemente después han sido ampliamente imitadas (¿verdad, Noche de miedo y True Detective?) pero que sólo aquí resultan así de violentas, brutales y conmovedoras. Jamás un drama tan terrible se había articulado tan bien en una película de persecuciones, o viceversa, un thriller de acción había resultado tan angustiado y existencialista.

Al igual que no pocos relatos que especulan sobre nuestro fin (el último de ellos, quizá Interstellar, si bien en otra órbita cinematográfica distinta), tanto la novela como la película planteaban la posibilidad de que el inevitable colapso no fuera sólo la última etapa de nuestro progreso, sino quizá -cuestión de puntos de vista- la primera de lo que viene después, una ruina circular que plantea la probable llegada de un nuevo Mesías, la forja de una nueva humanidad. Todo esto Cuarón lo cuenta sin caer en sentimentalismos u obviedades religiosas, como cualquier otro hubiera hecho, afanándose en renovar este contenido iconográfico a través de una representación carente de los amaneramientos de un arte de propaganda evangélica. Algo que resulta paradójico hasta cierto punto, dado que la película también contiene una de las mejores y más realistas representaciones de una dictadura vistas en pantalla, hasta el punto de que la crudeza de esos elementos "a pie de calle", así como sus famosos planos secuencia, podían ocultar la simbología detrás del invento. Hijos de los hombres, como se suele decir, es una película que no hace prisioneros y en la que todo se nos cuenta de pasada, porque simplemente ya estaba allí cuando nosotros llegamos.

Hijos de los Hombres es la gran obra cinematográfica de la pasada década que todavía no se ha reivindicado. Antes de que otros comiencen a hacerlo, les recomendaría lo mismo que les dirían en un anuncio de la tele: lean el libro, vean la película.

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