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Crítica: 'Hombres, mujeres y niños', de Jason Reitman

No hay nada peor que ir de guay y no llegar a chachi.

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Corría el año 1999 cuando American Beauty, el debut en el largometraje del director Sam Mendes y el guionista Alan Ball, conmovió a la industria y al público con una descarnada y sincera visión del American Way of Life. La película arrasó en los Oscar, y pese a que aún hoy cuenta con tantos detractores como admiradores, sorprendió por aportar una visión voluntariamente satírica, incuestionablemente manipuladora... pero a la vez certera, de la institución familiar a las puertas del siglo XXI. A Ball, por cierto, todavía le quedaba en la despensa A dos metros bajo tierra, una serie que renovó las claves del melodrama televisivo y que también compaginaba humor tierno y crudeza dramática con inusual calidad. ¿Por qué este largo rodeo?

Sencillo: estamos en 2014 y el realizador Jason Reitman (Up in the air, Juno) parece intentar lo mismo en esta Hombres, Mujeres y Niños, filme basado en una novela de Chad Kultgen y en el que las miserias de la clase media parecen provenir, o al menos reflejarse, en las nuevas tecnologías (ya saben, nunca hemos estado más conectados... y a la vez aislados) y en el que el director vuelve a apuntar directamente a la temporada de premios cinematográficos... aunque en cierto modo el tiro parece haberle salido por la culata. Y no porque a Jason, hijo de Ivan Reitman (Los Cazafantasmas, cada vez mejor película según pasan los años), le falte oficio y talento como director y guionista. Pero si no es ese el quid de la cuestión, ¿donde está entonces el problema?

Hombres, mujeres y niños comienza con una sinfonía de voces que resuenan en el espacio, y que bien podría pertenecer a una película de ciencia ficción. A partir de esa pronta exhibición de pretensiones, y utilizando a modo de narrador en off la distante y exquisita voz de Emma Thompson (en la versión original, es decir, la que deberían ver), Reitman desciende a la tierra para mostrar la vida cotidiana de un puñado de familias y personajes de clase media, entrecruzando historias que muestran el modo de vida, neurosis y dictaduras cotidianas provocadas por internet, los móviles y hasta los videojuegos. Un padre adicto al porno, una esposa insatisfecha, un adolescente en crisis de identidad, un joven impotente y una madre controladora, entre otros, componen un mosaico que muestra las relaciones sociales disfuncionales de la clase media USA, unas en las que se entremezcla el humor pero, sobre todo, el drama.

En todo momento, y a diferencia de American Beauty, Reitman trata de rehuir lo escabroso, lo que ciertamente no resta impacto a algunas de las historias y momentos de la película. Pero eso no significa que su análisis sea certero, más bien al contrario: esta aparente cercanía y realismo no redunda en una especial sinceridad, que de hecho resulta cuestionable en ocasiones, especialmente cuando decide cargar las tintas (y a la vez, simplificar) la crisis del matrimonio interpretado por Adam Sandler y Rosemary DeWytt. Hombres, mujeres y niños resulta un drama correcto, sobrio y entretenido, pero la mirada de Reitman a sus personajes, en ocasiones falsamente comprensiva, deriva hacia posturas complacientes, moralistas y sentimentales, y en las que el autor incluso llega a adscribirse a las tesis que tan afectadamente parece criticar. Carente del ingenio de los diálogos escritos por Diablo Cody en Juno, y sin el carisma de una estrella como George Clooney en Up in the air, la nueva película coral de Jason Reitman peca de complaciente y burguesa, por mucho que en sus hechuras (o precisamente por ello) haya aspiraciones de Oscar.

Este afán de aclarar al público lo que debe pensar anula todo intento de ironía y deriva en algunos momentos un tanto melodramáticos y dogmáticos, perjudicados por una pose seria que traiciona el mensaje. En vez de registrar el eterno misterio de las relaciones humanas y la inquietante incursión en ella de las nuevas tecnologías, Reitman se conforma (sin saberlo él) con realizar un melodrama convencional con advertencia incluída, en el que -eso sí- brillan con luz propia precisamente los instantes y momentos más sencillos. Lo mejor: la tristeza que desprende la interpretación de un excelente Ansel Elgort (Bajo la misma estrella) y su relación con Kaitlyn Dever, un romance adolescente puro, simple y conmovedor... precisamente porque su historia parece habitar otra película. Lo dicho, me quedo con A dos metros bajo tierra.

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