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Juan Manuel González

Crítica: 'Into the woods', con Meryl Streep

Adaptada del musical de Sondheim, 'Into the woods' es un mix de media docena de fábulas tan lustroso como confuso.

Juan Manuel González
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Adaptada del musical de Sondheim, 'Into the woods' es un mix de media docena de fábulas tan lustroso como confuso.
Anna Kendrick y Emily Blunt

Legendaria en los escenarios, mediocre como largometraje. Rob Marshall, responsable de musicales de prestigio como la galardonada Chicago, naufraga con un experimento a medio camino entre la película Disney y la descarnada mala leche de Sweeney Todd, otra de las obras más celebradas de Stephen Sondheim (y cuya versión cinematográfica a cargo de Tim Burton, por cierto, sí triunfaba en lo esencial). Es más, la traslación al cine de Into the Woods suscita viejas dudas sobre las adaptaciones teatrales que seguro que no estaban en la agenda de Marshall: ¿resulta verdaderamente útil adaptar una obra teatral en formato cine de lujo? O aún mejor ¿tiene sentido el cine de lujo sacado del teatro?

Probablemente, si Into the woods funcionase como un todo engrasado ninguna de estas preguntas tendría cabida. No serían necesarias. Pero es obvio que el mix de cuentos tradicionales patina en forma y, sobre todo, en su tono. Jack y las habichuelas mágicas, Caperucita Roja, Cenicienta y Rapunzel, entre otros, se cruzan entre ellos en un único escenario, un bosque concebido por Sondheim como un espacio para mezclar ficciones que son canciones y, sobre todo, establecer un diálogo con el milenario arte del cuento de hadas que pone a Marshall en la mayor de las dificultades. Mientras el autor original nos propone un mundo en el que las brujas pueden tener razón y los gigantes ser buenos, la película que ha salido de su musical de Broadway no acaba de decidirse por abrazar su moralidad o quedarse con la del estudio que, al fin y al cabo, patrocina la película y ha heredado (con toda justicia) el arte de ese relato moral que es el cuento de hadas.

No me entiendan mal: estamos ante una película de superficie brillante y estimulante en el fondo, con un reparto y diseño de producción abrumadores y que, en casi ningún momento -agoreros- se convierte en el desastre de proporciones bíblicas que podría haber sido. Talento y dinero hay a raudales, y si por algo destaca Into the woods es por la portentosa labor de sus actores, empezando por una Emily Blunt que -al tiempo- podría acabar siendo el relevo de Meryl Streep, y la propia Meryl Streep, quien de nuevo se toma menos en serio a sí misma que los propios espectadores (y el resultado de ello es maravilloso). El reparto de secundarios se reserva todavía las mejores sorpresas del invento, como ese divertidísimo Chris Pine cuyo personaje sí que hubiera necesitado más metraje.

Pero Marshall fracasa al tender un cuento entre la crueldad inherente de un cuento de hadas tradicional (lo eran) y la traducción a los mass-media de estas fábulas, tarea que el estudio ha acometido a lo largo del último siglo y casi siempre con éxito, pese a la evidente dulcificación aplicada por el gurú Walt Disney. Mientras la diabólica voz de Sondheim permanece en esa inversión del típico "érase una vez" visible sobre todo en el tercio final (qué formidable película podría generar por separado), la película es un desvío eterno que se diluye entre las diez historias y proposiciones que parecen habitarla, todas a la vez y peleando por salir a la superficie en perfecto desorden. Cada vez que comenzamos a enamorarnos de lo que nos está contando, de su crítica a ese dispositivo por otro lado tan cinematográfico como es el puro deseo, Marshall -realizador que no se siente a gusto con la anarquía, precisamente- cambia de tercio y nos enseña una película distinta.

El material de Sondheim requería de un atrevimiento suicida, pero la puesta en escena brillante pero convencional de Marshall sólo sirve el mínimo pegamento formal para sostener la aberración. Existen instantes absolutamente memorables, como esa canción interpretada por Anna Kendrick que transcurre en un latido y que expresa las dudas del personaje; o la que envuelve a Emily Blunt y James Corden al final de la cinta, y donde por vez primera Into the woods resulta verdaderamente emotiva. Pero al igual que en toda su filmografía, el director no hace vibrar ni reír al personal y fracasa al equilibrar la difícil propuesta. Into the woods es una película indecisa que no se decide entre el amor (trágico) y el humor (negro), un cuento revisionista sin magia o dinamismo. Y todos sabemos que sin sentimiento o emoción, nada -ni siquiera el talento de Sondheim como letrista- puede salvarse de la quema.

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