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Crítica: 'Blackhat. Amenaza en la red', con Chris Hemsworth

La última película de Michael Mann sólo te la puedes tomar de dos formas: como un pestiño o una pasada. Adivinen cuál es la mía.

Juan Manuel González
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Blackhat ha sido el primer gran tortazo en la taquilla estadounidense de 2015. Algunos aprovecharán la ocasión para certificar la muerte y defunción de Michael Mann (Heat, Collateral, Enemigos Públicos), realizador adscrito al thriller en todas sus variantes y que ha dado pie a una carrera no especialmente abundante, un tanto irregular pero siempre personal e interesante. Mann es un autor capaz de dictar modas pero a la vez totalmente al margen de ellas, y por su propia adscripción a eso que llamaríamos cine comercial, un cineasta fácil de encumbrar y también de lapidar. También y por todo ello, uno bastante interesante, al menos para quien esto escribe.

Digo esto porque Blackhat es una película 110% Mann. Y sus carencias no hacen sino subrayar esa naturaleza. En ella se aprecian todas las características de forma y fondo del que es su principal, total y único responsable: sus imágenes urbanas emocionales; su personal visión de la masculinidad; sus héroes circunspectos y al margen de la ley. Y en esta ocasión, también un soberbio retrato de esa realidad que es ciberterrorismo, que tal y como nos viene a decir la cinta, ya no es un recurso de ciencia ficción sino una amenaza tangible. El problema es que en Blackhat también se magnifica el progresivo desinterés de Mann en el guión, que sobre el papel y a nivel de puro enunciado no dista demasiado de algunos de presentados por Luc Besson para thrillers más macarras y desprejuiciados como Lucy y Venganza 3.

Eso, y la seriedad con la que Mann aborda todos y cada uno de los extremos de su película llevará a muchos a condenar al infierno a la pobre Blackhat, una cinta fascinante incluso en sus aspectos más discutibles, que -admitámoslo- los tiene y en abundancia.

Mann comienza la película de manera magistral: una luz se enciende en las tripas de un ordenador cualquiera. Lo que sucede a continuación no es más que la inquietante descripción de un atentado terrorista visualizado desde sus márgenes, la voladura de un reactor nuclear explicada a través del marciano flujo de información de un virus informático recién inoculado. Una cuenta atrás que Mann reduce a una abstracta e impresionista sucesión de luces y formas geométricas... antes de que los muertos, esta vez "reales", se acumulen en la pantalla, dando la adecuada dimensión al catalizador de la historia.

Esta depuración visual es el prólogo de un thriller de acción coherente con ese comienzo: de un tempo lento, que se enrosca en la descripción de la cadena de mando que pone en marcha la dichosa operación para más tarde bucear y jugar con las normas escritas de un filme de 007 tradicional, experimentando con su materia prima, alterando su diseño, modificando -como un hacker, ha ha ha- el código esencial de la gran película de acción americana. Mann sigue el manual en lo esencial, conservando los escenarios exóticos y escenas de acción trepidantes, pero gracias a su magistral lección de estilo difumina la narrativa con atmósferas urbanas personalísimas, creando un mundo nuevo de sonidos chill-out y silencios extraños, poblado por seres humanos que en sus manos más bien son grotescos pegotes de color (como en el desenlace, que tiene lugar en una plaza atestada de personas) y una bella, nocturna y aparentemente descuidada fotografía digital que nos mete de lleno en las texturas de la imagen del siglo XXI.

Es cierto que el sueño parece apoderarse en ocasiones de su narrativa, a lo que no ayuda una dirección de actores ciertamente letárgica. Mann pasa de todo más que nunca, no duda en frenar la caza al terrorista con interludios románticos donde el héroe y su interés amoroso se van de restaurantes a hablar diez minutos de filosofía e intuición. Pero he aquí la visión de su autor, capaz de extraer aires nuevos de la historia de siempre, de crear héroes circunspectos pero decididos (a la vez duros y delicados) que expresan una angustia adulta antes de emprenderla a sillazos contra el sicario de turno, como está mandado en toda película del género. Y yendo algo más allá en el desencanto, creando un mundo donde la burocracia y la política han tomado ya el control del juego clásico entre héroe y villano, luego no hay otra manera que seguir jugándolo que al margen de la ley.

A Blackhat sólo se la puede uno tomar de dos maneras: como un pestiño o como la enésima demostración de que en el cine, y en el de género también, no hay nada ordinario si tienes la lente adecuada. Un paso más, en fin, en esa paciente renovación del thriller emprendida por Mann al margen y en paralelo a la de otros artistas del blockbuster como Christopher Nolan o Michael Bay, y en la que la action-movie convencional sigue siendo espectáculo, pero en su caso más bien un espectáculo sensorial e íntimo. Uno que demuestra que es posible tocar teclas nuevas en el género por mucho que la materia prima, el guión, sea más bien un trabajo de quinto de universidad. ¿Porque para qué necesitas uno de esos si tienes una cámara?

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