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Juan Manuel González

Crítica: 'Kingsman. Servicio Secreto', de Matthew Vaughn

Los fans de 007 y hasta cierto cine social británico están de enhorabuena. Kingsman es una maravilla, una locura que combina lo mejor de ambos.

Juan Manuel González
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Los fans de 007 y hasta cierto cine social británico están de enhorabuena. Kingsman es una maravilla, una locura que combina lo mejor de ambos.
Colin Firth en Kingsman

Quizá un poco tarde, pero se hacen necesarios unos apuntes sobre Kingsman: Servicio Secreto, un excelente filme de acción protagonizado por Colin Firth, Samuel L. Jackson y Michael Caine estrenado el pasado viernes y que supone la segunda colaboración del director británico Matthew Vaughn con el guionista de cómic Mark Millar (Kick Ass). Reconozco desde el principio que movidos desde el puro y simple entusiasmo de un servidor, como podrán deducir de las cuatro hermosas estrellas de arriba. Y es que, en efecto, estamos de nuevo ante una adaptación de cómic, pero no una de las habituales en el género, en tanto no se trata de un relato de superhéroes tradicional (por mucho que las hazañas de los protagonistas casi pertenezcan a una esfera sobrehumana) sino más bien un thriller de una personalidad y ambiciones ambivalentes: parodiar los estereotipos del cine de espionaje británico, con James Bond a la cabeza, a la vez que inscribirse con solidez en esa propia tradición, con dosis adicionales de fantasía y hasta de comentario político. Una vez visto el largometraje del director de Layer Cake y X-Men: Primera Generación, ninguna de esas intenciones resulta contradictoria o incoherente... y de hecho colaboran todas juntas para configurar la película más divertida y mejor ejecutada vista en muchos meses.

Kingsman sigue los pasos de un delincuente adolescente cuya vida da un giro radical cuando el misterioso caballero Galahad (Colin Firth, absolutamente excelente en su registro bad-ass) le recluta para una elitista organización de agentes secretos británicos. El joven Eggsy (Taron Egerton) pasa a proteger los intereses de su país antes de verse implicado en una misión que puede acabar con la población humana en su práctica totalidad.

Kingsman es una película de acción contemporánea realizada con el clasicismo siempre en mente, un relato de espías juvenil en clave de cómic gamberro y un punto underground que resulta revolucionaria en espíritu, aunque clásica en sus raíces e influencias. Pero por encima de todo, una película capaz de trasladar esa dicotomía formal a su lectura política, la más saludablemente cuerda en años. "La educación hace al hombre", repite sin cesar el caballero Harry Hart (Firth) a su discípulo Eggsy (Egerton) antes de derribar con furia y saña a sus enemigos, ya sea en una tasca londinense como en el campo de batalla. La película de Vaughn no se conforma con los guiños a 007 o al cine de superhéroes y se adentra sin complejos en una lectura política tan conservadora como a la vez inconformista: hay que romper unos cuantos huevos para precisamente hacer una buena tortilla, preservar las tradiciones, conservar las referencias en tiempos de cambio constante e incertidumbre.

Y el faro del formidable guión de Vaughn y su colaboradora Jane Goldman para precisamente eso, guardar las formas, es la relación emocional que se establece entre un maestro espía guiado por un sentimiento de aflicción moral y su joven discípulo, un adolescente de clase baja huérfano de Patria y Padre que simboliza no sólo el inevitable relevo generacional, sino también la necesidad de una verdadera transformación. Pero no esperen en Kingsman aserciones populistas como las que están en boga ahora, quizá un poco de misantropía y paletadas de rebeldía vestida con traje: no estamos ante el paso del testigo de una estirpe de caballeros veteranos a los delincuentes del barrio, sino ante una cinta ferozmente patriótica y a la vez profundamente subversiva en lo social. Según Vaughn, las estructuras establecidas son capaces de asimilar el cambio sin necesidad de vendedores de humo, y como prueba de ello, ahí está la contraposición de ambos personajes con la del hilarante villano interpretado por un ceceante Samuel L. Jackson, una actualización del arquetipo de villano clásico de la saga Bond transmutado ahora en un empresario populista que acapara los mass-media, regala tecnología al populacho y se ampara en el cambio climático para sus planes apocalípticos. La película contrapone y juega continuamente con cierto concepto de élite, en su acepción más británica, con ese otro de masa humana sin criterio o espíritu propio más que el simplemente materialista... y decide que ambos merecen un soplamocos y luego una caricia, o al revés.

Naturalmente, todo esto sería puro caos de no funcionar en su ejecución, tan elegante como adrenalítica. Como decimos, en Kingsman las estructuras clásicas y lugares comunes de la saga Bond funcionan a la perfección, no resultan violentadas en tanto la relectura de Vaughn proviene de la admiración y no de la prepotencia de quien cree que tiene algo que añadir. Estamos ante un dinámico, imprevisible y salvaje entretenimiento repleto de violencia grotesca, ideas visuales exuberantes y también algo de sentimiento humano, aportado por un reparto de actores británicos simplemente excelente cuya empatía evita que la cinta caiga en lo enfermizo. La heroica secuencia de la Iglesia con Colin Firth, que mejor no revelaremos, debería pasar ya a los anales del cine de acción no sólo por su excelente planificación sino por su carga satírica y el comentario que plantea (y que no es el meramente superficial). Y qué decir del desenlace, que saca un partido extraordinario a los desenlaces climáticos de la saga 007 al tiempo que plantea un divertido comentario sobre la ira social provocada por la crisis financiera en combinación con la democratización del teléfono móvil. El número de secuencias de acción y diálogo reseñables resultan casi innumerables, y propulsan definitivamente a Matthew Vaughn al olimpo de buenos directores de la industria británica y también norteamericana. Esta película es una maravilla.

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