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Crítica: 'El maestro del agua', con Russell Crowe

'El maestro del agua', el debut de Russell Crowe en la dirección, no es ninguna maravilla, pero sabe dar al público lo que pide.

Juan Manuel González
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Robert Redford, Kevin Costner, Mel Gibson, George Clooney.... No, no me he vuelto loco. Ninguno de ellos tiene algo que ver con El maestro del agua (estreno: 24 de abril). Pero sí son personalidades que tienen un par de cosas o tres en común. Por un lado, estamos en todos los casos ante estrellas de cine relevantes, de las pocas que transmiten -o han transmitido, pese a los avatares del destino- una determinada solemnidad, dignidad y fuerza cada vez menos habitual en Hollywood. Y por otro, algo aún más evidente: que en un momento u otro de sus carreras se han lanzado a la silla de director con su propio y personal proyecto bajo el brazo... y en casi todos los casos -aunque no siempre- con resultados positivos.

Una lista a la que ahora habría que sumar al australiano Russell Crowe, cuyo debut en la realización, El maestro del agua, pese a lo que pudiera parecer en un principio por su apropiación de ciertos motivos del cine bélico o el western, tiene mucho más de sencillo melodrama familiar de lo que aparenta. O si quieren, utilizando la escala Mel Gibson -mi favorito de todos los citados al principio- estamos más bien ante El hombre sin rostro en vez de Braveheart. Y eso, viendo los resultados del filme, es un halago.

Han pasado cuatro años desde la sangrienta batalla de Galípoli y los tres hijos de Connor (Russell Crowe), un humilde granjero australiano, no han regresado a casa. Tras una serie de acontecimientos trágicos, el hombre decide viajar él mismo hasta Turquía para averiguar el paradero de los cuerpos, aunque sea paseando él mismo por el campo de batalla. Por el camino, por supuesto, se encontrará con el desacuerdo de las instituciones y se ganará algunas enemistades, pero también inesperados aliados de todos los bandos implicados en la contienda...

Concebida más como demostración de fuerza del cine australiano que de Russell Crowe como artista completo, El Maestro del Agua carece de una apertura especialmente brillante, con una secuencia bélica que deja ver algunas limitaciones de la producción, aunque sobre todo las de Crowe como responsable de toda la puesta en escena. Tampoco le ayudan decisiones desacertadas de estilo o narrativa (la mayoría en forma de flashback, de origen un tanto confuso), alguna subtrama obvia y, en definitiva, ciertas brusquedades en el fluir de la historia o lo puramente visual, que hacen imposible la equiparación con David Lean y otros artistas del drama épico.

Pero el sentimiento inyectado en la película por el australiano, consciente de moverse casi siempre entre clichés, y su decidida interpretación en un registro más comedido y sentimental de lo habitual (el de Gladiator interpreta aquí a un héroe cotidiano, retratado con tanta melancolía como esperanza) convierten El maestro del agua en una película agradable, elegante y, pese a la tragedia de su argumento y sus imperfecciones dramáticas, esencialmente entrañable y simpática.

La batalla de Galípoli es en realidad un elemento motivador más que otra cosa, y de hecho El maestro del agua se crece en los registros melancólicos e intimistas, cuando se centra en esa búsqueda personal entendida como reconstrucción emocional y familiar más que en el convencional romance que se dibuja entre ambos protagonistas (pese a la presencia de Olga Kurylenko, mejor actriz a cada película que pasa).

Crowe sortea las trampas de la localización exótica, sazona el relato con ciertas notas de aventura y dibuja una Turquía un poco blandita, pero con significado "real", mucho más viva y bullente que el páramo australiano del que parte el protagonista. Y con ello sella las verdaderas intenciones de su relato, las de construir un drama que agrade a cuanto más público, mejor. El maestro del agua no es ninguna maravilla, pero es quizá el único "crowd-pleaser" o película entregada a los buenos sentimientos que hemos visto en un puñado de meses. Y eso no tiene nada de malo.

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