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Crítica: 'Mad Max. Furia en la Carretera', con Tom Hardy y Charlize Theron

Crítica: 'Mad Max. Furia en la Carretera', con Tom Hardy y Charlize Theron

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Voy a serles sincero, con la película pero también en lo referido a esta tarea mía de tratar de describirles Mad Max. Furia en la Carretera. Y les aviso que puede que esta vez el texto me quede menos convencional de lo acostumbrado. No quiero engordar expectativas, de verdad que no quiero, pero tampoco deseo alejarme de las sensaciones que genera la nueva reinvención/secuela de uno de esos títulos que llaman a la nostalgia.

Para empezar, destierren esa palabra ahora y para siempre: George Miller no ha hecho una película fundamentada en ella. Fury Road es una obra de ahora hecha para el público de ahora, no hay mucho más que decir sobre esto.

Y en referencia al enorme "hype" generado por los tráilers: la aquí presente cumple lo estipulado, es un cañonazo visual y emocional que desafía la capacidad de asombro del espectador y que, realmente, apenas necesita de guión para llenarse a sí misma de contenido, de imágenes. Objetivo de película de verano cumplido, George Miller, 70 años de director como la copa de un pino, nosotros te aclamamos.

En segundo lugar, un asunto más peliagudo que me gustaría despachar lo antes posible, esa cuestión de género que algunos colectivos le han echado en cara a la película (para, de paso, ayudar a su campaña publicitaria mejor que ningún formidable tráiler) y que tacha de feminista el pepinazo de cine puro y duro perpetrado por Miller. Sí, Furiosa (Charlize Theron) sale tanto y habla mucho más que el personaje de Max Rockatansky, encarnado por un excelente y lacónico Tom Hardy (por cierto, un tipo a quien no le hace ni puñetera falta vocalizar más allá de sus gruñidos o robarle los gestos al carismático e infravalorado Mel Gibson). Y ese supuesto componente feminista, o más bien simplemente humano, me resulta por primera vez y en un primer visionado (ya saben que me emociono con facilidad) profundamente conmovedor, a mí que paso olímpicamente de reivindicaciones más allá de la mera aplicación del sentido común. En su desenlace (que no voy a contar, tranquilos, pero a la vez necesito hablarlo) unos pocos hombres ayudados de un pequeño ejército de mujeres, algunas de ellas posibles modelos de Victoria's Secret (aceptamos barco) deciden, así literalmente como se lo cuento, robar el mundo después de haber llegado a un intercambio mutuo que George Miller ejemplifica en una transfusión sanguínea. Habrá a quien no le guste, a mí me tiene ganado. Efectivamente, la nueva iteración de Mad Max da un poco por sentado que el mundo se ha ido al guano y, a cambio, tiene a modo de novedad un fuerte componente femenino, o feminista, pero no pasa nada por ello.

Y es que hay otras cosas que el director australiano, que lleva más de una década intentando sacar adelante este blockbuster suicida de calificación por edades R (cuya existencia en el panorama actual bordea el puro milagro), que molan mucho. Por primera vez descubrimos a Max Rockatansky a través de su propia voz en off, describiendo de una manera evidente su voluntaria tortura y despachando su presentación en dos minutos escasos de película. La última vez que lo vimos fue hace 30 años y ahora tiene otra cara, pero sigue siendo el mismo tipo: esto lo comprenderán muy bien los fans de la saga original, tres películas con el mismo personaje y parecido trasfondo, pero a la vez unidades autónomas en escala y argumento. Y hablando de escala: olvídense de la casi Z de la primera y la serie B enorme que recorría la espina dorsal de la segunda, esto es Más allá de la Cúpula del Trueno para la generación Michael Bay, es decir, un mamotreto cuyo nivel de destrozos empieza allí donde las demás acabaron.

Miller adopta en ella otra modulación distinta, la de la road-movie, que inexplicablemente se le quedó en el tintero hace tres décadas. Furia en la Carretera es Rock and Roll, una persecución que está en perpetuo movimiento y en la que descubrimos los planes sobre la marcha. Leche materna, criadoras, una casta militar de vikingos chiflados y un despliegue de vehículos grotescos que convierte Fast & Furious 7 en una balada crepuscular, a 300 de Zack Snyder en un remake de En el estanque dorado. Para los fans de la sobreinterpretación en clave contemporánea post 11-S, ahí tenemos a los suicidas que componen la tribu de Inmortan Joe (interpretado, por cierto, por Hugh Keays-Byrne, que también fue el villano de la primera película), por aquello de actualizar el miedo nuclear que adornó las primeras entregas. La palabra Fukoshima (con "O") también aparece en algún momento del largometraje.

Y luego está lo que este señor hace con la cámara. Todas las imágenes significan, la música de Junkie XL percute los oídos y hace cosas bastante increíbles, pero Miller no lo deja todo a las explosiones, también es capaz de descolgarse con estampas poéticas como la de los tipos con zancos, los chorros de agua y -oh, spoiler- ese líquido que contiene el camión de marras y que, como en Mad Max 2, no es exactamente gasolina. Porque a lo mejor, la gasolina no es lo importante en las películas de la serie. Todo ello y sus innumerables escenas de acción convierten esta película de imaginación, polvo, estrógenos y testosterona 50/50 en un show repleto de brutalidades pero rematado con una moral y una ética intachable.

Lo dicho, que pueden quedarse con la película que quieran, la feminista o la que simplemente es cine de acción: esta vez van las dos cogidas de la mano y me las tendrán que arrebatar de mis fríos dedos inertes.

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