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Por qué la saga 'Mad Max' es importante

Han pasado 38 años desde que comenzó la saga Mad Max protagonizada por Mel Gibson. ¿La recuerdan?

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Han pasado 38 años desde que comenzó la saga Mad Max protagonizada por Mel Gibson. ¿La recuerdan?
Mel Gibson en Mad Max 2

Diez años ha tardado el australiano George Miller en arrancar su nueva película de Mad Max, la saga de ciencia ficción postapocalíptica que lanzó al estrellato a Mel Gibson y ayudó a cohesionar la denominada "nueva ola" del cine australiano. Con el británico Tom Hardy tomando el relevo de Gibson y Charlize Theron en un papel estelar que actualiza el paisaje humano de la saga, Mad Max: Furia en la Carretera tiene más presupuesto que todas las películas anteriores juntas, y está llamada a continuar la saga con una nueva trilogía cuya extravagancia y frenesí lleva el género a territorios bien distintos de los transitados por Hollywood.

Por eso, con motivo del estreno de la cuarta entrega, repasamos la historia de Mad Max, una de las sagas míticas del cine de acción moderno, una en la que Miller, realizador con apenas siete largometrajes en su currículum, se presenta a sí mismo como uno de esos autores capaces de aunar cine popular, artesanía y personalidad. Algo cada vez más difícil de encontrar dentro de la oferta hollywodiense contemporánea.

'Mad Max' (1979)

A finales de los setenta, George Miller era un médico del servicio de urgencias del hospital de Victoria (Australia) que escondía una ambición secreta. Demasiado acostumbrado a ver víctimas de accidentes de tráfico, Miller buscaba la manera de dedicarse a su verdadera pasión, el cine, y como si fuera cosa del destino (o de la leyenda) sus deseos iban a ser concedidos. Financiada con apenas 350.000 dólares y de manera totalmente independiente junto a su socio y colega Byron Kennedy, Mad Max, su película de debut, acabaría convirtiéndose en un icono cinematográfico de su década, además de la película más rentable de la historia hasta 1999, año de estreno de El proyecto de la Bruja de Blair.

Mad Max es un filme tremendamente tosco e imperfecto, pero también inusualmente poderoso en su clase. Y además, uno que se aleja del estereotipo en el que devendría la saga. Concebido más como una obra de serie B que como una ciencia ficción apocalíptica, estamos ante un thriller policial sombrío en el que su protagonista, el oficial de Policía Max Rockatansky (joven no, jovencísimo Mel Gibson) acaba convirtiéndose en aquello mismo que persigue después de que su familia sea brutalmente agredida.

Siempre que sepamos a qué nos atenemos, Mad Max sigue siendo una película de lo más eficaz y, en cierto modo, arriesgada, y no sólo por su tratamiento de la violencia y la descomposición moral del protagonista, resulta en cuatro esquemáticos pero inquietantes hachazos. Para empezar, lo es por su pura ejecución visual. Puede que Miller dispusiera de un presupuesto irrisorio que limitase su visión del escenario, aquí muy lejos del inabarcable erial desértico de los posteriores filmes (los signos de una civilización en crisis pero aún operativa permanecen en esta primera película). Pero su cámara vibra en cada persecución y es capaz de encuadrar paisajes, personas y objetos con un vigor chocante. La puesta en escena de Mad Max, película hecha con cuatro duros, no la hace un cualquiera.

También estamos ante una película aquejada, desgraciadamente, de ciertas indecisiones creativas dignas de un cineasta que comienza a definirse a sí mismo. La atmósfera es realista y dura y Miller muestra cariño por lo que cuenta, pero la película parece demorarse demasiado en ciertas cuestiones a la vez que depende de casualidades argumentales un tanto torpes. El todo no resulta fluido y todo se resuelve demasiado deprisa.

Nada de esto, sin embargo, resta importancia a la película. Mad Max supo explotar (reflejar) el miedo a la crisis en una población aquejada de todo tipo de recortes, y hacerlo con el punto justo de sensacionalismo y pesimismo. Y con ese basamento real, Miller entrega una cinta de serie B que delata la génesis de un cineasta visual, un novato capaz de dejar su impronta en todos los planos y de inventar detalles de un salvajismo que todavía hoy resulta... eso, salvaje: esos ojos saliéndose de las órbitas antes del choque todavía resuenan en la memoria del aficionado, y de hecho, Miller los retoma en un instante de la nueva película, Furia en la carretera. Su gusto por los villanos grotescos, la violencia extrema y los toques de humor negro ya se entreven entre el calor del asfalto, pese a la escasez de medios y de guión.

No obstante, si por algo destacó el filme es por lanzar a la fama a su protagonista, Mel Gibson, un tipo perfectamente capaz de reflejar los claroscuros del estereotipo heroico y, por eso mismo, destinado a ser una de las mayores estrellas de las dos décadas posteriores. No sabemos si Miller planeaba continuar la película en una saga, pero cuando la cinta acaba dejamos al personaje de Gibson en su punto más bajo... es decir, en una posición inmejorable de cara a las futuras secuelas.

Mad Max 2. El Guerrero de la Carretera (1981)

Vista hoy, Mad Max 2 sigue siendo un patadón en la cabeza, y eso es algo bueno. En 90 escuetos minutos de simplísima y pura narración cinematográfica, Miller trajo de vuelta al (anti)héroe de la carretera en una película igual de compacta pero mejor centrada, que consiguió llevar a nuevos territorios la propuesta inicial, ya nunca más un thriller policial sino un western de ciencia ficción verdaderamente postapocalíptico.

Estamos, para muchos, ante la mejor película de la saga, la que tiene mejores villanos (Lord Humungus y Wez, encarnado por un hilarante Vernon Wells) y también una que acarreó muchos cambios en la misma. En definitiva, el Mad Max salvaje y loco que todos recordamos.

Para empezar, estamos en un desierto eterno sin rastro alguno de civilización, nada queda de las ciudades relativamente pacíficas que se veían en el anterior Mad Max. Miller no duda en replantear algunos de sus postulados argumentales dando un salto del escenario "pre" guerra nuclear al "post". Claro que todo ello lo hace respetando la evolución del personaje central, recuperándolo justo allí donde lo dejamos, convirtiéndolo en un caballero-andante-poco-caballeroso de cualidades casi míticas en su punto de máxima soledad y egoísmo (un detalle: Max sólo accede a integrarse en la comunidad cuando su propia vida corre peligro, y nunca se integra verdaderamente en ella) y sin preocuparse en dar más explicaciones que las estrictamente necesarias.

Segunda gran diferencia con la anterior: Mad Max 2 adopta esta vez forma y tonalidad de recuerdo, al figurar un narrador en off que acaba siendo uno de los supervivientes que el protagonista ayuda a salvar, si bien muy a su pesar. Un recurso que no existía en la anterior y que nos presenta este episodio como si de un cuento (salvaje) de hadas se tratase, construyendo el personaje desde el punto de vista de una leyenda recordada por generaciones, y ayudando a adscribir la película a un territorio más grande, más western, pero también diferente.

Tercer punto. Mad Max 2 es tanto una continuación como una reformulación, una película que a la vez es secuela y remake, que se puede ver tanto aislada como en conjunto. También la probablemente más equilibrada de todas, una en la que la escueta trama se retroalimenta con las fascinantes imágenes diseñadas por Miller, de cualidades ahora casi mitológicas, un cuento tribal con imágenes de violencia grotesca que al final se absorben como un sueño cinético. Si el cine es imagen y no diálogo, la secuela de Mad Max -que continúa casi tanto como replantea la película original- es desde luego la expresión más pura del mismo, del cine con mayúsculas, un verdadero tiro de película que pese a su valor como parábola sobre la descomposición social y la confrontación de individualismo con el concepto de sociedad (el verdadero tema del filme) no se mete en camisas de once varas, y en la que cada plano resulta expresivo, artístico y valioso.

Cuatro, y ya. Su absolutamente maníaco tercio final, una persecución pródiga en bajas humanas y mecánicas, no requiere de palabras, y engorda la acción -vamos a suponer que por primera vez- hasta convertir la set-piece de destrozos, ahora recurso básico de todo blockbuster, en una herramienta narrativa insuperable que se convirtió en el gran icono de la serie. Esta vez había mucho más dinero de por medio (fue la película australiana más cara de la historia) y un gran estudio respaldando la distribución, y eso se nota. En pocas palabras: un final que resultaría perfecto incluso en un filme de 2015, porque en 1981 Miller ya sabía que qué iban los tiros, o al menos que la máxima de todo cuento de caballeros y espadas era ganárse al público con el final.


Mad Max. Más allá de la Cúpula del Trueno (1985)

La cúpula del trueno lleva a Max a embarcarse en una peripecia más encuadrable en la pura aventura que en el thriller de acción. También supuso la entrada definitiva de la saga en el cine de los grandes estudios, con más presupuesto pero también algunas otras limitaciones, un peaje apreciable sobre todo en una violencia más moderada y un renovado optimismo muy acorde con su época.

Algo que, pese a las críticas que pudiera suscitar, también es coherente con lo visto hasta ahora: como hemos enunciado, Mad Max y Mad Max 2 mantenían sus diferencias entre ellas, eran experiencias distintas.

Ante lo que no estamos esta vez es, eso se lo garantizo, con un filme de serie B resultón. Todo resulta polvorientamente lujoso en una producción que goza de un aspecto más niquelado según los estándares de Hollywood, que abunda en los lens-flare, contrapicados y travellings que dirigen a la perfección la mirada del espectador a través del plano (y que a este servidor le recordaron al trabajo que John McTiernan estaba a punto de realizar en Jungla de Cristal). Estamos ya a mediados de los ochenta, con Mel Gibson ya consagrado como estrella y también con más gente queriendo subirse al barco. Y por eso, Más allá de la Cúpula del Trueno es más un filme de aventuras tradicional destinado al gran público que una cinta de acción adulta ambientada en un futuro arrasado. Pero quien piense que esto desproveyó de alma y contenido la película, miente. Porque al margen de los resultados, de ese nosequé nostálgico que empieza con la presencia de Tina Turner y acaba con su más formularia que furibunda persecución final, lo cierto es que la película hizo su jugada con la cabeza bien alta, o al menos lo intentó.

Me refiero a que, pese a la estructura de los estudios que la ampara, Más allá de la Cúpula del Trueno hace también un comentario muy concreto y puntual -el que más en toda la serie original- a las estructuras económicas y sociales de la época. El mayor presupuesto inyectado permitió a Miller expandir su visión del nuevo mundo con la NegoCiudad, una rudimentaria pero gran población donde el comercio ha dotado de cierto nivel de vida a sus ocupantes... hasta que descendemos a las catacumbas donde se apoya todo el invento. Miller no parece muy contento con lo que allí nos enseña, algo visible en ese despliegue de diseño de producción más grotesco que macarra, con reminiscencias de la paranoia del Monty Phyton Terry Gilliam, que ilustra los niveles inferiores de la ciudad. Y que el metano de la mierda de los cerdos impulse la nueva civilización, en vez de la gasolina, no parece un dato casual en absoluto ni un cambio a mejor.



¿Qué tal ha tratado el tiempo a Mad Max. Más allá de la Cúpula del Trueno, entrega final de la saga original de George Miller? Francamente, la película no está nada mal para un tipo criado en esa época como el que les escribe esto. También es cierto que ese trabajo de alisado motivado por el aporte de dinero de la Warner, ese novedoso sentimentalismo, puede enojar a los fans de las salvajes entregas anteriores. Pero visto según el punto de vista de la peripecia del personaje, tampoco resulta una cinta descabellada: esta vez, para Miller tocaba traer de vuelta al antihéroe nómada, alejarle un poco de la locura y el odio, para que el gran público (incluyendo los niños, como esos mismos que Max se encarga de salvar esta vez) puedan disfrutar de una gran película de acción que completa el desarrollo de un personaje que, esto es lo discutible, tampoco necesitaba de eso, desarrollo.

Eso sí, Miller aprovecha la ocasión para dar un paso más allá en ese aspecto mítico de la anterior entrega. Ya desde la aparición de la Cúpula del Trueno, una arena destinada a que, como dicen en la película, "dos hombres entren, uno salga", el australiano recrea un circo de bestias presuntamente civilizado pero esencialmente primitivo, destinado a exorcizar el ansia de sangre de un público que ya no resuelve sus problemas a hachazos pero que no pone demasiado inconveniente en regodearse en la sangre de otros. El contraste llega durante la segunda mitad de la aventura, cuando Max recala en el escondite de los niños perdidos. Allí, los jóvenes transmiten historias de esperanza (encuadradas, para colmo, en un rectángulo que parece 2.35:1) que sirven a Miller para reflexionar de manera optimista sobre el valor de, precisamente, construír y transmitir historias míticas, contar cuentos aptos para el aprendizaje. Una idea perfectamente lógica si la comparamos con ese narrador en off que vimos en la segunda película, y que presentaba por primera vez esa dimensión mítica del personaje.

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