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Juan Manuel González

Crítica: 'Tomorrowland. El mundo del mañana', con George Clooney

Arriesgada y, a la vez, fallida. Tomorrowland es una de esas películas tan brillantes como frustrantes.

Juan Manuel González
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Hay ocasiones en las que uno casi es capaz de identificar el preciso instante en el que una película no va a cumplir con las expectativas. No les voy a decir cuándo me pasó con Tomorrowland. El mundo del mañana (o quizá sí, más adelante*), pero la enorme y ambiciosa película de Brad Bird es una pieza de ese grupo. Estamos ante una verdadera rara avis cinematográfica, una gran película de verano que tiene tanta técnica como sustancia y corre tantos riesgos que resulta imposible de menospreciar. También es, lamentablemente, un filme que empieza muy bien... y que sin llegar a defraudar, sí que acaba peor de lo que prometía.

No nos asustemos todavía. Bird ha facturado un filme de aventuras y ciencia ficción interesante y, sobre todo, osado. Ojo a esto. En un mundo de franquicias cinematográficas que buscan a toda costa ser identificables, Tomorrowland juega a propósito a despistar al espectador, a no revelar todas sus cartas de inmediato.

Y en este sentido, la primera hora del largometraje es una verdadera maravilla... tanto que condena a la segunda parte a ir en el vagón de cola. Bird y su guionista Damon Lindelof, showrunner de la serie Perdidos (de la cual la presente hereda no pocos de sus recursos, y estoy seguro, también sus críticas enconadas) sorprenden jugando de nuevo a la contra, con un prólogo que desmitifica abiertamente los relatos post-apocalípticos cultivados por los grandes estudios mientras, a la vez, juegan con dos voces distintas, dos narradores que crean una fractura en el punto de vista desde el comienzo. Tomorrowland va a ser tanto la historia de Frank (George Clooney) como la de Casey (Britt Robertson), y gracias sobre todo al trabajo de la joven actriz, eso se agradece mucho.

Es en esa maravillosa primera hora cuando descubrimos Tomorrowland, un mundo que parece salido de un parque de atracciones (lo es: se trata de un área completa de Disneylandia) a través de los ojos de Frank y de Casey. Es entonces cuando la puesta en escena de Bird y el guión coescrito con Lindelof dan de sí todo lo posible, cuando el "sense of wonder" campa a sus anchas gracias al extraordinario trabajo visual de Bird, un realizador salido del mundo de la animación que demuestra continuamente saber ampliar la experiencia visual de un largometraje de imagen real. Hay en ella dos planos secuencia adornados por la partitura del casi siempre excelente Michael Giacchino que valen por sí mismos el precio de la entrada.

Lo que viene después es una película que, también, parece cortada en dos a machete. Tras anunciar sus promesas a través de un excelente relato iniciático bañado en nostalgia e ilusionismo fifties, la película se torna una road-movie de acción con dos personajes opuestos con sus propios problemas pero un destino común. El problema es que a esas alturas, pese a las suficientes set-pieces de puro espectáculo, el guión debe revelar sus cartas y sume a la película en una crisis de interés producto de 1) una excesiva y evidente exposición, y 2) el efecto Lindelof, y aquí los fans de Lost sabrán de lo que hablamos. Por un lado, la oleada de datos resulta confusa, inverosímil; y por otro, resulta casi imposible no caer decepcionado ante esas revelaciones, que delatan una importante confusión narrativa. La inocencia inicial se reviste de cálculo en unos pasajes farragosos que delatan cierto oportunismo empresarial, el que se deduce de identificar los valores corporativos de Walt Disney (la similitud de Tomorrowland con la macro compañía es evidente) con los que asume y defiende la propia película.

Pero el bache pasa y Tomorrowland vuelve a subir el nivel con una resolución espectacular y, también, emocional, que sí que tiene un propósito definido. Los momentos de interés se desperdigan de nuevo (memorable el que incluye a Clooney y la confidencia final de cierto personaje) y constatan que Bird y Lindelof han tratado de confeccionar una fábula tan madura como compleja... y sobre todo, o pese a todos, optimista. Porque ambos objetivos nunca han sido antagónicos, parece decir una obra que dispara a la línea de flotación de Hollywood y de postre a todo el zeitgeist occidental, a fuerza de una ingenuidad muy bien calculada (dicho esto como alabanza) y un planteamiento trabajado.

Si el afán experimental y a contracorriente de Tomorrowland, su abundancia de ideas e intenciones, no hubiese derivado en una película que se reprograma a sí misma cada media hora, estaríamos ante una absoluta joya.

*La escena en la tienda de cómics, rica homenajes y guiños (atención al póster de El abismo negro) pero finalmente fallida, por descarada.

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