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Las películas malas de Clint Eastwood son las mejores

Con motivo del cumpleaños del astro, repasamos algunas de sus películas menos valoradas... pero también divertidas.

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Con motivo del cumpleaños del astro, repasamos algunas de sus películas menos valoradas... pero también divertidas.
Eastwood en Duro de pelar (1978) | Cordon Press

"Puedes pegarme. Puedes tirarme al suelo, incluso escupirme y mearme. Pero, por favor, no me aburras."

Sargento Highway (Clint Eastwood) en El sargento de Hierro

Dicen que del cerdo se aprovechan hasta los andares, y lo mismo pasa con Clint Eastwood. El firmante de Sin Perdón o El francotirador tiene películas buenas, películas normales y otras malas. No pasa nada, la vida es así, miremos hacia delante (él esta claro que lo ha hecho). Para empezar, no supone inconveniente alguno para que algunas de la segunda y hasta tercera categoría figuren entre las más importantes que jamás haya realizado, o al menos, entre las favoritas del público. Y me apuesto algo a que seguro que de ustedes también.

Las que vienen a continuación son películas que no han sido, ni de lejos, tan alabadas como Million Dollar Baby o Bird. Y vale, puede que no sean las mejores (o sí, si quieren lo discutimos a la salida). Pero son las que yo he visto más veces de esa leyenda viva que es Eastwood, y las que sin duda han influido más en mi (mal)formación cinematográfica. Desenfunden, apunten...

Y disparen. En mi caso, no tengo que pensar demasiado para recordar el pase en TVE2 de Ruta Suicida (1977), sin duda la primera de esta lista. Debió de coincidir con el estreno en salas de El Príncipiante, allá por los principios de los noventa, para que quien les habla (entonces todavía un imberbe) se sintiera interesado por Eastwood, como también los programadores de TVE, en aquella época en la que todavía se planeaban homenajes en prime-time. The Gauntlet -así se llama en su versión original- la coprotagonizó Eastwood con su pareja Sondra Locke, en aquella época en la que ambos perdieron la cabeza el uno por el otro. Locke es la testigo de un crimen que debe llegar a tiempo para testificar al juicio desde Phoenix a Las Vegas, con todo un ejército de asesinos y pistoleros detrás suya. Y con Clint Eastwood, también.

De Ruta Suicida, un filme tan absurdo como espectacular y desencantado, se recuerdan sobre todo dos cosas, y les digo desde ya que es más que suficiente. Por un lado el cartel de Frank Frazetta, que asimilaba a los dos protagonistas a Conan el Bárbaro y alguna acompañante en un paraje urbano totalmente arrasado. Ahora ya no se hacen pósters de esos. Y por otro, los salvajes tiroteos de un autobús y una casa por parte de los malos, retratados por la cámara de Eastwood con todo su afán destructivo. Ruta Suicida, dirigida y protagonizada por Eastwood, era un thriller de acción tan seco, constante y macarra que a lo mejor todavía hoy funcionaría, y que se adelantó un puñado de años a otros espectáculos de destrucción que vendrían en los ochenta. Me sigue pareciendo buena.

Antes hemos mencionado El Principiante (1990), que fue estrenada junto a dos mamuts como Solo en casa y Misery, dos filmes que ocultaron su potencial taquillero. Nuestra estrella vivía aquí una especie de momento de transición. Entonces Eastwood ya había realizado un puñado de películas íntimas y de prestigio, pero antes de su consagración autoral con Sin Perdón quizá eran todavía percibidas como anomalías más que otra cosa. Y la mediocridad de las últimas películas de Harry el Sucio tampoco debió ayudar en exceso al astro americano, que buscaba sobrevivir en un género que por aquel entonces había cambiado.

El Principiante es un thriller policías a la moda, hecho a la manera en la que ya había derivado el género en esos años, tras el éxito de la fórmula Arma Letal. En ella Eastwood asumía la tutoría de un policía novato interpretado por Charlie Sheen, mucho más pulcro y ortodoxo, en una cinta que permitió al director ensayar con la pirotecnia y los efectos especiales de las buddy-movie más burras del momento. Pero había detalles, muchos, que nos interesan. La melodía de saxo de Lennie Niehaus, el momento explosión con coche volador ("abróchate el cinturón") y la violación del personaje de Eastwood, un duro detective de apellido polaco (porqur eso es todo lo que se necesita para ser duro) por parte de Sonia Braga son tres de los momentos culminantes de una cinta que siente un absoluto desinterés por matizar su misoginia (o no: al fin y al cabo, era el varón el violado) y sus estereotipos de raza, lo cual hoy podría verse como algo políticamente incorrecto. Puede que no sea buena, pero qué diablos, tiene sabor.

La que sí que ha ganado es El Sargento de Hierro (1986), un filme bélico que desborda frases cafres y que ha logrado permanecer en la cultura popular gracias a perlas como "he bebido más cerveza, he meado más sangre, echado más polvos y he chafado más huevos que todos vosotros juntos, capullos". No obstante, Heartbreak Ridge (ese es su título original) también contiene ese desencanto y melancolía tan propios del Eastwood director, que aquí encarna al sargento Highway, un veterano condecorado en Corea degradado por insubordinación a quien le cae el marrón de entrenar a un equipo de -ya saben- jóvenes y rebeldes soldados. Acusada de ser la típica elegía totalitaria para glorificar al Ejército en la era Reagan, en ella Eastwood ya hacía lo que tan bien se le da: alabar un estilo de vida al tiempo que muestra las fracturas de sus personajes con valentía. Y qué diablos, es tremendamente divertida. No, sin duda no debería estar en esta lista.

Si les gusta la cerveza, los camiones y llevar gorra seguro que se acuerdan de Duro de pelar (1978) y su secuela, La Gran Pelea (1980). Sí, las dos del mono. Dirigidas por James Fargo y Buddy Van Horn, dos de sus colaboradores habituales de Malpaso, todavía hoy figuran como dos de los mayores éxitos de taquilla del actor, metido aquí en el papel de un camionero y luchador de peleas clandestinas metido en aprietos con motoristas y hampones varios. Claro que la gran pelea esta vez la libró con la crítica, que detestó cada una de las dos películas por igual, pero la segunda más, calificando al orangután como el mejor actor de la cinta. Treinta años después, ambas siguen en el recuerdo de la audiencia, que captó desde el principio la capacidad del ídolo para moldear variaciones de su personaje y ese sutil tono de western de extrarradio que recorría sus imágenes. Puro cine para la barra del bar.

Cintas como las anteriores o Firefox (1982) y El Cadillac Rosa (1989) demuestran que, ya en el ecuador de su larga carrera, Eastwood era capaz de compaginar éstas con otras cintas como Aventurero de Medianoche (1982), Bird (1988) o Cazador blanco, corazón negro (1990). Si las tuviera lo bastante recientes como para explicarlas, lo haría con gusto. Porque si hay algo probado por la Historia, y que por tanto demuestra la carrera de Clint Eastwood, es el enorme atractivo de las películas y las carreras imperfectas, y el aburrimiento generalizado que provocan las categorías culturales.

Con ellas, Eastwood cimentó una larga carrera comercial repleta de compromisos, tanto con el público como consigo mismo, y logró lo que para muchos hubiera sido imposible: distanciarse lo suficiente de sus grandes logros, la saga de Harry el Sucio y los spaghetti western de Sergio Leone, como para poder hacerlo. ¿No les parece eso loable?

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