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Juan Manuel González

Crítica: 'Lo que hacemos en las sombras', de Jemaine Clement y Taika Waititi

¿Cómo es la vida cotidiana de un vampiro? Quizá no sea muy distinta de un analista de software.

Juan Manuel González
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¿Cómo es la vida cotidiana de un vampiro? Quizá no sea muy distinta de un analista de software.
Lo que hacemos en las sombras | Archivo

Quizá no frecuento tanto como debería el Video on Demand, pero me da la impresión de que la comedia de terror que tanto abundaba en el cine comercial de mi infancia ha caído en un inmerecido olvido. También las spoofs movies o películas de parodias, envaradas en una infantil reproducción de éxitos de taquilla que ha destruido toda la energía y conocimiento cinematográfico que aportaron los Zucker/Abrahams/Zucker en sus películas "... como puedas". Cuestión de tiempo que reaparezca de forma sólida tanto una como otra (o no), aunque mientras tanto podemos recurrir a esta peculiar y mínima Lo que hacemos en las sombras, un filme de vampiros en formato de falso documental que apenas necesita de ochenta minutos para recorrer todos y cada uno de los lugares comunes de ese subgénero de terror, ya sea variedad cinematográfica o literaria, choteándose (con cariño) tanto del chupasangre como de esas devaluadas parodias.

Y todo ello con amor al mito: la película de Jemaine Clement y Taika Waititi es una parodia, pero no es cínica. La historia de cuatro compañeros de piso y vampiros en perpetua lucha con los problemas cotidianos del mundo moderno aplica el recurso del falso documental o mockumentary (el de The Office, para entendernos) para coquetear visualmente con el found-footage, una de las pautas principales de las ya típicas películas de terror al estilo Paranormal Activity. Un recurso, el del falso realismo, que no se queda en mero pretexto estético, sino que Clement y Waititi exprimen para generar humor, toneladas y toneladas de gags absurdos que oscilan entre lo sutil y lo grueso, rematando un filme de un realismo sórdido concienzudo... pero premeditadamente ridículo.

Las peleas de la pandilla con otro grupo, esta vez de Hombres Lobo; la relación sirviente-maestro de otro de ellos con una voluntariosa joven; la irrupción de Stu, un humano "normal" y aburridísimo en la banda, que acaba revolucionando el gallinero.... Lo que hacemos en las sombras navega un poco en dirección contraria a la producción cinematográfica actual, desdramatizando el mito vampírico y sus convenciones a base de cachondeo, choteándose de todo sin asomo romántico alguno y, en la pura envoltura, convirtiéndose además en una rara avis por ese proceso de adelgazamiento narrativo y tonal que Clement y Waititi han aplicado a toda la película. Despojando de todo glamour cinematográfico y literario al vampiro, lo que queda es la vida cotidiana de un grupo de friquis entrañables, algo que tampoco sirve para quitar drama o sangre al asunto (al fin y al cabo, las víctimas son "reales", aunque que se las coman no parezca importarles ni a ellas mismas; y el lado trágico parece asomar de cuando en cuando). La película, muy cómoda con su carácter menor, aporta la frescura de una sit-com televisiva al cine de terror, aunque -eso sí- resulta mejor cuando se aleja un poco de los postulados del falso documental, como en esa fiesta de disfraces previa al desenlace. Lo que hacemos en las sombras es una comedia cuyo pequeño culto resulta simpático, comprensible, ayudando de paso a limpiar la imagen del vampiro tras la funesta saga Crepúsculo.

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