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Juan Manuel González

Crítica: 'El secreto de Adaline', con Blake Lively y Harrison Ford

Adaline cumplirá todas las fantasías de los amantes del pasteleo.

Juan Manuel González
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El secreto de Adaline es una de esas películas que tardan una hora en interesarte realmente. Y lo hace de golpe, coincidiendo -de manera nada casual- con la aparición en pantalla de un Harrison Ford que presenta aquí su mejor interpretación reciente, y que proporciona ese necesario giro argumental -con relativa sorpresa incorporada- que convierte el romance imposible en una cosa algo más interesante.

Porque hasta ese momento, la película protagonizada por Blake Lively está tan metida en el molde "chico conoce chica" que tampoco se plantea explotar algunas de las posibilidades que aparecen aquí y allá. Lively es Adaline, una joven de 29 años que, en plenos años 20, fallece en un accidente de tráfico y que es reanimada in extremis por la caída de un rayo casi providencial. La contrapartida al milagro es que la joven quedará congelada en una suerte de juventud eterna, sin envejecer, obligándola a esconderse de las autoridades pero también a huir de cualquier tipo de relación amorosa, condenada por esa suerte de inmortalidad a protegerse del amor.

Inserta en esa tradición de pasteleo romántico en tiempos de Nicholas Sparks, al que suma un componente fantástico que tampoco resulta novedoso (pregúntenle a Rachel McAdams...), la película del director Lee Toland Krieger no tiene más ambición que la de presentar una "love story" elegante en su trasfondo y pulcra en su confección. Lejos de la ambición cinematográfica de David Fincher en El curioso caso de Benjamin Button, con quien podríamos señalar alguna similitud temática, Adaline se conforma demasiado pronto con esteticismo controlado y un claro afán preciosista, con una impersonal voz en off que trata de otorgar un halo de cuento de hadas al filme y que tampoco ayuda en exceso al relato.

Pero lo cierto es que el filme acaba consiguiendo sus modestos objetivos, en virtud de un giro argumental importante (de nuevo, absténganse de ver el tráiler) que otorga intensidad a la historia que en su primer tercio se presenta un tanto monótona, uniforme. El secreto de Adaline también ofrece una oportunidad a Blake Lively para demostrar que vale, y lo cierto es que su esfuerzo resulta suficiente para reivindicarse como actriz, por mucho que quien acabe ganándose al espectador sea un Harrison Ford absolutamente extraordinario en su retrato de un afable astrónomo jubilado. Gracias a su correcto reparto y la dignidad con la que Krieger afronta las convenciones del género, El secreto de Adaline acaba resultando un digno, aunque no soberbio, melodrama romántico.

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