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Katia Loritz, el exotismo escultural en la España de los 60

Representó el exotismo en el cine español de los 50.

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Representó el exotismo en el cine español de los 50.
Katia Loritz en Atraco a las tres | Archivo

La actriz suiza-alemana que acaba de dejarnos, Katia Loritz, representó en la España de finales de la década de los 50 la aparición en nuestro cine de cierto exotismo, hasta entonces ausente en las pantallas españolas, a partir de su debut en 1956 con el filme policíaco Manos sucias, de José Antonio de la Loma, que había dejado su profesión de maestro de escuela para situarse tras las cámaras y escribir guiones de cine negro.

Katia provenía de Munich, donde había estudiado Arte Dramático, amén de obtener diplomas como políglota, tras cursar con provecho varios idiomas: inglés, italiano, francés y español. Nuestra lengua la expresaba con cierta soltura, pero sin desprenderse de su fuerte acento germánico, como comprobé personalmente cuando la entrevisté por primera vez a mediados de los años 60. Para entonces, ella vivía en cierto modo de los réditos de Las chicas de la Cruz Roja, su segundo filme español (el tercero de su filmografía, en la que había debutado en Italia en 1954 con I bambini ci amano). Aquella comedia costumbrista ambientada en el Madrid de finales de los 50, sainete simpático con anécdotas relacionadas con la cuestación en favor de la mencionada entidad, la integró en un atractivo cuarteto femenino protagonista, completado con Mabel Karr (la actriz argentina casada con Fernando Rey), Luz Márquez y Conchita Velasco. Esta última era la única de las cuatro que puso su voz en el pasacalles de la banda sonora, compuesto por Augusto Algueró, con igual título que el filme: "Las chicas de la Cruz Roja / en Madrid han florecido…". Un coro sustituyó las voces de las otras tres actrices.

Katia Loritz mostraría más tarde sus facetas musicales como cantante, aunque su fuerte acento la traicionaba cuando actuó en varias revistas musicales. Eso sí: tenía un cuerpo escultural. De mujer maciza, que diría un castizo. Unos preciosos ojos verdes, mirada subyugante, labios carnosos y espectaculares piernas, que lució en las pasarelas de varios teatros dedicados a la revista. Aquel físico de Katia Loritz no era habitual en los escenarios españoles y en las películas. Significaba la sensualidad, el toque erótico, en una España todavía dominada por la férrea censura. Pero algo abrieron la mano aquellos defensores de la moral y las buenas costumbres, en un momento en el que el turismo internacional llegaba a nuestro país y se veían los primeros biquinis. Katia Loritz, en el mundillo teatral y cinematográfico, vino a ser una especie de avanzadilla, de pionera de aquellos tímidos destapes en la pantalla. Porque en los teatros revisteriles se permitían ciertas licencias para mostrar el "muslamen", desde luego que con mallas, y algo también del "tetamen", pero sin pasarse, atributos de la que la suizo-germana estaba bien dotada.

Participó en otras películas de corto vuelo, aunque con aceptable respuesta popular, como El Litri y su sombra, historia del torero onubense, aunque nacido en tierras valencianas, Miguel Báez Espuny, apodado "El Litri"; El día de los enamorados, Amor bajo cero… Comedietas en las que repetía su personaje de extranjera sofisticada que contrataba con las recatadas actrices españolas de turno. Veintitrés películas son las que componen su historial cinematográfico. Alguna de ellas tan interesantes como Mi calle, de Edgar Neville, año 1960, aunque su participación fuera episódica. Lo mismo que Atraco a las tres, de 1962, en el papel de la despampanante cliente de un banco atendida por un José Luis López Vázquez que en su calidad de cajero le prodiga en la despedida un inolvidable párrafo, piropo que hizo fortuna. Fue aquello de "… Fernando Galindo, un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo…". Y Katia Loritz se despedía, contoneándose con su bien cimbreada cintura, su escultural cuerpo.

Luego, más papeles de poca monta, interpretados entre sus trabajos en compañías revisteriles que montaba Matías Colsada. Hasta que mediados los años 60 decidió retirarse. Podía haber prolongado su carrera, pero prefirió dedicarse al hogar, casada con un aristócrata malagueño. Se fue a vivir a la Costa del Sol y se mantuvo alejada de los focos del mundo del espectáculo, de vez en cuando retratada en las páginas de las revistas rosas. Bien cierto que sin añoranza de sus años de popularidad en el cine y la revista. Se dedicó a pintar en los últimos años llegando a exponer sus cuadros con éxito. La muerte le ha llegado ahora, consolada por el cariño de Patricia, su única hija.

Nos quedará de ella el recuerdo de aquellas imágenes de "Las chicas de las Cruz Roja", a bordo de un deportivo por la Gran Vía de Madrid, desde la Plaza de España. "Diez mil muchachas bonitas / en Madrid han florecido / y van por calles y plazas, / reparten banderas / sonríen y cantan. / Las chicas de la Cruz Roja, / novias de la primavera, / abrieron sus corazones, / cantando, cantando, / y encuentran amores. / Primavera en las solapas, / primavera en el jardín / y primavera en el cielo / y el corazón de Madrid…".

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