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Juan Manuel González

Crítica: 'Irrational Man', de Woody Allen

Sí, un Woody Allen menor. Otro más.

Juan Manuel González
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Si no recuerdo mal, al comienzo de Irrational Man, la última película dirigida y escrita por Woody Allen, los títulos de crédito nos anuncian "A Perdido Production". Resulta demasiado fácil relacionar eso de Perdido con el estado actual de la carrera del artista neoyorquino, que a sus 79 años estará comprensiblemente de vuelta de todo a la vez que -y en realidad me parece admirable- sigue trabajando con tanta frecuencia como antaño. Pero resulta tentador y creo que de todas formas voy a hacerlo, por si acaso alguno de ustedes quiere ahorrarse la chapa de siempre, ya un tanto repetitiva, de cómo el cine de Allen, aún tratando lo mismo y sabiendo parecido, en realidad ya no es lo que era.

En efecto, Irrational Man es una muestra de ese perdido Woody Allen, no porque su guión esté mal perfilado, sino más bien porque todo en ella transmite un descuido (sus fans dirán que es un estilo casual, como los pantalones) que resulta un tanto doloroso, sobre todo si ustedes, como tantos otros cinéfilos disciplinados o -aquí sí- casuales, admiran su variada filmografía anterior.

Aunque quizás estamos hilando demasiado fino -de alguna manera había que comenzar- y lo de Perdido no haga referencia a nada, sea casualidad... o en todo caso un guiño al estado de ánimo de su protagonista, Abe (Joaquin Phoenix), un profesor de filosofía desencantado con esta "sucia y fea vida" que, mientras reflexiona sobre la naturaleza de las teorías de Kant sobre la mentira y se cuestiona la existencia humana, parece estar de vuelta de todo... hasta descubrir la alegría de vivir del modo más oscuro e inesperado.

Concebida como una suerte de dislocación y a la vez prolongación de los postulados de Match Point hacia un territorio más amable pero todavía negro, Irrational Man es una película perfectamente válida si ponderamos su lógica dentro de la trayectoria de autor de Allen, pero un tanto trasnochada si atendemos a otro contexto. Ciertamente lejos de ocasionales muestras de genio que todavía existen en su filmografía, pero también de sus películas más mediocres, la presente ocupa un acomodaticio puesto intermedio entre todas ellas, tanto que parece destinada a quedar oculta no ya tras sus obras maestras o películas estimables, sino más bien entre la multitud de títulos olvidados del neoyorquino, ésos que cada vez ocupan un volumen mayor en su filmografía.

Esto no quiere decir que la película esté mal, por mucho que sean evidentes las horas bajas de su autor. Porque al fin y al cabo, en ella entran en juego meridianamente claros y sin bandazos los grandes temas de Allen, desde la fugacidad de la vida y el amor, el consuelo intelectual y sí, el azar y la suerte, visualizados tanto en el juego de la pistola cargada de la fiesta universitaria como -mejor todavía- en ese plano de una ruleta en una caseta de feria, instante que Allen -ojo- prolonga todo lo posible. Joaquin Phoenix y Emma Stone están ambos excelentes, entienden ese punto tan snob de los diálogos que Allen pone en sus bocas, y en general aportan todo lo que tienen para convertir la cinta, anodina pero al final simpática, en lo que realmente es: una fábula moral sobre lo aleatorio y las bromas del destino que, a la vez, parece introducir a Allen -aunque no por primera vez: recuerden Delitos y faltas- en el terreno de la pura y dura psycho movie... Y es que, ¿nadie más ha visto un cierto paralelismo entre la trayectoria del protagonista Abe y la de algún vigilante cinematográfico a lo The Equalizer o Saw? Será que yo también me hago mayor.

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