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Pedro de Tena

Notas para una historia de la felonía en España. A propósito de Trueba

Trincar el dinero de un premio de España y poner a parir a la nación que te lo concede es de felón de barrio, o de clase cuatro, como dicen en Méjico.

Pedro de Tena
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Trincar el dinero de un premio de España y poner a parir a la nación que te lo concede es de felón de barrio, o de clase cuatro, como dicen en Méjico.
Fernando Trueba recibe el galardón de manos del ministro | EFE

Parece mentira que Borges ideara una Historia universal de la infamia y que no haya español de pluma que haya escrito una Historia nacional de la felonía, que sepamos. Cierto que el argentino consideraba la infamia, que no identificó con la traición, una categoría del comportamiento humano. O se entretuvo escribiendo como si lo fuera. También se inventó un catecismo para los musulmanes del famoso padre Ripalda donde les llama felones.

Hoy día, cierto, un infame es mucho más que un felón. No hay nada más que pensar en
Fernando Rodríguez, llamado Trueba, quizá el último felón de la historia de España, hasta el momento, que no llega a la altura de la infamia. Pero los felones existen, son y serán muchos como los voludos de Facundo Cabral, otro enorme de Buenos Aires. Trincar el dinero de un premio de España y poner a parir a la nación que te lo concede es de felón de barrio, o de clase cuatro, como dicen aún en México.

Sin embargo, eructar que la Guerra de la Independencia debería haber sido ganada por los franceses, es una de las felonías mayores, de clase uno, escuchadas en España en estos años. Que le den a Espoz y Mina, a Agustina de Aragón, a El Empecinado, al cura Merino, a El Charro, a Asensio Nebot, al Gaspar de Jáuregui, a Juan Palarea; a Francisco Longa, a Juan Díaz Porlier, el Marquesito, a Jaime el Barbudo o Ignacio Alonso Cuevillas, a Toribio Bustamante el Caracol, a José Romeu y a todos los héroes que lucharon por conservar la identidad y la independencia de su Patria. Miren lo que decía Frasquita Larrea, una testigo de Ubrique (Cádiz), en su diario de 1824:

"Veinte y dos veces entraron los franceses en Ubrique hostilmente, pues este pueblo jamás capituló. Nunca en menos de ocho mil hombres. La población toda huía a los montes, y desde la punta de estos cerros caían como granizo las balas sobre los enemigos que pronto se veían forzados a retirarse".

Este felón los hubiera dejado apoderarse del pueblo si hubiera podido porque los franceses, qué ilustrado, traían la libertad....la libertad de Napoleón.

Algunos, por no leer, no se han leído siquiera La Pepa, nuestra primera constitución democrática, esto es, liberal, que, en su artículo 6, además de decir con toda ingenuidad que los españoles debemos ser justos y benéficos, destaca poco antes que "el amor de la patria es una de las principales obligaciones de todos los españoles". Dice el felón que no se ha sentido español ni cinco minutos, pero nació en Madrid y se llama Rodríguez, que apellido checoslovaco no parece. En su cuenta se han ingresado subvenciones por importe de cuatro millones de euretes españoles de los distintos gobiernos españoles que, esos no, no le dan asco al felón.

Afortunadamente para Trueba, la felonía no es delito en España desde hace mucho aunque lo fue, tenemos constancia de ello en una Historia de España de 1713. Los delitos eran de felonía y alta traición, que iban juntas, para ser más precisos. Lo sigue siendo hoy en otros países, sobre todo americanos, pero aquí la felonía ha ganado la partida porque se ha alentado desde el poder. Hay un estudio entero publicado en la UNED sobre cómo se ha retribuido la felonía en la historia del Derecho penal, o sea, que Roma sí ha pagado y paga felones en todo tiempo. Claro que en este caso la felonía es asimilada al delincuente arrepentido que actúa de testigo protegido, soplón, cizañero o malsín. Kant decía que premiar al felón producía abyección moral. Y los juristas liberales desearían que la remuneración de la felonía fuese inconstitucional, pero...

Lo esencial de la felonía es la fealdad

Gracias a estas prácticas y a otras, la felonía, como el diablo, ha logrado convencer a todo el mundo de que no existe y se ha disfrazado de traición, de deslealtad e incluso de colaboración con la Justicia. Y de infamia, y de otras cosas. Pero lo esencial de la felonía es la fealdad. El felón es un tipo que tiene un comportamiento feo y malcarado. Además, puede ser desleal, traidor o infame, pero , sobre todo, es fachoso, baladrón e incluso ridículo. Fíjense en otros felones como Jordi Pujol y Artur Mas. Gritan que España roba a Cataluña y roban ellos a todos los catalanes, además de a los españoles. Sí, claro su conducta es traidora y desleal a la Constitución que una inmensa mayoría de españoles, también en Cataluña, aprobaron, pero, sobre todo, es chunga, adefesia y asquerosa.

Digamos algo más de la esencia de la felonía: es próxima, cercana, inesperada por la confianza que se tiene en el felón. Es tan antigua como la humanidad. En los libros sagrados ya está caracterizada. Tomen nota del Libro de los Salmos, 55,13-15:

"Que no es un enemigo quien me afrenta, pues lo soportaría. No es uno de los que me aborrecen el que se insolenta contra mí; me ocultaría de él. Pero eres tú, un hombre como yo, mi familiar y mi conocido, con quien gustaba de secretas confidencias; íbamos juntos entre la turba a la casa de Dios".

Por eso dicen algunos cínicos de hoy que los amigos del presente son los enemigos, léase felones, del futuro. No es recíproco, pues para ser felón hay que tomar la iniciativa y corromper los lazos de la lealtad por las razones que se quiera. Sólo si fuesen razones superiores y con riesgo cierto, podríamos aceptar otro nombre para la cosa en sí.

Fernando VII, el felón por excelencia

Lamentablemente, en España la felonía se ha asimilado tanto a la traición que se ha dado en señalar como el felón por excelencia a Fernando VII, el rey "felón". Pero no se ha reparado en que lo peor del comportamiento de El Deseado (sólo un tiempo) con los españoles es que fue muy feo además de traidor. Por ello, es imprescindible que algún español que pueda y sepa escriba cuanto antes una historia nacional de la felonía. Tendrá toda la vida por delante, largo empeño, porque los felones en España, si los definimos como aquellos seres que muerden la mano que les da de comer y lo hacen vil y feamente, son legión como los tontos de Santo Tomás de Aquino.

Además, están Campoamor y su cristal: hay quien la ve en el ojo ajeno pero no la percibe en el propio. Véase Largo Caballero que, en sus Memorias, consideró felona la postura de algunos países de Europa que no apoyaron a la II República, pero no vio felonía alguna en mentir ante el tribunal que le juzgaba por haber organizado el golpe de estado armado contra la misma República en 1934. Memorables fueron sus palabras, plenamente consciente de la patraña: "¿Hice bien o mal al proceder como lo hice? ¿Debía entregar a la voracidad de la justicia burguesa a un defensor del proletariado?" Sin comentarios.

A pesar de la dificultad conceptual, la felonía está nombrada por muchos y casi siempre en el mismo sentido: deslealtad fea y guarrindonga. Sirvan algunos ejemplos. En Las Cantigas de Alfonso el Sabio ya se mencionaba. Y en las de Ausias March. No digamos nada del Cantar de Roldán, donde el felón Ganelón es machacado, o en las leyendas artúricas. Un cuerdo Erasmo al que se le entiende, aún hoy, todo todo, la echaba encima del cachondeo, ya entonces, de la Justicia: "Una buena parte promueve procesos que se hacen eternos y donde se contiende a porfía, mientras se enriquecen el juez aficionado a dilatar los asuntos y el abogado felón". Cervantes se refirió a los "follones", nombre que se usaba entonces para los felones.

Robar una idea, una felonía

G. K. Chesterton. | Archivo
Saltemos sobre los siglos. Chesterton afirmó precisamente en un libro sobre don Quijote que robar a otro una idea, en su caso se refiere a una técnica, era una felonía. Y concluye, añorando otros Derechos: "Antes, los hombres que cometían esa felonía eran llevados a la horca. Hoy, los tres hombres que han hecho tales cosas son los tres accionistas mayoritarios de la Compañía antes citada, tres maestros de ese infame comercio". Ortega, en su pelea con Unamuno a propósito del europeísmo, no tuvo reparos en citar unas líneas del joven Américo Castro sobre la "felonía intelectual". Y aludía a ella como "infidencia", un acto de deshonor castigado con el insulto oficial y popular. Precisamente para erradicarla, puesto que su causa residía en la necesidad de pavoneo ante un público, nuestro filósofo quería crear, copiando a los franceses, una especie de sociedad para la verdad donde los estudiosos debatieran a espaldas del público sin necesidad de exhibiciones. Dios no le oyó.

En conclusión, y para no cansar con centenares de referencias, aunque sabemos que en España apenas puede debatirse con seriedad por la contaminación ideológica y política imperante, un libro ecuánime sobre la historia de la felonía es extremadamente necesario por si algún día pudiese erradicarse.

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