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Crítica: 'Golpe de Estado', con Owen Wilson y Pierce Brosnan

'Golpe de estado' no necesita meterse en política para deslizar cierta ética. Y demuestra lo buen actor que es Pierce Brosnan.

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No es casual que John Erick Dowdle dirigiera anteriormente Quarantine, el remake americano de la española [REC] y, por tanto, una película de agresivos zombis carnívoros. Los rebeldes de la presente Golpe de Estado, su primera película alejada del género de terror, no son infectados rabiosos de sangre, pero actúan como tal cosa, una masa furibunda sin matiz humano alguno. Digo esto porque el espectador que quiera acercarse al breve thriller que protagonizan Owen Wilson y un carismático Pierce Brosnan debe comprar esa excusa argumental para disfrutar lo que, por otro lado, es una apuesta eficaz, entretenida y vehemente de pura acción, un ejercicio que sin pasar a la historia sí resulta razonablemente tenso e incuestionablemente distraído.

Claro que tachar de distraída una cinta del argumento de Golpe de Estado podría resultar un tanto ligero de cascos. El argumento, como imaginarán, resulta extremadamente simple. Owen Wilson (retornando al género años después de Tras la línea enemiga) interpreta a Jack Dwyer, un ingeniero y padre de familia anónimo que viaja desde Texas a un indeterminado país asiático, acompañado de su esposa (Lake Bell) e hijas, con el objetivo de trabajar para una corporación americana, "una empresa más grande y mejor"- dice una de las niñas- que aquella que en plena recesión le puso en la calle.

Esto son los primeros veinte minutos de la película de Dowdle, que transcurren dentro de una absoluta mediocridad y corrección dependiendo de si ustedes ven el vaso medio vacío o medio lleno. Apenas unas pinceladas de suspense hichcockiano referentes al personaje de un excelente Pierce Brosnan y otro elemento argumental que no comentaremos (pero que nos indica que algo está a punto de pasar) adornan una narración plana e insulsa que carece de interés, por mucho que ciertos elementos de actualidad asomen aquí y allá.

Lo que sucede después es lo realmente importante: por razones que el filme tardará en explicar (y ni falta que le hacía) la familia Dwyer queda atrapada en medio de una sangrienta revuelta en la que los extranjeros pasan a ser objetivo primario de los rebeldes. Entonces Golpe de Estado sí comienza a merecer la pena, transformándose en una frenética persecución sorprendentemente violenta que, jugando con apenas un puñado de elementos cinematográficos básicos y primitivos (heredados todos ellos del terror y la acción) embarca al espectador en una breve y traumática aventura que obvia absolutamente el componente político pero -ojo- en absoluto el ético, moral.

Pese a la tosquedad de ciertos diálogos, al trazo grueso de las explicaciones de conciencia culpable, la presencia de un -repito- excelente Pierce Brosnan no supone otra cosa que un importante comentario a ciertos usos y costumbres representados en el agente británico que interpretó en los noventa, algo que el actor sabe comprender -ya lo hizo en El sastre de Panamá o Matador- sin perder el fuelle cinematográfico. Si apreciamos eso, que la cinta de Dowdle retrate a las guerrillas como adversarios en un videojuego no resta honestidad al conjunto, sino que convierte Golpe de Estado en una cinta de acción menor pero algo turbadora, un lienzo en blanco que traduce el horror real del Tercer Mundo a términos de modesto y bien facturado espectáculo de serie B.

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