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Crítica: 'Marte (The Martian)', con Matt Damon

Decir que 'Marte' es un amor de película podría parecer raro. Pero lo cierto es que la define perfectamente.

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Si algo demuestra Marte (The Martian) es la capacidad de su director, el muy experimentado Ridley Scott, para hacer sencillo aquello que no lo es. Para empezar, está el tono de la película, su espíritu. El británico, pese a saberse de memoria el libro de cómo aniquilar tripulaciones galácticas (probablemente lo escribió él: ahí están Alien y Prometheus) se aleja de los modos y maneras del fértil género del blockbuster apocalíptico para adentrarse en un terreno diferente que destierra la distopia a otro sistema solar, eso como muy cerca.

Y en segundo lugar, por él mismo, por su enorme capacidad para enlazar rodajes complejos y de distinto género de la misma manera que Mark Watney (Matt Damon) solventa aquí sus problemas de supervivencia marciana. Mientras otros realizadores tardan años en levantar grandes proyectos como Marte, el de Blade Runner estrena un largometraje de gran presupuesto casi cada año (Exodus apareció en las carteleras en diciembre; la secuela de Prometheus ya está en camino) sin dar síntomas de cansancio personal (el creativo seguramente es otra cuestión). Marte es un filme de tamaño XXL del que emana un tono de despreocupación, que no descuido, que es su mayor y más refrescante seña de identidad.

Poco importa la poca verosimilitud de algunos episodios o la escasez de suspense de otros (dicho de otro modo: el astronauta Watney es un verdadero genio, por mucho que Damon lo interprete como si fuera el más común de los mortales). Scott cuenta con una ambientación estupenda y un elenco de secundarios capaces de dar verismo a cada frase del que, probablemente, sea el guión más convencional pero también mejor acabado al que ha echado mano en algunos años. Olvídense del horror y la oscuridad de Prometheus; también de la fallida y curiosa anormalidad de El consejero. Marte es un sólido y enorme montaje paralelo de dos horas y media –la acción se divide entre la vida en Marte de Watney y los intentos de rescate en la Tierra- que pasan en un suspiro y que, de postre, respetan muy bien el paradigma fundacional de la ciencia ficción como relato popular de los logros de la raza humana. Sin ánimo de comparar, que 2001 de Kubrick acabase con un feto estelar a ritmo de Así habló Zaratustra y la presente con I will survive de Gloria Gaynor puede parecer una ofensa, pero lo cierto es que admite un par de paralelismos o tres en la cosmogonía del género. En efecto, Marte está adornada con un tracklist que incluye ABBA y otros hitos discotequeros de hace un par de décadas, y eso con toda seguridad forma parte de ese halo de seducción que está ejerciendo en el público masivo. Pero también es una elección deliberada de Scott, que a sus 77 años no encuentra contradicción alguna entre hacer un puñado de travesuras y formularse grandes preguntas. Cuando estás seguro de que vas morir ¿qué haces con lo que tienes? La película lo contesta desde el principio y sin asomo de dudas: simplemente todo lo que se pueda hasta que no se pueda más.

Dicho de otro modo: estamos ante la recuperación de un registro un tanto desaparecido pero para nada ajeno a la ciencia ficción, expuesto además de manera meridianamente clara y con firmeza en el trazo. Marte resulta un filme optimista, feliz y –de alguna manera- ligero en su ampulosidad, virando lo que podría haber sido una oscura odisea marciana hacia el terreno de la mayor "feel-good movie" filmada por la industria americana. El director de Alien, que nunca oculta su total identificación con el astronauta encarnado por Damon (que a falta de una pelota con rostro, como Tom Hanks en Náufrago, habla directamente a cámara, es decir, con el público) adorna el relato con episodios de tensión e innumerables dificultades, con un final agónico y tenso; pero nunca se regodea en la inminente tragedia o la evidente soledad, algo que significaría olvidar su objetivo primordial: divertir al espectador con una demostración de valía y espíritu humanos. Y como muestra, una curiosa contradicción que en realidad no es tal: estamos ante un filme repleto de FX en el que lo mejor es el afecto que se profesan los personajes entre ellos, sin que Scott tenga que perder tiempo en presentarlos. Objetivo conseguido.

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