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Juan Manuel González

Crítica: 'La Cumbre Escarlata', de Guillermo del Toro

'La cumbre Escarlata' no es un filme perfecto, pero eso no le resta un ápice de atractivo.

Juan Manuel González
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'La cumbre Escarlata' no es un filme perfecto, pero eso no le resta un ápice de atractivo.
Mia Wasikowska en La cumbre escarlata | Universal Pictures

Permítanme una confesión personal: me gusta el cine del mexicano Guillermo del Toro, siempre a medio camino entre el entusiasmo del fanboy irredento y el homenaje culterano; entre la firma de autor y la carta amorosa al cine de género y popular. Un romántico que compagina el revisionismo y el homenaje -sentimental, levemente paródico, jamás cínico- con el abrazo a las nuevas tecnologías y narrativas, todo desde una perspectiva vigente, actual. Pese a ello y al cúmulo de maravillosas promesas que hace, La Cumbre Escarlata no me parece su mejor filme. Un tanto perdido entre las múltiples proposiciones del argumento, la simbología habitual del director de El Laberinto del Fauno y Pacific Rim me resulta aquí levemente reiterativa, sin que el maremágnum de sentimientos y tragedias de sus personajes llegue realmente a emocionar al espectador. La Cumbre Escarlata es uno de esos filmes que buscan a toda costa aterrorizar y conmover, sin que ninguna de esas emociones llegue realmente a resultar tan impresionante como sus imágenes.

Lo que no quiere decir que estemos ante un mal filme, en absoluto. Porque, hoy más que nunca, las imágenes son el filme. La Cumbre Escarlata hace muchas cosas bien, y naturalmente no sólo me refiero al absolutamente arrebatador diseño de producción y al esplendoroso trabajo visual que ofrece. En ese sentido, estamos ante un filme fuera de serie. La cámara en constante movimiento de Guillermo del Toro (que parece, como esos fantasmas que sí existen, flotar libre en un líquido ajeno a esta dimensión) retrata un mundo victoriano y gótico a medio camino entre la fantasía y la realidad, una reverberación de Mary Shelley y Jane Austen que se despliega ante el espectador en forma de un suspense hitchockiano con ocasionales pero intensos virajes hacia la fantasía. Probablemente esta es la clave del filme, mucho más que lo supuestamente enrevesado de su suspense. Estamos ante esa gran versión de estudio de sus filmes mexicanos y españoles que le quedaba por hacer, un paso quizá no revolucionario pero sí lógico en la trayectoria de un cineasta que parece haber ocupado de manera natural el espacio libre dejado hace ya mucho por Tim Burton, quien de momento no está ni se le espera.

Del Toro insiste en que su último y primordial cuento de hadas no es un relato de fantasmas, aunque tenga sustos intensos y golpes de efecto sangrientos, sino más bien un romance con fantasma dentro. Y tiene razón: La Cumbre Escarlata tiene momentos de terror intenso y hasta un desenlace de arrebatos deliciosamente 'gore', pero en esencia supone la recuperación para la gran pantalla de un género que hace tiempo que no veíamos: el puro y duro thriller romántico. Ese universo propio sirve de adecuado pegamento a un guión que, sin embargo, no para de apuntar proposiciones y que resulta en extremo previsible. Fundamentalmente, uno no da un duro por el matrimonio de la americana emprendedora Edith Cushing (adecuada Mia Wasikowska) y el británico de rancio abolengo Thomas Sharpe (Tom Hiddelston, muso de la comunidad emo). La fuerte autoría del mexicano aglutina tanto el festín visual como la trama -la propia Edith nos formula, cual trasunto del autor, el tono del largometraje a través de su novela amateur-, pero persiste la impresión de que la riqueza del filme y sus sentimientos desatados juegan en ocasiones en su contra, debido a lo poco sorprendente de las revelaciones.

Nada grave, de todas formas. La Cumbre Escarlata -filme que, como la propia carrera de su autor, se desarrolla a ambos lados del Atlántico- es uno de esos filmes capaces, en su combinación de ambición y modestia, de añadir matices inesperados a la oferta de los grandes estudios. Y no me extrañaría que el tiempo, o alguna revisión posterior, hablase muy en su favor. Aunque parezca contradictorio tras la perorata de arriba, la propuesta de Guillermo del Toro sigue resultando divertida y poética, que era justo lo que esperábamos.

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