Menú
Juan Manuel González

Crítica: 'El viaje de Arlo', de los estudios Pixar

'El Viaje de Arlo' demuestra una cosa: el peor filme de Pixar aún puede ser el mejor de cualquier otro estudio.

Juan Manuel González
0

Una película menor de Pixar podría ser la mejor de cualquier otro estudio. Este precepto, que debería ser impreso como ley absoluta, se demuestra mejor que nunca en El viaje de Arlo, nuevo filme de animación del estudio responsable de Toy Story, Los increíbles y Up... y precisamente -o al menos en apariecia- un filme más pequeño y menos ambicioso que otras apuestas de la compañía.

El viaje de Arlo da inicio con una suerte de ucronía que plantea un pasado alternativo. Y que parte de un cómico punto de partida: ¿qué pasaría si los dinosaurios no se hubieran extinguido y hubieran terminado conviviendo con los humanos?

En ese contexto, el filme de Peter Sohn desarrolla una historia de búsqueda y maduración a través de la odisea de Arlo, un asustadizo apatosaurio que acaba uniendo su destino al de un niño humano que, en el mundo alternativo planteado por Pixar -una idea que da pie a entrañables pero elocuentes gags- hará el papel de mascota del protagonista.

Perseguida por la sospecha de filme problemático (durante su ejecución, Bob Peterson, codirector de Up, fue reemplazado por Peter Sohn, que debuta en el largometraje), El viaje de Arlo se presenta como un filme sencillo, convencional, quizá un paso atrás respecto a las mejores joyas de la compañía. Pero aún así un producto sólido e incuestionablemente eficaz.

Hay diversos momentos en Arlo que apuestan abiertamente por la emoción (la muerte de uno de los personajes principales, el sueño del pequeño Arlo en el que éste se aparece, el doble desenlace de la historia...) que arrancan sin demasiadas dificultades lágrimas en el espectador sensible. También existen pasajes humorísticos, como ésa borrachera con frutos del bosque, que cumplen su cometido y hasta hacen gala de cierta indisciplina. En general, y pese a su economía argumental, El viaje de Arlo es un filme que conserva su sustancia emocional intacta, y una factura técnica que da un baño -además, sin aparentes dificultades- a cualquier otra película que se les ocurra: planos como el de Arlo despertando en el agua o el de un taciturno Spot revelando a Arlo y al espectador el destino de su familia, gozan de una dignidad y realismo que sitúa a estas caricaturas en un territorio emocional singular.

Todo ello pese a, como decimos, algunas faltas y lagunas que delatan su naturaleza de filme un tanto secundario en la trayectoria de Pixar. Ahí están los personajes secundarios que pueblan el relato, cuyo diseño y caracterización están evidentemente menos cuidados que en la media del estudio. O esos súbitos y episódicos cambios de género, que oscilan entre la aventura exótica, el western o incluso el horror sin que exista una transición cuidada.

Lo que plantea El viaje de Arlo está, sin embargo, meridianamente claro y jamás pierde su esencia: un viaje interior y físico a través de unos paisajes americanos -inspirados en el noroeste del país- tan épicos como variados son sus moradores. Da la impresión de que Pixar ha querido elaborar tanto un canto a los fundadores tanto como una agria crítica al redneck o paleto del interior estadounidense. Y, por supuesto, un canto a la amistad y a la familia unida, además de un análisis de la naturaleza del miedo y la confianza en uno mismo que nunca debería pasar de moda.

En Cultura

    0
    comentarios

    Servicios