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Juan Manuel González

Crítica: 'El Desafío (The Walk)', de Robert Zemeckis

En 'El desafío', Zemeckis demuestra que puede hacer lo que le de real gana. Y el resultado es un espectáculo emocional, ligero y vertiginoso.

Juan Manuel González
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Hace mucho que Robert Zemeckis se distanció de su padrino Steven Spielberg, pero tanto en las crónicas de su trabajo como en la propia memoria del público se insiste en esa asociación. Por algo será, por mucho que el cine del autor de Regreso al Futuro, Forrest Gump y El Vuelo se independizase más bien pronto del autor de Tiburón. El Desafío, como el libro de Philippe Petit en el que se basa, Alcanzar las nubes, narra la odisea real (y en primera persona, interpretado aquí por Joseph Gordon-Levitt) del funambulista francés que osó cruzar sobre un cable, no una sino varias veces, las desaparecidas Torres Gemelas de Nueva York.

Un material que es transformado por Zemeckis en una película que funciona a varios niveles con asombrosa humildad y sin un ápice de arrogancia: por un lado, es la particular lectura de su autor de la heist-movie o película de robos, un subgénero criminal aquí presentado de un modo abiertamente sentimental. Petit prepara su "golpe artístico" -así lo llama él- con un grupo de compinches que se van sumando a su misión. Pero El Desafío, en sus escasos cien minutos de duración, es al menos un par de cosas más: para empezar, una lección de técnica cinematográfica, de integración de los efectos visuales en la historia, no tanto para presumir de presupuesto como para -simplemente- narrar y narrar. También es una aventura cómica y una luminosa reflexión sobre la vida y el arte, realizada con un tono ligero y jovial que contrasta con la gravedad de muchas películas "oscarizables" que nos vamos a comer en estos dos meses.

De esta larga introducción pueden deducir dos cosas: sí, me ha gustado mucho El Desafío; y sí, estoy protestando por los mediocres resultados de taquilla del filme (que, al igual que la maravillosa Steve Jobs, también fracasada en el box office, se dispone a ser ignorada de manera mayoritaria en la temporada de premios en favor de quién sabe qué).

Una pena, como decimos, que semejante cosa le ocurra a una película de este nivel. Para empezar, a un nivel técnico, Zemeckis da aquí una lección de libertad creativa, por no hablar de un golpe de autoridad, demostrando que es posible hacer cine apoyado totalmente en los FX y que la película sea barata. Los ajustados 35 millones que le ha costado El Desafío son los mejor gastados -y aprovechados- del 2015, y ver la película en 3D y formato IMAX es simplemente un placer irrepetible. En segundo lugar, su trabajo aquí es un ejemplo de cómo aprovechar la ductilidad de un género establecido para llevar la película a otro territorio, al menos en lo emocional, y que el resultado sea un espectáculo refinado pero eminentemente popular. Aquí tenemos a Zemeckis usando la heist-movie para hablar de la condición humana y, aunque lo del alambre es la excusa perfecta para generar espectáculo, lo que cuenta sostiene una metáfora que es la sustancia básica del asunto: un hombre, un principio, un final, unas capacidades y un entorno... y alrededor, un vacío que Petit decidió contemplar con una mezcla de autoridad y respeto. Una suerte de biopic metafísico, de riesgo y concentrado, si ustedes quieren.

Zemeckis nos cuenta esa metáfora que es El Desafío en primera persona, con Petit encaramado en lo alto de la Estatua de la Libertad y dirigiéndose directamente a la cámara, es decir, al espectador. Y al igual que el propio personaje, -siempre seguro de sí mismo, pero tremendamente sincero- la película resulta cercana al tiempo que carece de toda arrogancia. El desenfado con el que el autor cuenta el "golpe artístico" de Petit, poblado de personajes románticos pero un tanto desquiciados (Zemeckis siempre ha sido un tipo afín a la comedia bufa) no va en detrimento de la emoción que desprende su tercer acto en las alturas. Pero la maestría de Zemeckis, pese a un primer tercio un tanto pobre, va algo más allá, y le valen apenas los dos segundos finales de película para congelar nuestra sonrisa. El Desafío es una de mis películas favoritas del año que termina, por mucho que sólo sea apta para soñadores.

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