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Crítica: 'Steve Jobs', con Michael Fassbender

'Steve Jobs', la película sobre el cofundador de Apple que protagoniza Michael Fassbender, es arriesgada y emocionante.

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Por un momento parecía que el biopic de Steve Jobs escrito por Aaron Sorkin (La red social, El ala oeste de la Casa Blanca) e inspirado en la biografía escrita por Walter Isaacson no iba a llegar nunca a las pantallas. Un cambio de director (David Fincher, que ya dirigió la película que dramatizaba la creación de Facebook escrita por Sorkin, era el inicialmente previsto), de protagonista (Christian Bale renunció una vez salió el director norteamericano, y después siguió sus pasos Leonardo DiCaprio) y de estudio (de Sony Pictures a Universal, que adquirió los derechos tras la renuncia del primero) han sido necesarios para que el proyecto finalmente se materializase protagonizado por Michael Fassbender bajo la batuta del británico Danny Boyle, quien a pesar de seguir a pies juntillas el milimetrado guión de Sorkin, consigue introducir su estilo personal en el largometraje.

Dividida en tres actos claramente marcados, los prolegómenos a las presentaciones del primer Mac, el Next y por último el iMac G3, el filme aborda la vida y obra de Jobs sin escamotear al espectador el carácter imposible, pero también carismático, de su protagonista. Encarnado con absoluta maestría por Michael Fassbender, es cierto que el Steve Jobs que retratan Sorkin y Boyle aparece suavizado bajo ese ensalzamiento del trabajo, del puro proceso no exactamente creador (Jobs no era un técnico, eso se lo dejaba a otros) sino más bien de adivino y a la vez demiurgo del deseo humano. El sentimentalismo que Boyle aporta a la película distancia la obra del cinismo y desencanto de La Red Social, y en ocasiones amenaza con rebajar las tintas al guión de Sorkin. Jobs era un ser humano tan genial como incapaz -por razones que a él mismo se le escapaban- en otras cuestiones humanas, y por tanto profundamente imperfecto. ¿Y qué?, parece querer decirnos Boyle.

Pero el humanismo de Steve Jobs, la película, trasciende las férreas pautas marcadas por sus autores, además de las estructuras donde se inserta su relato. El que el filme se desarrolle de manera previa a una representación dice mucho de la apuesta de Sorkin y Boyle, que concuerda con un idealismo e ilusión que recubre las fracturas del personaje, por no hablar de las consecuencias de sus acciones en los demás (el elenco de secundarios que los representan, por cierto, es fascinante) que maquilla todo lo que la película cuenta, o más bien, elige no contar. Pero que resulta sincera, genuina. Todas las contradicciones del sujeto, por no hablar de la propia y apasionante apuesta narrativa del filme, funcionan bajo ese manto de audacia que no hace sino incrementar el misterio del personaje. Steve Jobs, la película, es como su biografiado; se olvida de los aburridos manierismos de sobremesa que infectan el biopic al uso para efectuar un particular salto al vacío en el que lo esencial es, de alguna manera, que la verborrea erudita de Aaron Sorkin y los manierismos "emo" del director británico se compensan mutuamente, se alían para facturar un relato (y un retrato personal) apasionante y visualmente potente. Si Steve Jobs durase un acto más, cuatro en vez de tres, un servidor no se aburriría.

De alguna manera, las bambalinas de los sucesivos teatros en los que transcurre el filme, con sus pasillos eternos y personajes recurrentes en tres décadas distintas, son como un paseo por la infernal interioridad de Jobs, una gran metáfora de los recovecos del legendario inventor y visionario vendemotos justo antes de salir a escena. Boyle nos escatima torturas melodramáticas, y elige aportar una euforia adrenalítica y constante, pero eso sí, basada en sentimientos humanos básicos y shakesperianos, y no una apología de los trascendentales cacharros de Jobs. Los tres actos que dividen de manera matemática la obra le dan un marcado carácter teatral, por no hablar de un toque dickensiano que por los pelos no incluye las visitas de los tres fantasmas. Pero entretanto, el director de Trainspotting sabe aprovechar muy bien la urgencia y el pánico que preceden a la gran representación para hacer de las suyas, es decir, imprimir un ritmo vertiginoso que destroza concepciones previas de un relato biográfico y compensar, o más bien anular, cualquier asomo de ese cine-teatro en el que la particular estructura de Sorkin podría devenir. Su labor resulta el aspecto más discutible de la película, pero precisamente gracias a esa histeria, esa voluntad de proporcionar imágenes interesantes, su película se erige sobre el puro diálogo y triunfa percutiendo de manera emocionante –y emocional- varios temas recurrentes.

Porque en el centro de este biopic tan sui generis, y también de la mente de su protagonista, figura de manera insistente un inconfundible "Rosebud", un nombre que sirve para denominar tanto una máquina primorosamente diseñada como a una persona; el legado empresarial de Steve Jobs pero también el íntimo. La mirada de cierto personaje que cierra la película -por no hablar de esos segundos finales, en cómo enmarca Boyle a un prodigioso Fassbender, sin el cual el filme no sería nada- convierte la película en algo inesperadamente emotivo, profundamente enigmático y, como el propio Jobs, único.

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