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Juan Manuel González

Crítica: 'La Juventud (Youth)', con Michael Caine y Harvey Keitel

Grandes actuaciones y mejores imágenes no garantizan una obra maestra. 'La Juventud' lo intenta con todas sus fuerzas.

Juan Manuel González
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Grandes actuaciones y mejores imágenes no garantizan una obra maestra. 'La Juventud' lo intenta con todas sus fuerzas.
La juventud | Vertigo

Que la limitada acción de la nueva y esperada película de Paolo Sorrentino se traslade en sus compases finales a Venecia no es en absoluto casual. La bella, decadente y condenada ciudad del agua se adapta no sólo a la mecánica del cine del italiano, adicto a los testamentos melancólicos, sino que supone el perfecto colofón a la trayectoria de su nueva creación, el veterano compositor Fred Ballinger que interpreta Michael Caine. La Juventud, gran decepción en Cannes y triunfadora incontestable de los Premios del Cine Europeo, narra el retiro de este padre desapegado, persona apática y artista en constante riña consigo mismo, antes de su decisión final, de ese último gran concierto que toda narración destinada a explicar el problema vital nos aconseja concedernos. Antes, asistimos a sus vacaciones en un lujoso balneario alpino en compañía de su buen amigo Mick (Harvey Keitel), un prestigioso director de cine dispuesto también a filmar su despedida artística. Un balneario que, lo han adivinado, tiene tanto de lugar real como de espacio mental, escenario de una confesión donde abundan los fantasmas y que Sorrentino rueda combinando secciones de imágenes oníricas con otras de una narrativa más evidente.

La Juventud son, en resumen, dos horas de Sorrentino emulando de nuevo a Fellini, un spin-off de Ocho y Medio donde lo extravagante y lo elaborado conviven con el humor y el drama. Con la salvedad de que esta vez y a diferencia de La Gran Belleza, su película parece más a uno de esos lujosos restos arqueológicos que contemplaba Toni Servillo en aquella. Falta la verdadera angustia más allá del toque decadente, falta esa inspiración final que ensalce la película como algo verdaderamente libre, grande, que vaya más allá de -por ejemplo- esas composiciones populares que Ballinger tuvo que componer y de las que en apariencia se lamenta. En La Juventud, casi todos sus protagonistas son artistas que tratan de huir de lo ordinario, pero si Sorrentino pretendía hacer gran arte con mayúsculas, lo cierto es que logra poco más que una película bonita y pomposa, por lo descompensado del argumento frente a semejante catarata de imágenes.

Lo bueno es que pese a la pomposidad del invento, Sorrentino no da la impresión de ser un completo snob. Su visión del arte es trascendente, pero sus imágenes de manierista soledad al final siempre desembocan en la búsqueda de lo simple, lo hermoso, de una paz espiritual que parece requisito indispensable para huir de la oscuridad. De modo que el lujo y la decadencia que impregna los fotogramas de La juventud, o sus apuntes sobre arte popular y otro más elevado (materializados, por ejemplo, en ese grupo de pintorescos guionistas) no se quedan en la ironía, en el golpe de humor, sino que buscan ante todo resultar conmovedores. Salvar o no La Juventud por sus buenas intenciones y su búsqueda de algo tan puro como el sentimiento es cuestión de cada cual, pero en ausencia de la solidez de La Gran Belleza, película discutible donde las haya, es lo único que podemos hacer. Lo que es incuestionable es que la película sabe cobrar vida en el momento más oportuno e inesperado gracias a esa capacidad de Sorrentino, y sobre todo a la infinita y oceánica mirada de Michael Caine, un actor a quien los años no han hecho sino aportar más y más profundidad. Es el británico –eso sí, bien acompañado del resto del reparto- quien que al final suma el componente humano a una construcción estética que sin él resultaría indigesta.

No ayuda, sin embargo, que Sorrentino arroje sugerencias de continuo, sin dar una respuesta concluyente a ese tenue argumento que las subtramas de Rachel Weisz y Paul Dano tratan de enriquecer y matizar. Pero es que quizá responderlas realmente carezca de sentido y de nuevo, seamos nosotros quienes nos estemos complicando demasiado: el esfuerzo personal y la inspiración, la memoria y el recuerdo, la pérdida y el paso del tiempo… todos son temas planteados aquí y allá a lo largo de La Juventud, para, al final, simplemente asumir que la vida, el arte y el deseo se resumen en la imagen más poderosa de todas, una a medio camino entre el gag y la postal clásica: el cuerpo de una mujer desnuda contemplada con lujuria y tristeza por dos octogenarios. El director sabe muy bien cómo enmarcar planos y cómo generar sensaciones aisladas, pero el empujón final que transformaría La Juventud en, por ejemplo, ese digno testamento cinematográfico que el personaje de Keitel se afana en rodar, esta vez se le resiste a Sorrentino.

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