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Juan Manuel González

Crítica: 'Spotlight', con Mark Ruffalo y Michael Keaton

'Spotlight' no es sólo una oda al periodista. Es una bofetada a usted, a nosotros. A la gente que sólo hacía su trabajo mientras aquello ocurrió.

Juan Manuel González
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'Spotlight' no es sólo una oda al periodista. Es una bofetada a usted, a nosotros. A la gente que sólo hacía su trabajo mientras aquello ocurrió.
Spotlight | eOne

No sé ustedes, pero la temporada pre-premios me resulta una de las más cansinas del año. Afortunadamente Spotlight, nominada a seis premios de la Academia incluyendo mejor película y director (y quizá la principal contendiente de El Renacido y la película que debería ganar, Mad Max), no forma parte de los típicos mamotretos nominables, ese corpus de películas "necesarias" con las que despachamos supuestas obras maestras de tema muy importante que olvidamos una vez la gala de los Oscar baja el telón. Y lo es gracias a su retrato intenso pero carente de exabruptos, sin que su apuesta por la descripción funcional derive en un espectáculo anódino e impersonal.

Lo que cuenta Spotlight es un suceso horrible consentido durante generaciones. La historia real de cómo un grupo de investigación del diario Boston Globe, apodado Spotlight, destapó una red de abuso infantil amparada en el seno de la Archidiócesis de Boston. Lo hace con un grupo de estrellas de cine interpretando muy bien a periodistas casi anónimos, curritos vocacionales en un sector, el de la prensa libre, en eterna crisis y en proceso de ser desmantelado. Aquí se acaban las concesiones de la película.

Ahora, no esperen en el relato de McCarthy una triunfal apología del trabajo periodístico. La cinta relata una investigación cruenta donde todo jugaba en contra de sus periodistas, desde la ley hasta el tiempo, incluso muchas de las propias víctimas. McCarthy sigue la historia con la misma fruición -y concreción- con la que sus investigadores desenredan la trama. Si la película funciona, no es por su oda al periodista -cosa que la película es, evidentemente-; al compañerismo en una profesión intensa, sino por esa cualidad de narrador atento y exigente, admirador si acaso solamente del trabajo diario y desagradecido, sin que absolutamente nada en la película se quede en la pose furiosa e intensa de un, pongamos por caso, Alejandro G. Iñárritu.

Para empezar, su película carece de toda floritura visual de las que encantan al mexicano. De todas, incluso de aquellas destinadas a realzar el realismo. Spotlight es ante todo un brillante ejercicio de narración cinematográfica, una película en la que un guión, un montaje y una puesta en escena desnuda de artificios -incluso de vicios naturalistas: la dirección elige ser absolutamente invisible- se entrelazan para realzar el puro y duro proceso de búsqueda periodística y legal enunciado por McCarthy con una fluidez y claridad extraordinaria. En Spotlight no hay sensacionalismo ideológico, melodrama sentimental o concesiones al cine de género. Olvídense de la verborrea de Aaron Sorkin, del retorcimiento de otro gran y poco complaciente relato periodístico como fue Zodiac. Las confesiones de las víctimas de los abusos carecen de toda exageración, e incluso la pseudo-redención que experimenta uno de los personajes principales en el desenlace está despojada de glamour. Lo que no significa que estemos ante un filme desapasionado, y ni mucho menos aburrido.

Al contrario, en Spotlight no se mira el reloj porque todo está expuesto de manera prístina y entretenida. Y porque, en efecto, lo mejor de la película viene después, a la hora de echar las culpas. En contra de lo que podríamos pensar, McCarthy no concentra su zancadilla a la Iglesia, las instituciones o a monstruos individuales, sino que reparte el efecto de su crítica al conjunto del tejido social. Tampoco me parece que estemos únicamente, como se ha señalado hasta la extenuación, ante una apología del (buen) periodismo. Es más, los periodistas, como también los vecinos de las víctimas, sus hermanos, las esposas que cierran la puerta enfurecidas y los funcionarios públicos preocupados por cerrar a su hora, salen tan perjudicados o más que esos poderes públicos.

Si Marty Baron, el personaje de Liev Schreiber, retrasa el artículo para que la exclusiva tenga un efecto inmediato, Spotlight, la película, espera también hasta que la mancha está bien extendida para fundir a negro: habrá quien elija verla de otra manera (los periodistas, en el fondo tan ansiosos de atención, nos hemos conformado en la oda a la profesión) pero la película de McCarthy es tanto como eso una crónica de la racionalización del mal en una sociedad avanzada. Quizá aquí me quedo con el fin, y no tanto el medio. La bofetada de Spotlight está dirigida a nosotros, a la gente que sólo hacía su trabajo. Es un ejercicio de pura narración más que de indignación. Eso viene después y por eso la película es tan buena.

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