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Crítica: 'Carol', con Cate Blanchett y Rooney Mara

¿Romance lésbico y melodrama clásico? Muy bien, pero 'Carol' es de todo menos inclasificable.

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La exquisita música de Carter Burwell nos anuncia, desde los primeros compases, una película con clase. Y desde luego, la que ha rodado Todd Haynes basándose en la novela de Patricia Highsmith cumple las expectativas de ese cine de emociones profundas y lustroso envoltorio que se adivina desde el principio del relato. Carol narra un romance lésbico con el clasicismo y sobriedad del gran melodrama de Hollywood, y de hecho, encuadrarla como cine reivindicativo no define por completo el largometraje ni representa a las esteticistas imágenes de resonancias Hopperianas del director de fotografía Edward Lachmann. La renuencia a lo escabroso de Haynes, la hechura de gran melodrama de Douglas Sirk aleja la obra del panfleto (ya sea al servicio de la corrección política como de la búsqueda de imágenes efectistas) pero trata la historia de Carol y Therese con la seriedad que se merece, sin más discusiones.

Pero eso no significa que los sentimientos calen verdaramente. Para empezar, de inclasificable en realidad Carol tiene más bien poco. Filme clásico en la forma y pretendidamente revolucionario en el fondo, el nuevo trabajo de Haynes encaja perfectamente en ese buen número de producciones Miramax, todas ellas solemnes y oscarizables, apadrinadas por el rey del cine indie de los noventa Harvey Weinstein. Puede que éste no viva sus mejores momentos tras el desmantelamiento de Miramax, pero sigue teniendo sus acólitos en la Academia, como lo demuestran filmes como el presente o La chica danesa (que no es suya pero podría; y que, como la propia Carol, finalmente no ha entrado en la competición de mejor película). Ambas representan el gran legado continuista del brillante jerifalte de estudios.

En lo que respecta a Haynes, éste compone aquí su tercer filme de época tras Lejos del cielo y la miniserie Mildred Pierce, todos ellos relatos de emancipación (de género, sexual, o ambas) en un entorno represivo. Pero se mostró más acertado en las anteriores que en la presente. En Carol, todos los personajes masculinos son individuos molestos o sin interés; la Navidad que sirve de comentario al consumismo construido en los 50 -pero, paradójicamente, sin subrayar excesivamente la diferencia social: eso no está en la agenda actual de Hollywood- resulta una metáfora tan gastada como la de un tren entrando en el túnel; la emancipación de las dos protagonistas y el romance prohibido recorre todos los tópicos del género, de la A a la Z, sin ningún requiebro que amenace las expectativas. Carol es una película con clase, relata la evolución de las dos mujeres de manera prístina y tiene momentos magistrales que aspiran a la eternidad, como la escena final de la que no comentaremos más detalles. Pero también otros ampulosos y pesados que indican que, sin la dirección de Haynes y las buenas interpretaciones (sí, Cate Blanchett está soberbia y ella misma parece -como asegura Therese- una mujer "caída del espacio"), Carol no sería tan distinta de uno de los romances escritos por Nicholas Sparks que asolan la cartelera tras la temporada de los Oscar... solo que con muchas más pretensiones.

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