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Juan Manuel González

Crítica: '13 Horas: Los soldados secretos de Bengasi', de Michael Bay

El 'Black Hawk Derribado' de Michael Bay es una pieza bélica de altura, por mucho que en ocasiones insista en lo obvio.

Juan Manuel González
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El 'Black Hawk Derribado' de Michael Bay es una pieza bélica de altura, por mucho que en ocasiones insista en lo obvio.
13 Horas | Paramount Pictures

Hay un instante aparentemente anecdótico en esta (profundamente imperfecta pero finalmente magnífica) 13 horas que explica mucho mejor la película que cualquier interpretación política, que toda defensa o difamación sobre la concepción del cine de acción -o sin más, del cine- de su realizador Michael Bay. Justo antes de que se produzca el sangriento cerco a la embajada de EEUU en Bengasi que narra la película (y que tuvo lugar en 2012) uno de los soldados protagonistas aparece en pantalla leyendo el monomito de Joseph Campbell, antropólogo estadounidense entregado al estudio de las leyendas como principal explicación de los eternos dilemas de la especie humana. El basamento fundamental de cualquier relato épico que se precie de serlo, si lo prefieren.

Un guiño extraño que por eso mismo no puede ser casual, que retrata perfectamente la interpretación de la historia real que Bay ha realizado aquí y que, provenga de donde provenga -recordemos que se trata del realizador más denostado del Hollywood reciente, a quien sus abundantes detractores han colgado la etiqueta de "encefalograma plano"-, quizá nadie le reconozca hasta dentro de un puñado de años. Lo que sí me parece inapelable es que 13 Horas es el largometraje más adulto del director de la saga Transformers tras Dolor y Dinero, aquel que logra conciliar su explosiva concepción del set de rodaje como un campo de batalla a la vez que modula su (vehemente) ideología patriótica de una manera clara, diáfana y, pese a todo y a su manera, noble. 13 Horas es el Black Hawk Derribado de Michael Bay, la crónica triunfal y épica de un fracaso militar e ideológico, no un vulgar videojuego con miles de planos montados sin ningún orden... y por eso mismo es una pena que en ocasiones se esfuerce tanto en reivindicarse con diálogos inútiles.

13 Horas es una de esas películas que podrían prescindir perfectamente de la obligada media hora de planteamiento inicial. Y que mejoran infinitamente cuando sus personajes no dicen absolutamente nada, cuando todo se mueve a un nivel de puro cine de acción, de pura imagen. Bay captura Bengasi (en realidad Malta y Marruecos) como un tórrido trasunto de una tierra de muertos vivientes, basando casi todo su abreviado retrato de personajes en una exuberancia y voluptuosidad masculina que esta vez se torna sombría, dramática y mortal. No faltan, ni siquiera, los típicos flashbacks del soldado, que nos transportan entre fogonazos de luz a un soñado "american way of life" y que, precisamente por tópicos, resultan tan lejanos como sensuales; tremendamente eficaces. Está claro que el registro melancólico y ambiguo de Clint Eastwood en El Francotirador no es el de Bay, pero estamos ante un realizador que se crece con el desorden y el espectáculo y que es capaz de afrontar territorios oníricos. Ninguna de ambas películas, no obstante, resultarán fáciles de encajar para los amantes del antibelicismo precocinado.

Porque 13 Horas se sale de todas las escalas cuando por fin empieza la acción, cuando nos demuestra que, efectivamente, no vamos a ver a Michael Bay ponerse exquisito con la política internacional. Una vez el director se desembaraza de obligaciones y transforma su película en un trasunto de Aliens de James Cameron; en una película de escaramuzas y acoso a la que le da soberanamente igual ofender a aquellos que se ofenden fácilmente, es cuando su autor nos regala el drama de acción del año y no un mediocre thriller político con más acción de la habitual. Con los límites que impone la naturaleza de crónica de un suceso real, el director de Armageddon sabe crecerse y llevarse el tema a su territorio, prolongando el suspense entre ataque y ataque y, por supuesto, dar sopa con ondas a cualquier otro realizador vivo a la hora de retratar una batalla de manera realista pero inequívocamente cinematográfica. Su concepción del espacio y dominio del "tempo" es cada vez más clara, depurada, sin que eso vaya en detrimento del gusto por el exceso de Bay. En su cine todo es grande y espectacular, no hay medias tintas y 13 Horas, pese a estar basada en hechos reales, no supone traición alguna a sus postulados: no falta ni siquiera su habitual montaje sobre las reacciones mundiales al ataque (que resulta excelente, eficaz y angustioso por la terrible reacción de las autoridades, inédita en una película del director de Transformers). El histerismo de Bay resulta cada vez más matizado, dejando espacio incluso a momentos de dramático surrealismo que parecen, como dice uno de los personajes, ubicar a los protagonistas en otro mundo diferente.

13 Horas es, en suma, un relato amargo "a la Michael Bay", una oda al soldado que a la vez se pregunta sobre la utilidad del heroísmo, y que -siempre a través del ojo de su director- refleja algunas de las fracturas de ese mito de Joseph Campbell a través de las dos realidades que conviven en Estados Unidos, aquella que aboga por intervenir y la que después se topa con la imposibilidad de poner orden en el caos. Que Bay elija poner un pie en el mito, entendido como aspiración simbólica, y otro en la realidad no deja de resultar una contradicción interesante que aleja al filme del panfleto que, seguramente, muchos le atribuirán al director. Como seguramente él mismo diría, realizar filmes idealistas no es ningún crimen.

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