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Juan Manuel González

Crítica: 'Agente Contrainteligente', con Sacha Baron Cohen y Mark Strong

La escena del elefante de 'Agente contrainteligente' pasará a la historia, no lo duden. El resto es tan brutal y sádico como divertido.

Juan Manuel González
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La escena del elefante de 'Agente contrainteligente' pasará a la historia, no lo duden. El resto es tan brutal y sádico como divertido.
Sacha Baron Cohen y Mark Strong | Sony Pictures

El humor en apariencia inhumano del creador de Borat, Ali G o Brüno bascula hacia la comedia de acción. Sacha Baron Cohen se transmuta ahora en Nobby, un hortera de bolera de los decadentes estuarios del Támesis que descubre el paradero de su hermano perdido, un agente del MI-6 en pleno operativo antiterrorista. Agente Contrainteligente, como imaginarán, sigue la fórmula de mil comedias absurdas subidas al carro de la parodia del cine de espionaje, la última de ellas la reciente (e inferior) Zoolander 2. Y por eso mismo podría catalogarse de la más convencional de las aventuras del cómico británico, quizá un tanto atrapado en ese incontestable "one hit wonder" que fue el falso documental Borat (2008). Pero los fans del humor de brocha gorda de Baron Cohen no deben asustarse, al menos demasiado: el filme dirigido por el francés Louis Leterrier (Transporter, El increíble Hulk) no tarda en pisar el acelerador y elevar la escatología a niveles estratosféricos sin perder todo el componente crítico y social.

En efecto, Agente Contrainteligente, convencional y bobo título español a partir del original Grimsby (en referencia la ciudad de la que proceden sus personajes) proporcionará cinco o seis momentos de gloria a los fans del humor irreverente. Es imposible no derrumbarse ante el despliegue de ocurrencias de Baron Cohen, naturalmente guionista y productor del evento: sin profundizar demasiado, el conjunto de "set-pieces" cómicas que tienen lugar en África (y en concreto la que transcurre en el interior de una elefante, sin duda el gag de la película) resultan de un brutalismo fascinante, de una desvergüenza modélica y, por qué no decirlo, también innecesaria. Antes y después, Baron Cohen extiende su burla hacia ONG's, figuras como Donald Trump y, por alguna razón, al pobre Daniel Radcliffe, convirtiendo los poco más de ochenta minutos de duración de Agente Contrainteligente en una gamberrada muy perseverante.

Y ahí está Louis Leterrier para darle forma de verdadera película de acción, con la ayuda del director de fotografía Oliver Wood (La Jungla 2, El mito de Bourne) y el vestuario del español Paco Delgado (nominado al Oscar por La chica danesa). La persecución en primera persona que abre el filme y presenta al personaje de Sebastian (un excelente Mark Strong) nos da la clave del ritmo despiadado, a veces demasiado, de la totalidad de la película, un slapstick sádico con una serie de apuntes sociales interesantes. Una vez cumplidos los requerimientos de un aceptable espectáculo de acción, Agente Contrainteligente es también la película en la que Baron Cohen más trata de humanizar a los personajes, y ahí es también donde le surgen los problemas pese a un par de apuntes crueles e interesantes (como cuando Sebastian asesina sin piedad a su confidente, una vez éste ha hablado). Un recurso que parece destinado a disimular las lagunas de un guión que en ocasiones trata de detenerse a observar a los personajes y dejarlos interactuar, fracasando estrepitosamente en el intento.

El filme, no obstante, se reserva un par de juegos muy interesantes. La manera en la que conocemos a Nobby, padre de familia numerosa, hooligan estándar y borracho incorregible, remite en su gris vulgaridad a las producciones de cine social británico protagonizadas por un vulgo antipático, cuyo retrato finalmente Baron Cohen se trabaja con una sensibilidad inesperada. La de Sebastian, el hermano "007", guiña el ojo a las aventuras más sofisticadas y tecnológicas de James Bond, y están destinadas a contrastar con ese realismo grotesco. Ver a cada uno de ellos interactuar en el ambiente del otro, como intrusos en una película distinta, sugiere las intenciones de Cohen y el intento de hacer una película que nunca llega a materializarse, que apenas se deja paladear en medio del torrente de gags y el ritmo ligero que imprime Leterrier. Por lo menos, casi todos ellos resultan atronadores, y convierten Agente Contrainteligente en una comedia salvaje y divertida, con personalidad propia más allá de los chistes zafios (y su crítica salvaje tanto a la OMS como a las organizaciones ecologistas lo demuestra) por mucho que no acabe de acertar en todo.

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