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Crítica: 'El Libro de la Selva (The Jungle Book)' de Walt Disney

'El Libro de la Selva' sigue a pies juntillas el clásico animado, pero aún así resulta un filme increíble, abrumador y entretenido.

Juan Manuel González
5

En algún momento alguien tendrá que reivindicar -aunque sea un poco- las readaptaciones en imagen real de los clásicos Disney que el estudio lleva realizando desde Alice in Wonderland. Lo digo por la calidad de alguna de ellas, creo que insuficientemente reconocida (caso de la reciente Cenicienta de Kenneth Branagh) y también porque la aquí presente, El Libro de la Selva, es sin duda la mejor de todas, una joya visual que conserva todo el encanto de un cuento Disney (porque, en efecto, esto es más un remake de la versión animada de la compañía que una adaptación del texto de Rudyard Kipling) a la vez que sienta un nuevo hito en todo lo relacionado con los efectos visuales.

Tanto que El Libro de la Selva acaba resultando, de manera un tanto inesperada, la mejor película jamás rodada por su director, Jon Favreau. El responsable de Iron Man 1 & 2 hace aquí varias cosas muy bien. Lo primero, prescindir de presentaciones o explicaciones innecesarias que hubieran funcionado como un pegote en su compacta, sólida película. Los poco más de 100 minutos que dura el filme carecen de remiendos que frenen la narrativa o el ritmo, que busquen tres pies al gato. Eso provoca algunas lagunas y carencias psicológicas (sobre todo en el personaje de Mowgli, por otro lado muy bien interpretado por el único actor de "carne y hueso" del filme, Neel Sethi) pero en el fondo no resta un ápice de contexto a un filme de aventuras eminentemente dinámico y emocional que logra sobreponerse desde el primer minuto a su gran handicap, la posible falta de originalidad.

En este contexto su valor alegórico surge solo, sin que Favreau o el guionista Justin Marks tengan que sacar el rotulador para subrayarlo, simplemente dedicarse a potenciar ciertas secuencias o instantes capaces de extraer el sentimiento del espectador. El Libro de la Selva no contiene la sátira y la alegoría de la reciente (y excelente) Zootrópolis, pero al menos se defiende, deslizando conceptos e ideas tremendamente maduros, ricos y contemporáneos (al menos para todo aquel que desee desentrañar la elemental analogía tras la aventura) que desmiente a todo aquel que acuse a la película de anacrónica o impersonal. Al fin y al cabo, lo que ocurre en la selva no deja de resultar un trasunto fidedigno de algo actual, ese reajuste de fuerzas que viene tras la crisis (en el filme provocado por la falta de lluvia) cuando surgen nuevos enemigos que amenazan con romper la tregua, un orden natural cruel pero aún compasivo que permite la (precaria) subsistencia y que obliga a replantearse nociones como el Bien Común y la identidad personal.

Es sólo uno de los símbolos de un filme que, sin embargo, no los necesita, y que por eso comienza con la cuarta marcha metida, con una exhibición cinética que recuerda a otra aventura selvática de la compañía, la adaptación animada de Tarzán estrenada en 1999, solo que en esta ocasión, tras los avances en FX de Avatar y la nueva franquicia de El Planeta de los Simios, todo resulta mil veces más dinámico, realista y atronador. El asombro de este despliegue de animación digital rodado en estudio (y, casi por primera vez, quién lo diría) continúa en sus, también, excelentes secuencias de diálogo, que extraen todo el jugo al espléndido reparto de voces de la versión original, como aquella que transcurre en el oasis y en la que hace acto de aparición Shere Khan (un amenazante Idris Elba) o todas las apariciones de Baloo, que sólo podía estar interpretado por Bill Murray.

En suma, El Libro de la Selva es una película que va al grano pero que sabe cómo hacerlo. Favreau puntúa las secuencias culminantes del clásico animado de Walt Disney pero se asegura de hacerlo con calidad e inteligencia, diseñando un filme que parece nuevo, ejemplar. Sirviéndose de una excelente banda sonora de John Debney (que recupera el uso de una sutil y sentimental flauta), la película retoma dos de los números musicales más conocidos del filme de una manera totalmente orgánica, sin que la acción sufra interrupciones, y que en todo caso enriquecen tanto el subtexto como las relaciones del mismo (y que nunca, repetimos, intentan destacar sobre el maravilloso show visual que depara). Como digo, algún día alguien tendrá que leer entre líneas en esta nueva hornada de filmes que, pese a su irregularidad (ahí está la mediocre Maléfica) demuestran el músculo de una compañía que conoce muy bien la importancia de fabricar mitos, y que parece haber encontrado la manera de rejuvenecerlos.

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