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Crítica: 'La venganza de Jane', con Natalie Portman

El western de Natalie Portman resulta apetecible, pero su aura de película maldita la precede.

Juan Manuel González
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El western está muerto. Es uno de los tópicos habituales en las cenas de Nochebuena, si su cuñado o familia política son cinéfilos. La venganza de Jane no modificará ese horizonte de las películas del Oeste, entre otras cosas porque ella misma no pretende hacer nada de eso; pero al menos nos obliga a recordar la infinita elastidad de un género que ahora suma -aunque no por primera vez- esa perspectiva femenina tan mediática desde que Mad Max: Furia en la Carretera diera la campanada.

La película de Gavin O'Connor es, sin embargo, mucho más taciturna que otras orgías de venganza femenina en el cine. Su historia remite levemente a Solo ante el peligro, con la heroína y sus escasos apoyos (su marido y un examante) esperando el embite de los villanos, una banda de forajidos que con los que Jane y su marido comparten un oscuro pasado. Perseguidos por el cacique Bishop, un Ewan McGregor pasándoselo evidentemente bien (y que, probablemente por eso, habría merecido algunos minutos más de metraje), el trío recuerda su pasado en común mientras preparan la defensa de la granja.

Pero La venganza de Jane es, desgraciadamente, una película fallida, aunque mejor deberíamos decir maldita. El relato de las dificultades de su rodaje, que comenzó con Lynne Ramsay (Tenemos que hablar de Kevin) en la silla de dirección y Jude Law en el papel que ahora interpreta Joel Edgerton (fichado inicialmente como villano y responsable, también, de alguna de las revisiones del guión de Brian Duffield) es incluso más azaroso que la de la propia ficción. La salida de Ramsay el primer día de rodaje y su sustitución por O'Connor (Warrior, Cuestión de honor) acarreó la salida de parte de su equipo artístico y técnico, incluyendo Law y el director de fotografía Dairus Khondji.

¿Significa eso que todo está mal en La venganza de Jane? Para nada. El filme producido y protagonizado por Natalie Portman deja atrás el tono pulp de otros westerns femeninos como las lejanas (y olvidadas) Rápida y Mortal (1995) o Cuatro mujeres y un destino (1994) para adentrarse en territorio más íntimo, y tiene un argumento cautivador y en numerosas ocasiones consigue su objetivo. Sin el tono de explotación que Tarantino ha dado a sus recientes aportaciones al western, aunque sin descartarlo del todo (muy bien los duelos de Frost, interpretado con vivacidad por Edgerton, con Jeremiah o Fitchum, dos de los secuaces de Bishop), O'Connor logra retratar el lado siniestro del Salvaje Oeste. Los instantes previos al tiroteo final, bañados por el silencio y la melancolía y rodados en noche americana; la primera visita de Jane a Frost, cuyas implicaciones no se comprenderán hasta el desenlace... La historia de La venganza de Jane, entre folletinesca y épica, tiene encanto e ideas de interés.

Lamentablemente, los flashbacks destinados a explicar el pasado de Jane no hacen más que, en gran parte de las ocasiones, interrumpir el devenir del argumento para efectuar subrayados y aclaraciones que no deberían haber tenido lugar. ¿Hubiera compensado una narración más lineal? En vista de los actuales desequilibrios del filme, que la ocasional falta de garra de O'Connor no solucionan, quizá hubiera sido conveniente potenciarla. En todo caso, los intentos de abordar un género clásico desde una perspectiva más moderna, fraccionando y rompiendo la linealidad de la historia, no dejan de resultar bienvenidos. Pero La Venganza de Jane, tristemente, es un quiero y no puedo.

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