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Juan Manuel González

Crítica: 'X-Men: Apocalipsis', con Michael Fassbender y James McAvoy

'X-Men: Apocalipsis' es la película más grande de la saga de los mutantes. Desgraciadamente, también es de las más despistadas.

Juan Manuel González
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'X-Men: Apocalipsis' es la película más grande de la saga de los mutantes. Desgraciadamente, también es de las más despistadas.
Olivia Munn en X-Men. Apocalipsis | Archivo

Cuando hace dos años se estrenó X-Men. Días del Futuro Pasado, el regreso de Bryan Singer a la franquicia de los cómics Marvel que él mismo recreó para el cine (iniciando la moda que acabaría nutriendo a los grandes estudios de Hollywood menos de una década después) la película fue recibida tal éxito de taquilla y laureles críticos que dejó en lo más alto la saga mutante iniciada ya hacía quince años. Un aplauso unánime (y con toda probabilidad excesivo) que, les adelanto, no va a repetirse con ésta, su continuación directa, X-Men. Apocalipsis, una producción razonablemente entretenida pero, a poco que rasquemos, absolutamente perdida en un mar de amagos, ideas y sugerencias... y que sobre todo una película que se hunde allí donde su realizador hasta ahora siempre había triunfado: montar una narrativa de suspense in crescendo, con fuelle y en continua progresión, características teóricamente ajenas a esos intereses industriales de los que tanto acusan al cine de superhéroes al que Singer se había logrado hasta cierto punto abstraer.

El comienzo bíblico de la película, donde Singer cede al exceso de efectos visuales y una inesperada violencia (que, por cierto, acaba siendo lo mejor del largometraje, o al menos lo más distintivo) así como el tratamiento sin medias tintas del villano (más caricaturesco y de opereta que nunca, pese a los esfuerzos de un buen actor como Oscar Isaac) ya nos indican que Apocalipsis, llamada así por su poderoso villano, va a suponer cierto cambio de tono respecto a las anteriores. Son aspectos todos ellos que remiten a otro tipo de película que la vista hasta ahora en la franquicia, más cercana que nunca a shows desenfadados de directores como Stephen Sommers (que por la misma época en la que Singer estrenó el primer X-Men triunfó con esa maravilla pulp que fue La momia, también consagrada a ese orientalismo digital) y, más adelante, al del alemán Roland Emmerich, artífice de mil destrucciones planetarias en sus blockbusters (incluyendo, también, otra ambientada en Egipto: hablamos de Stargate. Puerta a las estrellas). X-Men. Apocalipsis tiene momentos que no parecen de su director, pero lo peor es que estos elementos derivan en un filme largo, pero a la vez apresurado a la hora de crear nexos con nuestra propia realidad, donde los paralelismos religiosos acaban y terminan en esa referencia a los Cuatro Jinetes reclutados por el villano.

Una lástima, pues esa era precisamente la gran virtud de una franquicia aquí ahogada por sus propios ropajes. A nadie se le escapa a estas alturas la metáfora y el contenido tras los personajes que habitan la escuela de Charles Xavier, como tampoco el original revisionismo de época que Matthew Vaughn aportó en su refundación de la franquicia, X-Men: Primera Generación (para quien esto escribe, la mejor de la franquicia). El problema es que, lejos de integrar esas nuevas texturas en su largometraje, Singer parece más perdido que nunca con ellas, una inseguridad que se traslada (o quizá proviene) de un guión que pasa de la presentación de sus personajes a la confrontación final de un solo plumazo, escamoteando toda peripecia aventurera entremedias para introducir, en su lugar, un innecesario emplasto narrativo que recupera cierto personaje popular… y no porque la historia lo necesite, sino más bien para destruir, con cierto resentimiento, el hilo narrativo creado por filmes como X-Men Orígenes: Lobezno o X-Men: La decisión final. Precisamente las únicas películas de la saga que Singer no rodó (y que, honestamente, no le gustan a nadie, pero que aquí el director ningunea con escasa modestia).

Lo peor es que X-Men: Apocalipsis se pasa más de una hora preparando el terreno, recuperando personajes y presentando otros nuevos muy a la manera del realizador, un tipo que sabe convencernos de que no nos impacientemos, algo va a pasar. Pero esta vez se trata de un simulacro de pulcritud logrado más por el oficio de Singer que otra cosa, como se demuestra en el brutal maltrato al que somete a unos personajes que el propio director, hasta ahora, había retratado con razonable mimo. De ese modo, Magneto (Michael Fassbender) aparece reducido aquí a un mero títere del gran villano, resultando su nuevo trauma una mera reiteración de sucesos anteriores. Y la oportunidad de Xavier (James McAvoy) de recuperar su amor por Moira (Rose Byrne) acaba siendo un chiste que dura un par de escenas... más o menos las mismas que la aparición de QuickSilver (Evan Peters), concebida para repetir a lo grande la escena cómica de más éxito en la anterior entrega, Días del Futuro Pasado. Lo peor se reserva, sin embargo, al propio Apocalipsis, un villano al que un buen actor como Oscar Isaac no sabe otorgar gravedad, pero sobre todo Mística (una aburridísima Jennifer Lawrence), que pierde todo el temperamento que Matthew Vaughn le otorgó en su recreación del personaje en Primera Generación, y al que Singer y el guionista Simon Kinberg convierten en un torpe simulacro otorgándole el mismo conflicto que a... ¡Katniss Everdeen, personaje interpretado por la propia Lawrence en la saga Los Juegos del Hambre!. La joven Jean Grey (Sophie Turner), uno de los personajes del filme, bromea con el hecho de que terceras partes son siempre peores tras salir de una proyección de El Retorno del Jedi (el filme se ambienta en 1983). Guiño "meta" al espectador o exceso de confianza de un chistoso Singer, al final la profecía se cumple en virtud de una historia que propone pero no dispone.

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