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Crítica: 'Dioses de Egipto', con Nikolaj Coster-Waldau y Gerard Butler

No vamos a decir que 'Dioses de Egipto' sea una maravilla, pero sí que es mucho mejor y más divertida de lo que nos han hecho creer.

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Sepultada por las nefastas críticas y peores recaudaciones, Dioses de Egipto llega a España condenada a repetir el publicitado fiasco de su estreno estadounidense. Un rechazo a todas luces injusto que nos empuja a hacer una ligera reivindicación de éste, el último trabajo del director Alex Proyas (El Cuervo, Yo, Robot), una enorme aventura épica inspirada en la mitología egipcia que ha provocado risas e incredulidad por lo excesivo y hortera de su propuesta. Demasiadas malas críticas pidiendo profundidad, pero a la vez centradas exclusivamente en la evidente horterada visual (totalmente premeditada, creo yo) así como en aspectos tan frívolos como el bronceado artificial de un reparto de actores blancos interpretando egipcios (una crítica que ya sufrío la bíblica Exodus de Ridley Scott) y en la visible mediocridad de sus constantes efectos visuales.

Y no, no vamos a decir que Dioses de Egipto sea una maravilla, pero sí aseguramos con certeza que estamos ante una nueva víctima de ese evidente gusto por hacer leña del árbol caído que se da de tanto en cuando tanto en la comunidad crítica como en el público que las recibe. Quizá sea porque, esta vez sí, pese a su estética exuberante estamos ante un filme mucho más puro en su naturaleza de lo habitual en el panorama del taquillazo estándar, y a pesar de ello, malinterpretado en esa sencillez; y cuya excesiva apuesta camp, absolutamente descarada y desbordante, desde luego no ha jugado a su favor, no podía hacerlo de ninguna de las maneras. La grandilocuencia kitsch no es el estilo de expresión adecuado para obtener la aprobación de nadie, y quizá los homenajes a Harryhausen (si bien realizados con tecnología actual) no están demasiado en la agenda de absolutamente nadie.

Pero Proyas demuestra ser un director hábil (y ágil) que sabe manejarse bien a varios niveles. Para empezar, y pese al superávit de efectos visuales digitales, muchos de ellos mediocres, Dioses de Egipto tiene un gusto a película de aventuras clásica de capa y espada absolutamente evidente y totalmente inesperado, un rasgo que no veíamos desde hacía un tiempo en un filme de alto presupuesto. Aunque el imaginario visual mezcle de manera anárquica elementos de otras fantasías y soportes, y el estilo con el que Proyas pone en escena la mayoría de sus secuencias de acción (plagadas de ralentis, travellings y multitud de recursos, utilizados sin el menor atisbo de sentido del ridículo) remita directamente a la heterogeneidad de un videojuego, todo el espíritu del filme (desde el uso de la banda sonora hasta la jovial rivalidad que desarrollan los dos héroes, el dios Horus y el humano Bek) está teñido de un tono burlón que se contagia a todo el universo y espíritu de la aventura.

El resultado es una fábula eminentemente optimista, un relato en el que dioses sorprendentemente humanos y hombres sin miedo a la eternidad no tienen inconveniente alguno en cooperar juntos, y en el que existe un "sense of wonder" o sentido de la maravilla cuya inocencia primordial resulta casi incompatible con el pesimismo que infecta (en ocasiones, con razón) al meditabundo blockbuster contemporáneo. Dioses de Egipto, ahí donde la ven, pide un par de pasos de fe para el espectador descreído para disfrutar del show, pero la recompensa es inmediata y, además, evidente. Proyas se atreve a mezclar el kitsch con una bienhumorada alegoría social, con el villano despachando egipcios y obligándoles a pagar un precio por la entrada al cielo, y se muestra generoso y ecléctico en sus influencias. Aunque no remata esta reformulación de la relación del hombre con los dioses que parece atisbarse al principio, lo que queda es una película de aventuras mucho más rica, entretenida y solo ocasionalmente (y, en todo caso, cuando quiere) descerebrada. En fin, bastante más de lo que nos han querido hacer ver.

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