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Juan Manuel González

Crítica: 'Un espía y medio', con Dwayne Johnson y Kevin Hart

'Un espía y medio' es una película que simplemente lleva a buen término todo lo que propone, y eso debería significar algo.

Juan Manuel González
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'Un espía y medio' es una película que simplemente lleva a buen término todo lo que propone, y eso debería significar algo.
Dwayne Johnson en Un espía y medio | Universal

El título español de Central Intelligence hace un flaco favor a la comedia protagonizada por Dwayne Johnson y Kevin Hart. No me enciendan mal: Un espía y medio es justo lo que parece, un show cómico de acción a mayor gloria de sus dos estrellas principales, cuyo contraste físico y de caracteres fundamenta casi todo el atractivo cómico del invento. Pero también es cierto que lo vulgariza si cabe aún más, de una manera inmerecida dados los correctos resultados. Casi todo en Un espía y medio lo hemos visto antes en mil películas, ninguna de ellas especialmente adorada por la crítica, la mayoría probablemente deleznables... pero es de justicia reconocer que todo lo que ofrece lo ofrece bien: estamos ante una película que simplemente lleva a buen término todo lo que propone, y eso debería significar algo.

La fórmula es simple: comedia gamberra, acción moderada y una eficaz inyección de buenos sentimientos, sin rozar lo sentimentaloide. Un espía y medio resulta un trabajo digno dentro de sus (muy asumidas) limitaciones, en el que sus dos estrellas no solo entregan todo lo que se les pide e incluso algo más, sino que además se privilegian todos los aspectos cómicos frente al previsible espectáculo de acción. La premisa es buena, la presentación de personajes tiene pulso, y todo en ella resulta adecuado y contemporáneo (atención al gag de Facebook), por no hablar de refrescantemente optimista. Thurber sabe repartir los cameos y toques de emotividad (esa nostalgia noventera que al final no es tal cosa: todo el filme versa sobre gestionar las decepciones de madurar) pero no necesita subirse al carro de la comedia generacional, ni abusar del humor racial o grosero para mantener el pabellón. El filme es lo que es, y no busca legitimarse con cambios de registro.

Al contrario, todo en Un espía y medio se fundamenta en un recurso (vamos a decirlo así) clásico, la inversión de papeles de Hart y Johnson; un cambio relativo que permite a sus actores operar con libertad en su zona de seguridad pero, a la vez, en papeles poco habituales en ellos. Ambos cumplen con diligencia y hasta brillantez: Hart, habitualmente verborreico y guasón (léase insoportable), aparece aquí sujeto debido a la citada la argucia de guión, representando al contable estoico y decepcionado con la vida, que presencia los acontecimientos totalmente superado por ellos. Johnson, por el contrario, triunfa cada minuto encarnando a un espía lunático e ingenuo, pero igualmente letal, un "Jason Bourne con bermudas" (así lo define su amigo) capaz de salir de cuadro por la derecha y aparecer por la izquierda casi en el mismo instante, en uno de esos juegos que demuestran un ingenio por encima de la media.

En suma, la acción, cuando comienza (y lo hace pasadas los cuarenta minutos iniciales, casi la mitad del sucinto largometraje), no se interpone en ningún momento con el disfrute de los personajes, ni siquiera con cierto gusto por la comedia de enredo. Y de hecho es casi lo peor del filme: se echan de menos los tiempos en que productos como esta Central Intelligence los podían rodar artesanos tan brillantes como Peter Hyams o John Badham, capaces de hacer lucir bien cada segundo de espectáculo. Pero lamentarse por eso es realmente inútil. De trama previsible pero con cierta voluntad de giros argumentales, Un espía y medio consigue mantener el nivel de risas lo bastante alto durante hora y media, dejando un regusto a trabajo realmente bien hecho, a diversión veraniega honesta y placentera.

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