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Juan Manuel González

Crítica: 'Nunca apagues la luz', con Teresa Palmer y Maria Bello

'Nunca apagues la luz' triunfa a la hora de dar carne a sus personajes, aunque todo esté un poco visto.

Juan Manuel González
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'Nunca apagues la luz' triunfa a la hora de dar carne a sus personajes, aunque todo esté un poco visto.
Teresa Palmer en Nunca apagues la luz | Warner Bros

El monstruo como materialización o reflejo de las fracturas de los propios personajes, un recurso habitual en el género de terror que, desde El Resplandor de Stephen King hasta la reciente Babadook, resulta especialmente eficaz para presentar oscuros dramas domésticos al público juvenil y de multiplex.

Precisamente de Babadook, aunque también de los thrillers sobrenaturales de James Wan, aquí a la sazón productor, Nunca apagues la luz coge una cosa o dos: la modesta y razonablemente eficaz cinta del debutante David Sandberg, adaptada de su propio cortometraje, insinúa con llevarse al terreno psicológico los modismos de Insidious y Expediente Warren, las dos joyas del realizador que aquí lo apadrina. Lo consigue hasta cierto punto, o mejor dicho, triunfa en lo más difícil a la vez que fracasa en lo que presumíamos más fácil.

El filme de Sandberg goza, para empezar, de dos interpretaciones serias que ayudan a otorgar gravedad y dignidad a un filme de sustos altamente genérico. Teresa Palmer y Maria Bello consiguen dar la densidad adecuada a sus personajes, dibujando una hija y una madre separadas por la locura de la segunda (pero también la desconfianza de la primera) que permiten al espectador conectar con una situación doméstica y con dos caras, perfectamente real. Ese aire de drama familiar, enfatizado por el breve guión de Eric Heisserer, y la competencia con la que Sandberg maneja los tropos del cine de terror (no estamos ante un filme especialmente sutil), convierten Nunca apagues la luz en una agradable y competente, a la vez que eficaz, muestra de género que cae simpática por, precisamente, concederse todas las facilidades posibles. El filme ni pretende ni intenta erigirse en esa película que cada pocos años hace girar la rueda del cine de terror, se olvida de las abstracciones de las dos referencias nombradas al inicio y prefiere, pese a su tono adusto, buscar el deleite del aficionado, y en ese contrasentido precisamente triunfa.

El lado negativo deriva de determinados sacrificios destinados a, quizá, mantener la cuota de suspense, y que provienen de esa naturaleza inicial de cortometraje. El personaje de Maria Bello es el gran perjudicado por la necesidad del relato de ocultar algunas de sus cartas y motivaciones, desdibujando de paso una amenaza fantasmal sobre la que planea una sombra inquietante: esa locura que se transmite no ya de madres a hijas, sino por relaciones casuales y espurias, está no solo demasiado, sino también mal explicada, y deriva en una apresurada y poco sutil exposición que quizá nos ahorra explicaciones obvias (y remata un filme de unos agradabilísimos 80 minutos: ¿se acuerdan cuando las películas de terror duraban eso?) pero también resta matices y horror a ese monstruo final.

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